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Los juegos judiciales: Episodio 8

Los juegos judiciales: Episodio 8

LOS JUEGOS JUDICIALES IR

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Daniel Casado | 25/08/2021 A A
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Los juegos judiciales: Episodio 8
Juegos judiciales Octava entrega de los relatos futuristas del escritor Daniel Casado
El Universo. Aquella facción densa y distópica de una apariencia casi dantesca. Círculos de odio que convergen en un solo punto. En un solo tiempo. El pasado, el presente y el futuro, dueños de un mismo destino. Fugacidad que compartimos todos los mortales y cuya responsabilidad recae en mí, Ernest Ambrose.

No consigo acordarme de nada de ayer. Solo de una tumultuosa algarabía causada por el asesinato de una o varias personas. De la cual recuerdo ser testigo. Mis camaradas, Brandon y Alice siempre me acompañan, aunque hoy es diferente. Hoy es el principio del fin.

Mi cerebro no conseguía encontrar los hilos a los que aferrarme para comprender el grueso tormento a que me estaba a punto de someter. Fina es la línea que separa al genio de la locura o de la insensatez, pero durante los próximos versos, el lector puede encontrar la solución a tamaña cuestión universal.

Los Caminantes del Tiempo, los tres famosos VagaMundos procrastinábamos la mirada. Desviábamos nuestros ojos a cualquier punto del espacio con la única intención de no cruzarnos con los del otro y demostrar así cuán perdidos estábamos. 

— ¿Dónde estamos —había preguntado Alice.

El silencio de Brandon se hizo patente, no por su absoluto desconocimiento de la incógnita, sino por la notable ausencia de otro miembro del grupo que jamás antes había existido. Aquel dedicado a profesar su amor por el conocimiento y las explicaciones lejos de lo mundano.

—Es extraño —me atreví a decir—. Siento una sensación abismal. Un cúmulo de pretensiones de diferente calibre que me invitan a volar.
—Muy poético, Ernest —intervino ahora Brandon—. Pero no todo es tan fantástico. Creo que esto es nuevo. Es una prisión jamás antes conocida. Es… El futuro.
— ¿Cómo que el futuro? ¡Está prohibido viajar al futuro!
—Lo sé, Alice. Lo sé. Por algún motivo, el nudo espacio temporal del Núcleo Central nos ha enviado al futuro. Tiene que haber una explicación lógica.

Antes de continuar con la terrible narración de los hechos, el lector debe conocer el paisaje que estábamos observando en primera persona. Cualquier experimentado científico conoce los posibles avances que puede traer consigo el progreso. Durante la última década del siglo XX y hasta mediados del siglo XXI, se produjeron más avances científicos que en más de tres mil años de historia documentada. Por todo ello, es sabido que, paulatinamente, el ser humano está encaminado hacia el progreso eterno. Debido a esto, cualquiera que piense en el concepto futurista, tiende a imaginar la portentosa elevación del alma humana hasta un escalón superior. Coches voladores, edificios que se yerguen hasta las estrellas o planetas invadidos por la especie que antaño los observaba desde la Tierra. Esa fue la idea que el presente narrador tuvo en sus ensoñaciones del futuro. Una lástima que todo aquello fueran solo hipótesis erróneas.

Por suerte o por desgracia, aquel tiempo jamás existió. El grupo de los VagaMundos se encontraba en una explanada sombría y curtida por la erosión del viento durante cientos de años. La tierra rojiza y plomiza salpicaba nuestros zapatos cada vez que nos movíamos o balanceábamos nuestro peso de un pie a otro. El Traje Judicial no había cambiado, seguíamos disfrazados de Caminantes del Tiempo, con la ya característica “T” y “V” emparchadas al pecho. El vestigio de una ciudad antigua proyectaba el reflejo de un vívido recuerdo que atesoraba en mi interior.

—Es Nueva Nueva Nación —alcancé a decir.
—No puede ser. No puede estar pasando. Los taquiones no existen en este tiempo. Este futuro nunca ha pasado. No hasta ahora.
—El tiempo —añadió Alice— es impredecible.

Desconocíamos las razones de este avanzado viaje, pero reconocimos la orografía principal del terreno. Nuestro hogar, devastado por un episodio apocalíptico. Los edificios que a lo lejos vislumbrábamos atestiguaban el paso de un ciclón o cualquier otra fuerza superior de la naturaleza de la que, seguro, no pudimos protegernos. Como indico en mis escritos, la visión de un futuro perdido nos invitó a estudiar mucho más los detalles que nos aportaba aquel plantel.

—Es la estatua de El Padre —Alice no se equivocaba.

Una vez la niebla provocada por nuestra aparición se hubo disipado, pudimos ver los entresijos que la misión había dispuesto para nosotros. En efecto, en ruinas, la etérea escultura dedicada a El Padre cobraba sentido en el Horizonte. Un alarde de orgullo marcado por el amor hacia la deidad que yo ya había conocido en su máximo esplendor hoy se postraba ante la verdadera fuerza primigenia del universo, la Naturaleza.

— ¿Qué ha pasado aquí? ¿Por qué estamos en el futuro? —pregunté a mis compañeros.
—No recibo señal del Núcleo Central. Creo que es por esta densa arena, que absorbe las hondas enviadas. Necesitamos escalar a un punto alto.
—El edificio del Co-Bierno —el bastión impenetrable de la Canciller y de El Padre se había desprovisto de su gran coraza. Se había desecho de su magnífico esplendor y solo quedaba de él el imponente esqueleto que demostraba la fugacidad del paso del hombre sobre la Tierra.
—Quizás desde ese punto encontremos la señal del Núcleo Central y nos aporte la pista sobre esta misión.

Terminada la frase, Alice recibió un impacto proveniente del suelo arenoso en el que se posaba y perdió el equilibrio. Milésimas de segundo después, nosotros también fuimos víctimas de aquel seísmo que azotaba la superficie terrestre. Caímos al suelo, desprovistos de nuestro sentido de la orientación, y la roja arena se adentró en cada uno de los orificios de nuestros Trajes Judiciales. No nos dimos cuenta del origen de aquella magnitud hasta que, tendidos boca arriba, miramos al cielo.

Un desconocido agujero negro había nacido de la nada. La particular negrura del mismo había oscurecido el firmamento y nosotros éramos las últimas personas dignas de poder observarlo. Las sacudidas cesaron por un momento, pero el miedo a una nueva brotó de nuestro interior.

— ¡Se los ha tragado a todos! —Gritó Brandon—. ¡El Agujero Negro se ha llevado toda la materia viva del planeta!
—Pues nosotros no lo podremos parar. Tenemos que subir al edificio Co-bernamental, solo allí arriba podremos recibir información sobre la misión.
—Estoy de acuerdo —dije a Alice—. Tendremos que darnos prisa. ¡Mirad!

El edificio adyacente al indicado se estaba derruyendo. Los temblores habían hecho que sus cimientos se marchitasen. Era el fin del mundo tal y cómo lo conocíamos.
Corrimos tras la estela de una posible salvación, aunque el estrecho que nos separaba de la ciudad nos llevó más tiempo del, en un principio, calculado.

La entrada a la ciudad contenía los detalles más tenebrosos de una posible deshumanización. Los AguaMotores estaban abandonados, y el semblante de un futuro apocalíptico nos turbaba en demasía. Con el corazón en un puño y los pulmones extenuados de tanto esfuerzo, conseguimos llegar al hogar de la Canciller y El Padre de la Nación, el nuevo Ministerio de Justicia y Entretenimientos.

—Nunca he entrado aquí —apunté.
—Yo sí —dijo Alice—. Hace muchos años, cuando me reclutaron para esta misión. Hablé con la mismísima Canciller para reunir al equipo.

“Equipo”, pensé. “Una compleja palabra para describir a un pequeño grupo de tres”. Mi cabeza entró en bucle antes incluso de pasar por el umbral de la puerta del Ministerio. “ ¿Y si hubiera habido más integrantes de los VagaMundos? ¿Y si antes hubiéramos sido muchos más? ¿Por qué me acordaba de ciertos nombres? Vastos…Vicra… Mara Andrews… El imponente Iban… ¿Quiénes eran esas personas a las que tanto conocía?”

Me increpé durante unos segundos hasta que, con cierta sospecha, Brandon y Alice se dieron cuenta de mis cavilaciones e interrumpieron aquello en lo que estaba pensando.
—El Tricensor debe de estar inoperativo, subamos por las escaleras.

Tras la orden de Brandon, Alice y yo le seguimos hasta la parte alta de la Torre del Ministerio de Justicia y Entretenimientos. Nos llevó más de una hecto hora y, durante ese periodo, no sentimos convergencia alguna entre la Tierra y el Agujero Negro que nos amenazaba.

Desde ciertos puntos de la escalera principal, pudimos notar la desaparición de ciertas paredes exteriores que dejaban ver el interior del edificio desde la calle o el horripilante cielo rojizo desde nuestra posición.

Llegamos al último piso y descubrimos la diáfana azotea del grandioso edificio. Desde aquel lugar, la devastación se hacía más notoria y la tristeza nos embargó al cerciorarnos de que, en efecto, la ciudad entera se había desvanecido. La única cuestión que se nos planteaba era el porqué.

—Voy a intentar retomar el contacto —dijo Alice, haciéndose cargo de encauzar la misión—. Recibo algo. Algo muy débil. Voy a moverme.

Y como perseguida por un fantasma, Alice recorrió la azotea en busca de un punto de extrema conexión. El Agujero Negro había crecido y su fuerza poseía nuestros sentidos. Nada hacía que desviáramos la mirada del mismo. A excepción del chillido de Alice.

— ¡Una transmisión! —gritó—. Estoy captando una transmisión. ¡Escuchad!

Del BrazoClic de Alice brotó una fantasmagórica voz que hizo temblar mi estómago. Por miedo a desmayarme, como en otras ocasiones había sucedido, me agarré a la barandilla y centré mi atención en ella.

—Miembros del escuadrón Caminantes del Tiempo. Les habla El Padre de la Nación. Durante su ausencia hemos aprendido mucho sobre los crímenes del pasado, pero hemos sentido en nuestras propias carnes las consecuencias de los viajes inter temporales y de las interacciones que uno de vosotros ha realizado con el entorno —nos miramos entre nosotros.
—Nadie ha cometido ninguna estupidez, ¿verdad? —dijo Alice antes de que la grabación de El Padre prosiguiera.
—El espacio y el tiempo tienen una forma caótica de resolver los asuntos co-bernamentales y, al enviar a los VagaMundos a resolver los citados crímenes, se han producido ciertos cambios en la historia que han alterado el devenir de la raza humana. Uno de vosotros ha asesinado deliberadamente a varias personas. Ha mutilado sus cuerpos y escondido su dolor para que ninguno de los otros conociese su secreto.

Grandes flashes de luz vinieron a mí. Mis ojos se entrecerraron para poder soportar tan cantidad de energía. No era más que una directriz que emanaba desde mi cerebro, no desde el exterior. Recordaba esos hechos, ¿o no era yo? No podría desvelar al lector las incógnitas de esta cuestión pues ni yo mismo las conozco.

—El mundo, el planeta Tierra, ha sido sometido por el gran agujero negro que hondea sobre nuestras cabezas desde hace pocas horas. La única forma de exterminar esta amenaza es la resolución de los crímenes que se produjeron siguiendo un protocolo no establecido. Esa persona deberá confesar para devolver a la historia su cauce habitual. Solo así devolveremos a la Nueva Nueva Nación el esplendor que se merece. Esa persona, causa de nuestra desdicha, es… —la transmisión se cortó a la par que la Tierra temblaba de nuevo.

El Agujero Negro se inclinó hacia la superficie terrestre y el edificio del Ministerio de Justicia y Entretenimientos se vino abajo. Primero fueron los cimientos, que demostraron la fuerza que en ellos se escondía. Luego las columnas centrales interiores, que sujetaban la mayor parte de la estructura. A cámara lenta, el compendio estructural se fue adentrando en el polvo rojo que ahora inundaba el planeta.

Nada de eso importó, pues la gravedad había disminuido notablemente y los tres integrantes del grupo nos habíamos alzado hacia el cielo. Hacia nuestro último destino, el Agujero Negro que lo consumiría todo. Alzándonos hacia arriba, observábamos cómo los tres mirábamos con sospecha todo cuanto ocurría a nuestro alrededor.

— ¡Solo hay una forma de que esto termine! —Gritó Brandon—. ¡El culpable, tiene que confesar!

A mi cabeza vinieron multitud de detalles de los asesinatos que había cometido. El SueñOlvido se había consumido y podía entender todo aquello que me había llevado hasta allí. Había asesinado a varias personas. Era un auténtico asesino. Pero, ¿confesando salvaría a la humanidad? ¿Devolvería la normalidad a la línea temporal que, parecía, había desmembrado? Solo quedaba una salida. Confesar mis pecados.

— ¡He sido yo! —grité—. ¡YO LOS MATÉ A TODOS!

No parecieron escucharme. Nuestro viaje a las estrellas había finalizado y, como antes que nosotros, todos los seres vivos del planeta, íbamos a ser engullidos por el agujero negro fruto de mis infidelidades sociales.

Me miraron para cerciorarse de que había dicho algo y me preguntaron sobre ello.

— ¡Yo los maté!
— ¿A quiénes? ¡Confiésalo! —me ordenó Brandon.
— ¡A Vicra! —dije, enumerando las muertes de cada uno—. La golpeé y la sepulté bajo tierra. ¡También maté a Iban y a Mara Andrews! Lo hice porque sabían algo que nos ponía en peligro. ¡Y maté a Vastos! Aunque no recuerdo muy bien por qué.
— ¿A quién más has asesinado? —me preguntó ahora Alice impaciente.
—A más personas —confesé finalmente—. He matado a muchas personas inocentes —en verdad me creía mis palabras—. Mi memoria no me deja saber qué hice, pero sé que lo hice. Tengo las imágenes tatuadas a conciencia en mi cerebro y eso no me deja vivir.
—Gracias, Ernest —me interrumpió Brandon sonriente.

Ya no les preocupaba el gran agujero en el que nos introducíamos. Su semblante demostraba felicidad y no comprendía por qué. Segundos después, la negrura se apoderó de todo. Habíamos entrado en el agujero y todo había terminado.

Sentí que, suavemente, me apoyaba en mis rodillas, en un suelo blando y cálido. Arrodillado y con la vista puesta en un punto del horizonte oscuro, me di cuenta de que había caído en la trampa.

De repente, se hizo la luz.

Todo comenzó a cobrar sentido. La negrura ya no lo ocupaba todo. El suelo era de relieve plano y totalmente blanco. El cielo era ocupado por una cúpula que cubría todo cuanto yo podía estudiar con la vista. Esas toneladas de vidrio curvo se convirtieron en una jaula para mí.

Delante de mí, Brandon y Alice se mantenían de pie, observándome. Vestidos con sendos Trajes Judiciales, estaba a punto de hablar cuando la transparencia de la cúpula dejó entrever que no estábamos solos en aquel espacio.

Miles de personas se agolpaban tras el cristal, sentados en asientos estratégicamente dispuestos. Todos me miraban a mí.

—Ernest Ambrose —dijo Alice Carbondale Roads—. Eres el asesino confeso de más de quince personas. Durante estos últimos meses, has sido sometido a varias ficciones virtuales para entrelazar los recuerdos de tus asesinatos falsos, interpretados por nosotros, con los que en realidad cometiste.

—No, Alice, no entiendo nada. Yo soy uno de los integrantes de los Caminantes del Tiempo —el público se empezó a reír cuando hablé—. No soy ningún asesino.
—Tú mismo lo has confesado —dijo ahora Brandon, que parecía más anciano en esta realidad—. Tú dijiste que los mataste a todos.
—No, no —no conseguía articular palabra—. ¿Dónde estamos? ¿Qué es esta cúpula?

Las carcajadas no cesaron, pero los dos interlocutores se pusieron de acuerdo para manifestar su deseo de atraparme. No sin antes confesarme la verdadera ubicación espacio temporal en la que me encontraba.

—Ernest, este lugar es el Juiciódromo. Es un estadio recreativo para inducir a los condenados por asesinato a una confesión sin sufrimiento. Habiendo confesado de esta manera, solo me queda una cosa que añadir —dio una vuelta de trescientos sesenta grados, mientras abría los brazos para abarcar todo el espacio del Juiciódromo y a todas las personas que allí estaban—. Bienvenido al año 2038.

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