Violeta Serrano: "A los verdaderos revolucionarios no nos quieren en algunos partidos"

Violeta Serrano, maragata de acento porteño, presenta estos días su último libro, titulado ‘El desencanto de los revolucionarios’

25/02/2026
 Actualizado a 25/02/2026
La autora de ‘El desencanto de los revolucionarios’, la maragata de acento porteño Violeta Serrano. | L.N.C
La autora de ‘El desencanto de los revolucionarios’, la maragata de acento porteño Violeta Serrano. | L.N.C

Esta inquieta maragata fue candidata de Sumar en las últimas elecciones y su fugaz paso por el partido de Yolanda Díaz le hizo descubrir que el desencanto generacional en el que ya había adentrado en ‘Flores en la basura’ tenía su vertiente política. La afronta en ‘El desencanto de los revolucionarios’ (Espasa), que la semana pasada presentó en Madrid, este miércoles presenta en Bilbao y la próxima semana presentará en León (miércoles 4, librería Sputnik, 19 horas, acompañada por Antonio Vega).
 
– Su libro analiza la ilusión política nacida tras la crisis de 2008. ¿En qué momento percibió que aquella esperanza colectiva empezaba a transformarse en desencanto generacional? 
– En mi caso particular lo percibí desde dentro de los rescoldos de lo que fue aquello, cuando empecé a trabajar en discurso para Yolanda Díaz. Yo lo presentí desde dentro y luego, al cabo de unos meses, cuando ya había sido despedida, ese desencanto particular supongo que se hizo más amplio, entre la ciudadanía en general, tras ciertos escándalos que no ayudaron a la imagen del espacio. Pero creo que esto va más allá de personas en particular: lo que ocurre es que la izquierda ha dejado de conectar con su electorado, ha dejado de ser una opción que ilusione y esas pasiones, en un momento de gran frustración generalizada por las dificultades cada vez mayores de sostener y proyectar una vida buena, las está capturando la extrema derecha. Lo logra, probablemente, porque está organizada y trabaja con profesionales desde hace mucho tiempo, no tanto con militantes en exclusiva y eso, desde mi punto de vista, marca una diferencia fundamental. La urgencia democrática es tremenda y, sin embargo, hay una parte de la representación política que sigue anclada en discursos del siglo XX cuando ya estamos pasando el primer cuarto del siglo XXI. Sinceramente, es normal que no convenzan, que hayan perdido la conexión con sus votantes y que, por supuesto, no hayan sabido ampliar ese núcleo, sino todo lo contrario. Hay que salir a la calle y pensar más allá de las grandes capitales; VOX lo ha hecho, ha colonizado el campo, por ejemplo, porque alguien se iba a hacer cargo de toda esa frustración y, como ese espacio se quedó vacío, llegaron ellos. También lo hizo así Le Pen en Francia, por ejemplo.

– ‘El desencanto de los revolucionarios’ combina reflexión política y experiencia personal. ¿Por qué decidió contar esta historia desde dentro y no únicamente como observadora?
– Porque es mucho más rico contarlo desde la vivencia personal pero con mucho respeto al oficio, es decir, a la escritura. No se debe nunca escribir en caliente sino dejar que el tema que una quiere tratar repose lo suficiente para otorgar perspectiva y, desde ahí, ver de qué modo la anécdota personal, por muy atractiva que sea, puede o no trascender a un aprendizaje colectivo, como pretendo que sea el caso con este ensayo. Si eso no funciona, entonces no merece la pena abordarlo, al menos así lo veo yo como autora. Lo que yo viví fue muy duro: dejar todo por una apuesta política y, una vez ahí, que te despidan sin más miramientos quienes defienden la política de los cuidados es difícil de tragar. Yo me quedé en la calle después de haber apostado todo. Mi vida profesional y personal se quebró. El desafío de este libro era ir más allá de eso: ¿qué debemos aprender de un hecho así?, ¿qué le está pasando a los partidos que no permiten integrar pensamiento independiente dentro de sí mismos?, ¿por qué están tan desconectados de sus supuestas bases?, ¿por qué razón la ‘izquierda’ transformadora no quiere ver como una oportunidad las posibilidades de futuro que puede haber en territorios olvidados como el nuestro en León? Hay mucha tela que cortar ahí y en ese lío me meto con este trabajo con el objetivo de ser propositiva. Mucha gente dice que no hay nuevas ideas, que hay una falta de imaginación: pues bien, yo tenía un propósito político que pasaba por la vertebración territorial que pudiese dar vida a provincias como la nuestra. Mi propósito no ha cambiado y mis ideas siguen estando ahí y creo que son un modo de regenerarnos. Yo misma lo hago con mi propio ejemplo habitando un pueblo de menos de 100 personas, y supongo que no renunciar a ello fue una de las razones por las que resulté incómoda. La política requiere autenticidad y un nuevo discurso y, por supuesto, políticas públicas más ambiciosas y, desde luego, adaptables al siglo XXI. Donde apenas queda nada, como es nuestro caso, todo está por hacerse y ahí existe una grandísima oportunidad, pero es revolucionaria.

'El desencanto de los revolucionarios'.

– La obra plantea que la izquierda transformadora no logró cumplir las expectativas generadas. ¿Cuáles fueron, a su juicio, los errores o límites que frenaron ese impulso de cambio?
– La izquierda se ha convertido en un viejo cascarrabias que si no le votas, te dice que votas mal, que estás equivocado, sin pararse a entender por qué ha perdido a esa cantidad de votantes. Es un discurso que agota. Que impone una moral. Que aburre. Que ordena. Debería ser al revés. Los postulados de la izquierda deberían proponer una idea de libertad genuina, no dejar que la roben otros, como está pasando en la actualidad, una noción de libertad que deje que cada cual hable y sea como quiera, siempre y cuando no entre en el daño al otro. Que, de hecho, ser libre tiene que ver con que todos los seamos, y no con que yo me salve y tú no: es la libertad desde lo individual o desde lo colectivo, y es opuesta. Así que para salir de ahí creo que tenemos que tener todos, en general, la piel menos fina, y recordar lo que decía Michi Panero; que se puede ser de todo en esta vida menos un coñazo. Por otro lado, es mucho más fácil ilusionar viendo los toros desde la barrera, es decir, una vez que aquello que nos ilusionó toca poder real, vemos cuánto de lo dicho era o no posible. En este ciclo esta ocurriendo lo mismo con VOX: desde su lugar cómodo, desde el afuera, pueden criticar sin ningún problema y adherirse, por tanto, con mayor facilidad al sentimiento de tanta gente que está harta y que lo único que quiere es que se vayan todos porque su vida no mejora, sino todo lo contrario. No quiere decir que VOX vaya a solucionar nada, probablemente al revés, porque ya estamos viendo qué ocurre con este tipo de ‘soluciones’ en otros países con ejemplos como Trump o Milei, donde la vida no solo no mejora, sino que se pone más dura aún porque tus derechos merman a la velocidad de la luz. Pero, si no cambiamos el rumbo, cuando pase en España, que pasará, probablemente sea tarde. Es muy difícil construir y muy sencillo, demasiado, desmoronar lo que hemos creado en estos años de estabilidad democrática, que es mucho. 

– Da la coincidencia de la publicación de su libro sobre este tema y el proyecto de ‘unir’ a ‘todas’ las izquierdas. ¿Cómo valora la iniciativa de Rufián? 
– A mí cada vez me recuerda más todo a ‘La Vida de Brian’ y estoy aburridísima, imagino que la mayoría de la gente también lo está. Si Podemos generó una ilusión tan grande en su momento, probablemente fue porque no los conocían más que en su casa a la hora de comer. Quiero decir que Rufián me gusta mucho como parlamentario que entiende la lógica comunicacional del siglo XXI, y creo que tiene buenas ideas, de hecho, lo cito varias veces en el libro, pero tiene bastante lastre atrás. Ojalá le salga bien y pueda liderar un nuevo proyecto pero, insisto, la urgencia democrática es enorme y no estamos para acordarnos de este problema cuando le vemos las orejas al lobo, es decir, cuando se huele a elecciones. Esto es serio, y se debería trabajar todos los días; la gente no es tonta y ya está harta de que se vaya a tocar a la puerta de su ilusión solo cuando se necesita algo de ella. Aún así, como ya escribí en mi libro hace meses, coincido plenamente en que una de las maneras de frenar el exceso de nacionalismo identitario que propone VOX, con un peligrosísimo discurso contra los derechos humanos, pasa por construir desde las bases y desde la periferia, desde lo regional, incluso. Ya hemos visto la fuerza de CHA en Aragón. Tal vez veamos algo así en Castilla y León con UPL, ojalá. En un mundo en crisis como el que tenemos, la inseguridad nos hace buscar refugio en lo que nos habla de cerca, y en estos espacios hay aún porosidad para introducir formas de transformar la vida de la gente para mejor desde lo común.

– El libro invita a repensar la idea de comunidad y participación ciudadana. ¿Qué herramientas reales existen hoy para reconstruir vínculos sociales y políticos desde abajo?
– Volver a los pueblos. Y lo digo así de claro. No tiene ningún sentido seguir acumulándonos en grandes capitales donde la dignidad brilla por su ausencia: cada vez menos gente, sobre todo joven, puede proyectar allí una vida y, sin embargo, cree que su problema es particular porque nos hemos aislado. No es así. Los problemas que tenemos se parecen mucho. Y cuando vives en un entorno en el que el tiempo discurre de otra manera, en el que tu vecino -e incluso tal vez tu alcalde- sabe que estás para lo que necesite y viceversa, no por amor al arte, sino porque sabemos que la urgencia hace que ese vínculo sea necesario -lo vimos este verano con los incendios, por ejemplo-, la noción de comunidad cambia y se fortalece. Estamos olvidando cuestiones básicas en nuestro día  a día de una manera un tanto estúpida: se supone que trabajamos para comer, sin embargo, estamos cada vez más desconectados de lo que nos alimenta, pagándolo a precio de oro y de mala calidad cuando, muchas veces, podrías comprarlo directamente a un productor local o decidir tener un trozo de tierra en el que cultivar y aprender, de paso, que en la vida nada es para ya, sino que requiere paciencia y cuidados y que, aún así, puede que una circunstancia adversa tire todo por la borda. Bueno, eso es también salud mental. Y no acabo de entender cómo hemos dejado que la extrema derecha se arrogue este tipo de vida cuando es evidente que corresponde mucho más a una izquierda que, sin embargo, está tratando de hacerse fuerte, sin éxito, desde una vida urbana cada vez más frenética y absurda en la que, desde luego, sus votantes naturales, no pueden ya vivir con dignidad. Entonces, ¿por qué no se le da la vuelta y se propone una alternativa real desde la España olvidada? No es imposible, aunque algunos lo crean: es cuestión de voluntad política. España es un país con unas comunicaciones e infraestructuras, todavía, muy potentes para promover algo así. Otra cosa es querer hacerlo. Eso sí sería revolucionario. Pero se ve que a los verdaderos revolucionarios no nos quieren en algunos partidos, por lo que sea.

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