«¡Dios mío, Dios mío! ¿Cómo subiría yo antes por aquí? -masculla entre dientes con voz casi imperceptible Gregorio. Se encuentra en una situación más que apurada. Las manos crispadas sobre minúsculas rugosidades de la roca apenas consiguen sujetarle con el cuerpo adherido a la pared, mientras que los pies, desnudos, realizan una danza en el aire en vana búsqueda de una irregularidad del terreno que le pueda permitir asentarse en ella, pero que no acaba de encontrar. El momento es extremadamente complicado pues sabe que si se desprende de la roca daría un salto de más de cuatrocientos metros teniendo como destino final el fondo de la Canal de la Celada, y es consciente qué también arrastraría en su caída al marqués, quien expectante se encuentra unos diez metros por debajo de él con la mirada fija en sus movimientos. Las pulsaciones se disparan y un sudor frío que comienza a originarse en su espalda y va subiendo hacia la nuca».
Así empieza el nuevo libro del montañero, divulgador y escritor leonés Isidoro Rodríguez Cubillas, titulado ‘Cainejo’ y que es la historia novelada de Gregorio Pérez Demaría, apodado El Cainejo para la historia del montañismo pero que, evidentemente, no era su apodo en su pueblo, donde todos son cainejos como habitantes de Caín. Sin embargo, el mote que tenía allí Gregorio también es muy significativo: El Atreviu; que dice mucho del carácter de Gregorio incluso entre aquellas gentes de Caín, acostumbradas a una vida muy dura en una tierra aún más dura. «Aquí, en Caín, la rueda es inservible dado lo accidentado del terreno», escribe Cubillas para darnos una idea.

Este texto inicial ofrece además pistas sobre el tono del libro, novelado, dando voz a Gregorio desde el conocimiento que Cubillas tiene de la biografía de un personaje sobre el que lleva trabajando muchos años.
- Te llevo escuchando hablar del libro del Cainejo desde hace muchos años, décadas, diría.
- Dices bien. Treinta años hace que me puse con esta figura que siempre me fascinó y 10 que lo tengo acabado, pero entre unas cosas y otras..
- Entre unas peñas y otras.
- Sí, mejor.
- Pero todo el mundo habla de El Cainejo y el libro se titula solamente Cainejo.
- Tiene una explicación muy lógica y otra propia del libro. La lógica es que El Cainejo no es un apodo específico para Gregorio, ya que todos los de su pueblo son cainejos, lo que ocurrió es que un sobrino de Pedro Pidal, el compañero en aquella escalada al Naranjo de Bulnes, en una reunión en Bulnes se refirió a él como El Cainejo y el nombre tenía gancho, caló... Pero él tenía otro apodo, El Atreviu (El Atrevido), más propio, más suyo. Y también quise titular Cainejo, a secas, porque además de centrarme en la figura de Gregorio he querido contar la vida en Caín y en Valdeón, en Picos, cómo era, las dificultades de aquella tierra, la tierra de los cainejos.
- ¿Y novelarla?
- Pues te permite hacer el texto más accesible, más cercano, para que sea atractivo para cualquier tipo de lector, no solo el de montaña: pero, estoy seguro, después de tantos años preguntando, hablando, conociendo, que es un texto muy fiel a la realidad.
También le permite intercalar datos ‘oficiales’ con un retrato de cómo podía ser aquel paisano, duro y menudo. «Gregorio es cainejo de nacimiento, pues aquí vio por vez primera la luz en 1853, de padre también cainejo llamado Ángel Pérez, ya por estas fechas fallecido, siendo su madre, Leocadia Demaría, de Santa Marina de Valdeón, en la cabecera del valle, quien habiendo tenido su cuna en el pueblo más alto de la zona acabó viniendo a vivir al de menor altura».
Y así es el retrato del montañero, o del paisano con habilidad para subir a las montañas: «Gregorio, con más de medio siglo a sus espaldas, es de corta estatura y de rasgos angulosos y duros, como prácticamente todos sus convecinos, pero su menuda constitución contrasta con unas musculadas pantorrillas. Es diestro, y sus manos grandes y callosas denotan una energía fuera de lo normal, con unos dedos tan acerados como ágiles, siempre prestos para acoplarse a las curiosas formas de la guadaña, pero que igualmente se adaptan con firmeza a la áspera roca que rodea por doquier su entorno hacia cualquier punto al que se dirija la mirada».
Cuando Isidoro Rodríguez dice «por estas fechas» se refiere al año 1904, cuando se produjo aquella ascensión al Naranjo de Bulnes de Gregorio y Pedro Pidal, El Marqués, ya que centra su relato en cuatro capítulos de los días previos a la histórica gesta, la ascensión (que titula El gran día) y lo que ocurrió en sus vidas después del Naranjo.
La vida transcurría con normalidad aquel día de agosto de 1904, El Marqués había convencido a Gregorio para subir al Pico pero sin fechas concretas. Un emisario le pregunta: «Lo cierto es que no teníamos fijada una fecha concre- ta. Bueno, pues dile que mañana, al rayar el alba, yo estaré en la vega, ya que esta tarde aún tengo que seguir con la siega de este prado para adelantar algo el trabajo, que estoy un poco retrasado y ya ando tarde con la hierba, y más teniendo en cuenta que seguramente luego estaré unos cuantos días seguidos fuera de Caín».
El plan estaba trazado, llegaba el momento de hacer historia.

Describe Cainejo los trabajos de las gentes de Caín, la recogida de la hierba, el cuidado de los rebaños, recoger la tila, los techos de escoba... sobrevivir. Y son una delicia las descripciones de los parajes y montañas de Picos de Europa, no en vano seguramente sea el autor del libro su mejor conocedor, hasta el punto de quedarse a vivir allí, en Soto de Valdeón.
Después del preámbulo, el entreacto y la aproximación llega ‘El gran día’: – En los últimos metros, y por deferencia, el de Caín ha dejado pasar delante a don Pedro, quien corre desbocado, y al llegar a la cima del Naranjo de Bulnes, abre sus brazos elevándonos en diagonales opuestas a la vez que sus labios se separan mostrando sus dientes en una amplia sonrisa. Luego coge fuerzas para, con su vozarrón característico, gritar a los cuatro vientos:
-¡Hurra, hurra, hurra! - y volviéndose hacia atrás pregunta a su compañero: ¿qué tal te encuentras, Gregorio?
- Muy bien, don Pedro, estoy muy contento. En la panza de burra mi ánimo se desinfló, pues creí que no éramos capaces de pasar de allí, pero después de escalarla ya me di cuenta de que nada sería capaz de detenernos hasta la cima. Y aquí estamos, señor, en lo más alto de la montaña, la cumbre más magnífica de cuántas hemos subido, le contesta éste.
Pero queda otra complicación, el descenso. «Ahora tenemos que volver a atarnos, don Pedro dice el de Caín recogiendo la cuerda del suelo y tendiendo un cabo a su compañero. Bajará usted primero, pero tenga total confianza, que yo le sujetaré firmemente con la cuerda y le favoreceré llegado el caso».
También fue un éxito, no sin dificultades: «-Ahora tenemos que volver a atarnos, don Pedro dice el de Caín recogiendo la cuerda del suelo y tendiendo un cabo a su compañero. Bajará usted primero, pero tenga total confianza, que yo le sujetaré firmemente con la cuerda y le favoreceré llegado el caso».
Después la vida siguió para El Cainejo, realmente cambió pues su gesta sí tuvo trascendencia en el mundo de la montaña, y al margen de la generosidad de El Marqués era requerido con frecuencia. Curiosamente no pudo volver a poner los pies en la cima del Naranjo, pese a intentarlo dos veces. Primero con una expedición francesa (en 1905), de Fontan de Negrín: «Gregorio porfía, pero sus clientes van abandonando poco a poco según van aumentando las dificultades» y la segunda fue nuevamente con Pedro Pidal, que había acudido acompañado de Alfomso XIII y quería colocar una bandera de España en su honor, pero el mal tiempo se lo impidió.
Tampoco tuvo suerte en su muerte, que se produjo en Caín de Abajo, el 9 de julio de 1913, por las heridas que le produjo un macho cabrío que tenía enhuertado y despeñarse».
Aunque, seguramente, Gregorio nunca olvidó las palabras de El Marqués al final de su hazaña conjunta: «Ahora estamos cansados, Gregorio, pero ya verás cuando nuestros cuerpos se recompongan, cómo valoraremos lo que acabamos de hacer con nuestra escalada al Naranjo de Bulnes. Piensa que otros ya habían pensado en ello y nadie hasta ahora lo había seriamente intentado ya que las dificultades y peligros, como bien has podido comprobar, son muchos».
