Es buen lugar para refugiarse en un día de nieve inesperada. Abierta los fines de semana en los meses más fríos, la Venta del Aldeano recibe a los visitantes con los brazos abiertos, sin importar demasiado la hora –entre las 12:00 y las 23:00 horas– y con un interior repleto de objetos que bien podrían pasar por piezas de un museo.
El lugar tiene más de cien años. Lo que antaño fueran cuadras de vacas, cabras y ovejas terminaron convirtiéndose en bar, comedores y habitaciones, pues, además de comer, también se puede pernoctar en el enclave ubicado en un punto de la LE-321 a su paso por Valdeteja. Fueron Valentín y Amparo los que lo adquirieron después de la guerra, reconstruyéndolo piedra a piedra y dejándoselo después en herencia a uno de sus hijos. Tras varios años de cierre, no fue hasta hace unos meses que una de sus nietas, Tatiana, cogió los mandos del establecimiento.

La cocina casera tradicional es marca de la casa. Con la intención de recuperar las recetas de toda la vida, la regente destaca sus sopas de ajo como uno de los platos estrella. Opciones de cuchara no faltan en un menú que destaca, sobre todo, por su variedad. Tabla de embutidos y queso, ensalada de cítricos con queso de cabra, patatas con costilla, trucha «con salsa de la abuela Amparo», cachopo de cecina con queso de cabra, picadillo «del de Currusquín», carne guisada «de Mamá Massa», pollo al horno, milhojas de postre y café de puchero forman parte de una oferta gastronómica que, incluso en los bautismos de sus platos, deja entrever su carácter familiar.
La familiaridad también la destila Tatiana, que trata a sus comensales como si les conociera desde siempre. Por eso es la Venta del Aldeano –conocida otrora como Venta La Zorra– buen lugar para refugiarse, incluso llegando por casualidad.
