Si algo define a Valentín Carrera es la inquietud. A este berciano no le gustan los retos facilones. Lo mismo puede intentar recuperar toda la obra y la hasta casa de Gil y Carrasco que hacer un libro sobre su amada tierra de dimensiones descomunales o viajar a la Antártida. Esa constante huida de la zona de confort le ha llevado en su último proyecto a la otra esquina del planeta para escribir ‘El mundo desde abajo. La odisea australiana de Rosendo Salvado’, una obra ganadora del premio Altair de literatura de viajes en la que ha seguido las huellas del misionera gallego y que este viernes 8 de mayo presenta a las 19 horas en la librería Literatessen (calle Santiesteban y Osorio, 4) de León.
– El mundo desde abajo ha sido reconocido con el Premio Altaïr, un galardón que reivindica una literatura de viajes más comprometida. ¿Qué cree que aporta su obra para haber convencido al jurado?
– El jurado escogió esta obra -entre más de cien manuscritos de todo el mundo-"por la manera en la que el autor es capaz de crear un itinerario personal, su capacidad para relacionar conocimientos, para buscar los nombres más remotos, para exponer las voces y relacionar lo que está pasando en Australia con lo que pasaba en Europa; es impresionante. Estamos delante de una investigación muy importante. Un texto de una riqueza léxica y lingüística impresionante, que genera una reflexión y un impacto emocional enorme". Y añade el jurado "El mundo desde abajo es el ejemplo perfecto de lo que debe de ser un libro de viajes". Como los lectores de La Nueva Crónica habrán adivinado, me quedé sorprendido -felizmente sorprendido y agradecido-, pero me parece excesivo. Perfecto del todo, del todo, no es; dejémoslo en perfectín.

– El libro reconstruye la figura de Rosendo Salvado, un misionero gallego del siglo XIX. ¿Qué le atrajo de este personaje para convertirlo en el eje de su relato?
– A pesar de ser un gran desconocido, Rosendo Salvado es el Humboldt gallego; un explorador ilustrado a la altura de Cook o de Shackleton, o de contemporáneos suyos como el doctor Livingstone, el capitán Richard F. Burton o Gertrude Bell; es un personaje poliédrico, inmenso: fue organista, pianista, músico y compositor, contemporáneo de Liszt; fraile benedictino y misionero; navegante de los mares Mediterráneo, Atlántico e Índico; constructor de cabañas, iglesias y monasterios; médico y curandero, homeópata, sastre ocasional; antropólogo, corresponsal de Florence Nightingale (fundadora de la enfermería, feminista, inspiradora de la Cruz Roja); astrónomo aficionado, agricultor y ganadero profesional; políglota (latín, griego, hebreo, gallego, castellano, italiano, francés, inglés, yued, noongar), filólogo, autor de diccionarios indígenas; escritor de memorias, diarios y miles de cartas: un millón de palabras; obispo durante cuarenta años de Puerto Victoria -remoto lugar del norte de Australia, a cinco mil kilómetros de Perth, donde nunca estuvo-y abad vitalicio de New Norcia; decano de todos los cardenales, obispos y abades de la cristiandad, que conoció tres papas y un Concilio Vaticano.¿Sigo o les parece suficiente?
– Puede usted seguir si lo desea. Más allá del viaje físico, su obra parece plantear también un viaje moral y social. ¿Hasta qué punto ha querido dialogar con los debates actuales sobre derechos humanos y convivencia?
–Creo que esta es una de las claves de mi libro. No indago el pasado solo por curiosidad; me interesa que la experiencia y las lecciones de la historia iluminen nuestro presente. Salvado es un defensor de los derechos humanos y de la igualdad femenina; lucha contra la esclavitud en un contexto colonial donde los indígenas eran considerados "sin alma". Algo parecido ocurre hoy cuando los racistas tratan de imponer nuevos modos de apartheid y segregación. Lo estamos viendo. El mensaje de Rosendo Salvado hoy sería el mimo que doscientos años antes: "Solo hay una raza humana: todos somos iguales". Un mensaje, por cierto, evangélico, católico, porque él es un misionero de honda vocación y predica con el ejemplo. Para mí es un modelo ético inspirador, muy actual.

– Usted ha sido viajero y cronista durante décadas, desde el Amazonas hasta la Antártida. ¿Qué hay de su propia experiencia en este libro?
– Al escribir he tenido la sensación de que todo lo viajado y vivido antes -a veces sin ton ni son o atropellado, o con prisas, o poco consciente- de pronto cobraba sentido y este relato es como un hilo de seda, o una tanza, que enhebra y cose las páginas descosidas de mi vida anterior como viajero o como periodista. ¿Por qué fui con veinte años al Amazonas o a la Antártida? Hay una respuesta fácil, pero uno nunca sabe de sí mismo las razones profundas. La mirada de Salvado me ha enseñado a mirar mi propio camino y entenderlo. Y esa es la invitación que hago a los lectores y lectoras: que viajen con Rosendo y conmigo hasta el interior de Australia y de sí mismos. En la presentación de Lugo, el director de El Progreso, Alfonso Riveiro, afirmó: "Es un libro que deja poso…". Ojalá.
– El jurado ha destacado la capacidad de la obra para entrelazar historia, contexto social y relato personal. ¿Cómo se construye ese equilibrio sin perder ritmo narrativo?
– No tengo respuesta; supongo que al escribir opera una mezcla de intuición y oficio; a fin de cuentas, son más de cincuenta años escribiendo en los periódicos, y algo habré aprendido. Lo del talento, lo confío a la generosidad de los lectores. Mi padre decía de mí: "Tiene madera, pero hay que labrarla". Ese es el secreto: labrar, corregir, corregir. De este libro conservo cuarenta y tres versiones sucesivas, y no le vendrían mal una o dos más…
– ¿Existe un renacer de la crónica viajera con vocación literaria y mirada crítica?
– Sí, estamos en un buen momento de eso que llaman "novela de no ficción", a la manera de Emmanuel Carrère o Leila Guerriero, por citar dos modelos de los que bebo. El mundo desde abajo es un relato de no ficción, con vocación literaria y mirada crítica, que combina las herramientas de la novela y del viejo periodismo.

– Tras este reconocimiento y con una trayectoria tan extensa, ¿siente que este libro marca un punto de inflexión o es una estación más en su propio viaje como escritor?
– Es una estación más —el viaje continúa hasta la estación última— y también es un punto de inflexión personal, de madurez como autor. La actualidad escoge los temas e impone los ritmos y los tiempos; al doblar la curva de los sesenta he conseguido salir de ese marco. ¿A quién puede interesarle un misionero gallego del siglo XIX, perdido entre indígenas en la selva australiana, defensor de los pobres y algo feminista? Si quieren saber la respuesta, les invito a leer El mundo desde abajo, escrito sin prisas, por el placer de escribir, para ser leído por el gozo de leer.