La pizarra, nadie lo duda, es el principal sustento económico de una comarca con mucha necesidad de industria, la Cabrera. Una actividad económica que muchas veces se ha colocado en el centro del debate por ese complicado equilibrio y cohexistencia entre la primera fuente de ingresos y trabajo y esa otra ‘joya’ del patrimonio cabreirés, la naturaleza. El debate sobre esa convivencia es recurrente en la comarca.
Pero la realidad sigue siendo tozuda y la industria de la pizarra es la fuente de trabajo de numerosos cabreireses. Una de ellas, Susana Carbajo, es la cabreiresa que llega hoy a este repaso de gentes de esta comarca leonesa, muchas veces injustamente olvidada, pese a una intensa e interesante vida comunal y, sobre todo, gentes como Susana, una mujer que se encuentra muy a gusto con un trabajo considerado duro y que ela asume con absoluta normalidad y desarrolla con una eficiencia de la que pueden dar cuenta las empresas para las que trabaja.
A los 18 años comenzó a trabajar en la cantera y, más de tres décadas después, sigue frente a las máquinas cortadoras. Nacida en Quintanilla, Susana Carbajo representa a una generación que encontró en la pizarra una forma de ganarse la vida sin abandonar su tierra.
A Susana Carbajo Gutiérrez le cuesta imaginarse lejos de Quintanilla. Nació allí hace 50 años, creció entre cuatro hermanos y desde niña conoció el esfuerzo del trabajo familiar. Sus padres tenían ganado y ella, como sus hermanos, ayudaba en casa mientras acudía al colegio del pueblo. Estudió hasta octavo de EGB y después decidió no continuar los estudios. A los 18 años comenzó a trabajar en la cantera.
Desde entonces, la pizarra ha formado parte de su vida. Antes de llegar a su actual empresa pasó por otras dos, pero su oficio siempre ha estado ligado a la misma tarea: cortar pizarra. En la actualidad trabaja en la empresa pizarrera El Carmen, donde maneja máquinas cortadoras que dan forma a las piezas antes de que pasen a la siguiente fase del proceso.

Una forma de vida
«Siempre he estado cortando», explica. Con el paso de los años han cambiado las máquinas, pero no el oficio. La pizarra entra en el proceso, se corta según las medidas establecidas y posteriormente continúa hacia el envasado. Es un trabajo que Susana define como «fácil y duro a la vez».
Su jornada es partida, de ocho horas, y reconoce que, aunque el trabajo tiene su dureza, después de tantos años se encuentra a gusto. «Estoy contenta», resume. No contempla, al menos por ahora, abandonar su pueblo ni buscar una nueva vida lejos de Cabrera. Para Susana hablar de la pizarra es hablar también del futuro de la comarca. No duda cuando se le pregunta si ve futuro al sector. Pero su visión está marcada por una certeza: los recursos naturales no son eternos.
La industria pizarrera proporciona empleo a numerosas personas y, especialmente, a jóvenes de la zona. « Hay mucha gente, mucha juventud trabajando en ellas. Si no fuera por ellas, estos pueblos no tendrían vida», sostiene. También destaca la presencia de mujeres en las empresas del sector: «Sí, somos un número importante».
La frase resume buena parte de la realidad de una comarca en la que la actividad extractiva no solo representa un empleo, sino también una posibilidad de mantener población. La propia trayectoria de Susana es un ejemplo de ello: empezó a trabajar siendo muy joven y ha desarrollado prácticamente toda su vida laboral vinculada a la pizarra.
Pero junto a la confianza en el presente aparece también la incertidumbre por el futuro. Susana sabe que la pizarra, como cualquier recurso, tiene un límite. Hoy considera que el sector atraviesa buenos años, aunque admite que con el tiempo los recursos acabarán agotándose.
«Estoy a gusto aquí».
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