El último 'arreglatodo': "Me salieron los dientes en el taller, eso se tiene que notar"

En el taller de Pepín Martínez esperan arreglo todo tipo de maquinaria, desde motos hasta segadoras, motosierras y lo que te puedas imaginar, que todos se acercan a él convencidos de que hay solución para ‘lo suyo’

11/01/2026
 Actualizado a 11/01/2026
Pepín Martínez trabajando en el torno, «es lo que más me gusta, mi verdadera vocación era la de haber sido tornero», dice convencido. | FULGENCIO FERNÁNDEZ
Pepín Martínez trabajando en el torno, «es lo que más me gusta, mi verdadera vocación era la de haber sido tornero», dice convencido. | FULGENCIO FERNÁNDEZ

Entrar en el taller de Pepín y ver a los clientes que desfilan es como ponerse en la pasarela de los milagros, cada uno que paesa llega pidiendo algo que, reconoce, «será muy difícil, no habrá piezas» y cosas parecidas.

El ‘arreglatodo’ sonríe, le mira y repite que «a ver qué se puede hacer, que para as piezas que no hay se hicieron los tornos». Y confiesa a continuación: «Es que la profesión de tornero es mi verdadera vocación, pero las cosas vienen como vienen».

Llega un chaval de Ocejo de la Peña que cuida las vacas con su moto y, nada más verlo, Pepín ya sabe lo que pasa, las motos también son su pasión y el trial es una de las ‘religiones’ de esta comarca, en una afición que él tiene mucha culpa pues pone a punto las motos. Después se suceden las motosierras, «que desde los ochenta se podría decir que son la especialidad de la casa», pero también segadoras, cortacésped, máquinas de segar... «Aquí no se cumple aquello de que cuando se estropea una máquina... se compra otra, aquí se le trae a Pepín», te cuentan, pero también advierten. «Tendrás que ir saltando por encima de ellas, porque siempre tiene allí un lío de cacharros que no sé cómo sabe qué avería tiene cada uno». Se lo digo y sonríe, «es verdad, pero yo me entiendo» y para ‘disculparse’ saca una vieja foto de cuando trabajaban su padre y su tío, «mira en perfecto estado». 

- Justo como no está ahora; tercia su mujer en la conversación.

Imagen pepín y calcetines
Pepín Martínez en su taller, junto a Calcetines. | FULGENCIO FERNÁNDEZ

Suena el teléfono y tiene suerte quien llama pues no es nada fácil con el barullo, con el lío de arreglos que tiene en lista de espera. Es una mujer que le llama desde Cantabria, que se le ha estropeado el sistema de control de luces y aspersores... «A ver, hazme una videollamada y te voy diciendo lo que tienes que enfocar a ver qué solución le encontramos...».

Y la encuentra. «Tuvo suerte», comentan, pues él suele estar a lo suyo; aunque sí hay una ‘queja’ con muchas comillas que te repiten quienes te echan en cara que «aún no le hayas hecho nada a Pepín el del taller».

- Puede tener el lío que te de la gana, pero sí aparece un chaval con una bicicleta pinchada o estropeada lo aparca todo y se pone con él.
- ¿Es verdad?
- Eso es sagrado; los niños tienen derecho a jugar, por supuesto.
- ¿Cómo se puede tener solución para todo tipo de artilugios?
- Haberte salido los dientes en el taller digo yo que tiene que servir para algo. Y a mí me salieron aquí, estuve estudiando en los Maristas pero mi padre murió joven y con quince años ya me quedé en el taller... es decir, me voy a jubilar con más de 50 años de trabajo, pero me gusta.

Y añade otra frase: «Ser un taller que antes fue relojería pues también ayudará, ya se sabe lo manitas que son los relojeros».   

«Casa fundada en 1917» 

Cuando cuenta Pepín lo de relojería abre la puerta a un largo viaje hasta el origen del taller, uno de esos negocios más que centenarios que podría poner en su anuncio Casa Fundada en 1917. «Es cierto, en ese año, llegó desde Valderas mi abuelo, José María Martínez, y abrió aquí su taller de relojería. Aquí me refiero a Cistierna, pues en este local ‘solo’ llevamos desde 1923; es decir, también somos más que centenarios, podíamos haberlo celebrado...».

El abuelo murió joven, había estado en Cuba y trajo de la isla la pasión por el tabaco, que con el tiempo le pasó factura. 

Y quedó al frente del negocio la siguiente generación, un tío de Pepín, José y su padre, Nicasio. «Primero estuvo en el ferrocarril 12 años pero le afectó al pulmón y se quedó en el taller. Ocurrió que era el auge de Hulleras de Sabero y otras minas de la comarca y cada día pasaban por delante del negocio  más de 200 trabajadores en bicicleta, que cada uno necesitaba algo, un arreglo, un pinchazo... y como los relojeros son curiosos para todo y poco a poco, o rápido, fue tomando forma este taller al que llegué yo, como te he dicho, siendo un chaval, con 15 años... y aquí sigo, que todavía me quedan unos pocos años para jubilarme».

taller pepín
Pepín Martínez, a la puerta de su taller en Cistierna. | FULGENCIO FERNÁNDEZ

Un momento que teme toda la comarca porque, confiesa, «es cierto que tengo clientes de toda esta montaña y algo más lejos. En verano es una locura, voy de una llamada a otra, a cosas que hay que arreglar in situ».

- Y si llega un niño con la bici rota.
- Eso es sagrado.

Se quedó joven en el taller porque también su padre falleció relativamente joven y a él le había tenido relativamente tarde».

Y en sus recuerdos aquella capacidad que él heredó de arreglar de todo. «Un día encontré en un cajón hasta armas, no para usarlas, para arreglarlas, hacerles piezas que lesfaltaban o se habían estropeado. Todo tiene arreglo, bueno casi todo».

Del trial a los autos locos

La condición de ‘arreglatodo’ de Pepín Martínez les viene muy bien a sus compañeros de lo que es la gran pasión de Pepín, el trial, las motos de montaña... «hemos organizado carreras unos años que estuve en la comisión, que todavía se recuerdan». Pero no solo es útil para esta afición tan común en esta comarca, también para otras actividades, tira de álbum de fotos y allí aparece montado en locos cacharros salidos de su taller y su capacidad de manitas. «Ésta es León, menudo artilugio preparamos... ganamos el concurso».  

El anecdotario de cosas que le han sucedido con su trabajo no tiene límite, aunque uno de los más curiosos no era ‘laboral’. 

«Aquí enfrente tenía un taller Abundio, muy conocido en la comarca, que aunque era competencia también era buen amigo. 

Pesaba mucho y un día le dio algo grave, tenía espasmos y todo , y no éramos capaces de meterlo en un coche. Entonces lo subimos a una grúa, a la plataforma, y con él para el centro de salud».

Cuando uno vale, vale para todo. 

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