«Excursiones ciegas con palabras que nunca sé dónde acabarán». Así describe la escritura un autor que, aunque nacido en Zamora, es ya un leonés más, pues aquí lleva afincado no pocos años. Así lo escribe el autor en una de sus publicaciones, ‘El murmullo del mundo’, al que da respuesta con su bolígrafo que raspa el papel. Sin pretensiones, sin anhelar convertirse en un fenómeno de masas y sin acomodarse bajo ningún foco que le dé calor, la tinta que es su pólvora condensa su filosofía en una única oración: «Da lo mismo. Yo voy detrás de ellas –las palabras–, dejándome llevar golosamente».
Ha sido en ese viaje incierto y persiguiéndolas –a las palabras– como Tomás Sánchez Santiago, sin pretenderlo, se ha alzado con varios premios. El Ciudad de Salamanca de 2007 a su primera novela, ‘Calle Feria’, y el de la Crítica de Castilla y León de 2019 a ‘Años de mayor cuantía’ son sólo un par de ejemplos. A su trayectoria se suman también los más recientes: el Premio Nacional de la Crítica de Poesía de 2024 a su último poemario, ‘El que menos sabe’ (Eolas), y, desde este lunes, el Premio Castilla y León de las Letras de 2025. Estos últimos los define como «dos accidentes alegres». «Desde el punto de vista de la creación, que es lo que a mí me puede interesar, la verdad es que no estoy muy al tanto de todo lo que pueden significar los premios en la trayectoria de un creador», dice: «Puede parecer que son como las cerezas, que unos se pueden enganchar a otros, pero no creo que sea siempre así». Se muestra agradecido y así lo reitera; siempre es plato de buen gusto recibir un galardón.
"No se puede analizar el lenguaje de la poesía a la luz de la razón convencional"
Aun así, no se aferra Sánchez Santiago a la ambición percutida de la repercusión. Tampoco a la tendencia hacia la visibilidad que ha hecho de galardones de mismo tipo –como los últimos premios Planeta y Nadal– meros acompañamientos de las controversias que acaparan «los grandes cuerpos de letra en los periódicos», que diría –escribiría– él. «A mí no me interesa eso en absoluto», sentencia en toda su humildad: «Yo creo, fíjate, que la creación es una cuestión de los márgenes y que se necesita estar, precisamente, fuera de los focos; en esa especie de penumbra donde se puede tener una relación directa, en este caso, con el lenguaje».
No es que no quede literatura de esa índole. «Lo que pasa es que, precisamente porque está en los márgenes, hay que ir a buscarla», dice el escritor: «El creador que a mí me interesa no hace ruido: hace su obra de manera callada, la deja ahí, la proyecta sobre el mundo en forma de libro, de cuadro, en fin, de lo que sea, y él supone que tendrá un alcance». Ese alcance, en palabras del premiado, «es el que tiene la obra por sí misma» y se torna, normalmente, «insospechado», pues «nadie sabe dónde llega realmente una obra suya porque llega al corazón, al alma de los que la reciben». Por eso, a su modo de ver, «un premio no te avala, no es un estímulo para que hagas mejor las cosas». Tampoco «garantiza que uno sea mejor escritor después».
"Uno de los sentidos de publicar un libro es que los lectores lo acaben completando con su lectura"
Con o sin reconocimientos, pocas cosas harían parar la mano que erige formas sobre las páginas por cortesía de Sánchez Santiago, que atribuye su pulsión literaria a dos ingredientes ineludibles: «la disponibilidad y la sensibilidad». «A partir de ahí, toda la aventura de escribir que viene detrás se va inaugurando a sí misma a medida que va surgiendo», apunta un autor que, en una conversación con Fulgencio Fernández con motivo del Premio de la Crítica de Poesía, confesaba percibirla como «el único lugar donde no se miente». «Una novela es verdad porque es mentira», dice el poeta: «Lo que ocurre es que la poesía es un espacio donde la mentira, la necesidad de contar cosas que no han sido, no está tan clara. Ahí hay una carga vital de uno mismo que no se puede aderezar con invenciones. Cuando César Vallejo dice ‘fue domingo en las claras orejas de mi burro’ se le puede tachar de loco, pero no es así; no se puede analizar el lenguaje de la poesía a la luz de la razón convencional».
Llevando a sus espaldas la publicación de múltiples obras, a lo que cultiva lo denomina el leonés adoptivo «géneros impuros». Se ha dado cuenta de que, «con la edad, se van quitando el espacio unos géneros a otros». Entre todos ellos navega la literatura del escritor, que no suele tener claro el tema a desgranar cuando pone la primera mayúscula. «Yo soy lento escribiendo: puedo pasarme un año y medio, por decir algo, sin saber muy bien lo que estoy haciendo», revela: «Y se van creando poemas por aquí y por allá; hay un momento en el que el libro ya te aparece como una posible arquitectura y entonces te vas dando cuenta, a veces asombrado, de qué es lo que querías decir sin que ni siquiera tú lo supieras». No es la única forma de construir un volumen: «Uno de los sentidos de publicar un libro es que los lectores lo acaben completando con su lectura».
«El oficio –si es que lo es– del poeta es un oficio siempre inaugural»
Atravesada su trayectoria por las poéticas de la poesía, tiene claro el Premio Castilla y León de las Letras que «los poetas son seres precarios». Por eso rehúye del foco. Por eso no deja que el éxito relegue a la humildad. «Los poetas que se esperan a sí mismos con el oficio, que ya saben y tienen su técnica, yo creo que empiezan a dejar de ser interesantes», relata poniendo de ejemplo a Rimbaud: «De pronto hay una pulsión que desaparece; uno puede seguir esribiendo porque conoce el oficio, pero hay poetas que lo dejan ahí porque creen que ya no volverán a decir las cosas como esa primera vez».
Y, embarcado en esa excursión ciega cuyo equipaje son las palabras que nunca sabe dónde acabarán, Tomás Sánchez Santiago llega a la conclusión que sempiternamente concluye: «El oficio –si es que lo es– del poeta es un oficio siempre inaugural».