Les tocó irse. No es que se fueran. Les tocó irse «como a tantos jóvenes y como pasa en los pueblos». Les tocó irse «a estudiar», lejos de su casa, que lleva por nombre Casas de Don Pedro, como metiendo el dedo en la llaga. De allí son Carlos Canelada (voz y guitarra), Juan Grande (guitarra y teclados) y Víctor Arroba (bajo y teclados). El tercero es el que coge el teléfono: «Carlos y Juan se fueron a Madrid, yo me fui a Cáceres y ahí creo que fue donde nació ese sentimiento de nostalgia, de morriña hacia el pueblo».
Es, también, el momento exacto en que «empiezan a salir las canciones», que cuentan –cantan– eso: «la pena que te da irte». Los tres se describen afortunados –«hemos tenido la suerte de poder hacer lo que queremos hacer en el pueblo»–, pero esa pena no se olvida. Por eso en mayo del año pasado sacaron su primer disco, ‘Revolá’, con el que cantan –y cuentan– esa pena. «Nosotros desde un principio no hemos querido cambiar nada, sino enseñar a la gente lo que pasa de verdad», dice el bajista: «Que el pueblo tiene sus cosas buenas y sus cosas malas».
Fue en 2024 cuando este trío de amigos de siempre de la localidad ubicada en la comarca bautizada como la Siberia Extremeña arrancó a subirse a los escenarios. Ya suman centenares de conciertos celebrados en diferentes puntos de la geografía nacional, en una muestra de que su sonido, sin resultar nada añejo, sabe a lo viejo conocido. De que con su música es fácil empatizar; da igual dónde se ubique tu pueblo.
«Nosotros lo contamos desde nuestra experiencia, desde Extremadura, porque al final es lo que hemos vivido», relata Arroba: «Pero en zonas donde a los chavales les toca irse a vivir fuera para estudiar, como lleva pasando toda la vida, o de las que nuestros abuelos se fueron para trabajar... En esos territorios les toca más porque han vivido lo mismo». Y es que, en el fondo, tampoco importa mucho si eres de pueblo o de ciudad. «Le toca también a la gente que es de ciudad, sus abuelos son de un pueblo y pasan los veranos en el pueblo», añade: «En muchas canciones se ve cómo contamos esa felicidad de los pueblos cuando se llenan en verano con gente de fuera y creo que a la gente de ciudad también le toca por ahí».
Por eso cuando en las últimas fiestas de San Froilán estrenaron la ‘nueva’ Plaza Mayor en plena capital leonesa, el público les recibió caluroso. Iban acompañados de la batería de Manuel Oliva, un asiduo durante sus giras. «Nosotros flipando por ver aquello lleno de gente a tope», recuerda el bajista. No tardarán en repetir la experiencia, a unos metros de distancia, este mismo sábado, cuando el festival Vibra Mahou abra las puertas del Palacio de Exposiciones para darles la bienvenida. A ellos y a sus letras, que en territorios eminentemente rurales como este, tan asediados por la fuerza bruta de la despoblación, parecen cobrar un sentido especial.

Pero más de una vez lo han dicho: «Todo el mundo se puede sentir identificado con lo que contamos en este disco». Aun así, el poso extremeño se hace notar. El álbum se divide en tres partes que sacan a relucir términos de su casa(s de Don Pedro). ‘Revolá’ (el regreso a las raíces) se fragmenta en ‘Jaribe’ (persona traviesa), ‘Barrunte’ (barruntarse que tendrás que irte del pueblo) y ‘De vuelta a las capitales’ (poco más que decir). Los tres resuenan a un terruño con olor a espiga, bien vívido en el pensar de quienes entonan las melodías.
– ¿Por qué la música para contar lo que contáis?
– Yo creo que nos dimos cuenta de que nos gustaba la música a raíz de apuntarnos en la banda municipal de pueblo, que fue donde nos juntamos– explica Arroba de una relación de amistad que se remonta a «toda la vida».– Empezamos a ir a conciertos y todo viene de ahí: de ese descubrimiento de la música hace tantos años, cuando éramos pequeños.
Ahora suenan a nostalgia, pero también a verbena. A morriña y a celebración. Todo englobado en un rock que han llegado a apostillar «rural» y que procura imitar lo que los tres amigos han escuchado siempre. «Aparte de rock, el flamenco que nos enseñaban nuestros abuelos cuando éramos chicos, o rumba», enumera: «Lo hemos mezclado un poco todo y ha salido eso que muchos definen como rock rural».
Uno de los que ha escuchado siempre Sanguijuelas es paisano suyo. Roberto Iniesta, vocalista y fundador de Extremoduro fallecido en diciembre del año pasado, fue uno de sus primeros conciertos. Fue, además, una de las razones para que estos tres chavales de la Siberia Extremeña empezaran a hacer su propia música.
– ¿Hay algo de Extremoduro en Sanguijuelas del Guadiana?
– Directamente no, pero indirectamente tiene mucho que ver. Es inevitable, porque lo hemos estado escuchando toda la vida en el pueblo: en las verbenas y en los bares. Cuando le vimos en el TeatroRomano (de Mérida) dijimos: «está guapísimo, ojalá poder dedicarnos nosotros a esto».
– A Robe llegó a vetarle el alcalde de Plasencia en su momento, ¿cómo os tratan a vosotros las instituciones?
– De momento no tenemos pega con nadie– claro que Robe cantaba ‘Extremaydura’ y ellos ‘Llevadme a mi Extremadura’;– la gente nos sigue, nos ayuda en todo lo que puede y estamos súper agradecidos con todo el mundo, tanto dentro de Extremadura como fuera. Esperemos que siga así mucho tiempo.
– ¿Qué hubiera sido de Sanguijuelas sin Extremadura y sin su pueblo?
– Pues no sé si nos hubiéramos juntado los tres o si nos hubiésemos conocido alguna vez. Si hubiésemos hecho canciones, seguramente no hablarían de Extremadura ni del pueblo– duda un instante.– Yo pienso que no hubiese salido Sanguijuelas del Guadiana ni nos hubiéramos siquiera conocido si no hubiésemos estados los tres en el pueblo y ahí, en Extremadura.
Más claro, agua. Y del Guadiana, para más señas.