Silvia Herreros de Tejada: "Reconciliarse con la edad no consiste en resignarse a ella"

La autora llega de nuevo a las librerías de la mano de la publicación ‘Juvencolía’; una obra que nació para investigar la juventud como mito cultural

12/08/2026
 Actualizado a 12/08/2026
Silvia Herreros de Tejada es la autora de ‘Juvencolía. Sobrevivir al hechizo de la juventud eterna’. | OLIVIA LÓPEZ
Silvia Herreros de Tejada es la autora de ‘Juvencolía. Sobrevivir al hechizo de la juventud eterna’. | OLIVIA LÓPEZ

Silvia Herreros de Tejada lleva buena parte de su trayectoria persiguiendo a Peter Pan. Escritora, guionista, profesora y colaboradora en el programa de radio Carne Cruda, es especialista en lengua española en J. M. Barrie y el universo del niño que se negaba a crecer. Ahora, en ‘Juvencolía. Sobrevivir al hechizo de la juventud eterna’ (Debate), aquella obsesión literaria por la juventud se convierte en una reflexión personal sobre el paso del tiempo, la madurez y el miedo a envejecer, atravesada además por el cáncer de mama que le diagnosticaron mientras escribía el libro.


 – Cuenta en el libro que, al tiempo que lo iba escribiendo, iba también descubriendo de qué género se trataba. Al final parece un ensayo pero en el que se introducen muchas experiencias personales. ¿Se siente cómoda con este formato que de, alguna manera, ya ha practicado en anteriores libros? 
– ‘Juvencolía’ es un libro híbrido que mezcla reflexión y relato. Nació como una investigación sobre la juventud entendida no como una etapa biológica, sino como un mito cultural. Quería entender por qué hoy ya no basta con haber sido joven, también tenemos que seguir pareciéndolo. Mientras escribía me diagnosticaron un cáncer de mama y el libro cambió de dirección. De repente, las preguntas intelectuales se volvieron completamente personales. 
El libro está construido como un abecedario porque, cuando yo era pequeña y tenía miedo por las noches, mi madre se metía conmigo en la cama y jugábamos al «abecedario contra el miedo»: íbamos diciendo una palabra bonita con cada letra para dejar atrás lo que nos asustaba. Juvencolía es otro abecedario, pero esta vez contra los miedos adultos: el paso del tiempo, la enfermedad, la pérdida de la juventud... Por eso cada letra abre un pequeño universo (Peter Pan, Erasmus, la crisis de la mediana edad o la quimioterapia) que acaba formando parte de una misma historia. Este formato me funcionó muy bien porque yo no quería escribir ni un ensayo académico convencional ni unas memorias. A mí me gusta escribir libros como los que me gusta leer: busco que el lector se entretenga, que aprenda y sobre todo, que se emocione. Me interesa que las ideas tengan una historia y que las historias ayuden a pensar. Creo que es la mejor manera de hablar de algo tan universal, y la vez tan íntimo, como el paso del tiempo.

– Decía Rilke que la verdadera patria es la infancia, ¿qué es, entonces, la juventud? 
– Si la infancia es la patria, la juventud es el país de las posibilidades. El horizonte. Vivimos con la sensación de que la vida todavía está por escribirse y de pronto, llega un momento en la mediana edad en el que nos damos cuenta de que quizá ya es tarde. No solo echamos de menos a quienes fuimos, sino también a todas las personas que imaginábamos que podríamos ser. Una de las cosas que descubrí escribiendo ‘Juvencolía’ es que la juventud se parece mucho a la literatura: siempre la reescribimos. Con los años tendemos a convertirla en una edad dorada, cuando en realidad también estaba llena de incertidumbre, miedo y contradicciones. La nostalgia no nace tanto de lo que vivimos como del relato que construimos después sobre aquellos años. En el fondo, el libro plantea que la verdadera melancolía no es por la juventud perdida, sino por las otras vidas posibles que se quedaron sin vivir.

«Si la infancia es la patria, la juventud es el país de las posibilidades. El horizonte»

– Hay en su libro muchas referencias a muchos escritores y muchas obras que han abordado la juventud y sobre todo su pérdida. ¿Se puede considerar uno de los grandes temas de la literatura universal?
– Sin duda. La literatura lleva siglos preguntándose qué hacemos con el paso del tiempo. Por ejemplo, ‘La Odisea’ habla del deseo de regresar a casa intacto después de haber cambiado para siempre. ‘El guardián entre el centeno’, de J. D. Salinger, captura ese momento en el que uno deja de ser niño sin saber todavía cómo ser adulto. ‘Las vírgenes suicidas’, de Jeffrey Eugenides, convierte la adolescencia en un territorio casi mítico, y ‘La Señora Dalloway’ de Virginia Woolf es uno de los mejores libros que se ha escrito sobre el anhelo a lo que pudo haber sido. Cada época ha imaginado la juventud de una manera distinta y, al hacerlo, ha revelado cuáles eran sus miedos y sus deseos.
Mientras escribía’ Juvencolía’ me di cuenta de que algunos escritores se convertían en personajes de mi propia historia. Llevo muchos años estudiando la obra de J. M. Barrie y, de hecho, ya le había dedicado varios libros. Pero en esta ocasión volví a él desde otro lugar. Ya no me interesaba solo como el autor de Peter Pan, sino como un hombre obsesionado con el tiempo, la infancia y la figura de Garfio, el adulto que representa todo aquello que Peter Pan teme llegar a ser. Barrie es uno de los protagonistas del libro. Me gusta pensar en la literatura como una conversación entre personas que vivieron en tiempos distintos, pero que siguen haciéndose las mismas preguntas.

– Después de haber abordado este tema desde todas las perspectivas posibles, ¿cree que el momento actual en el que la sociedad tiene mayor interés por conservar la juventud?
– Sí, aunque esta obsesión no es completamente nueva. Cambian las herramientas, pero el deseo de retrasar el paso del tiempo lleva con nosotros desde los mitos griegos. Una de las historias que más me fascinó mientras escribía ‘Juvencolía’ fue la de Luella Day, médica y buscadora de oro, que a principios del siglo XX aseguró haber encontrado en el jardín de su casa, en Florida, la fuente de la eterna juventud que buscaba Ponce de León. Alrededor levantó un parque temático donde vendía frascos con aquellas supuestas aguas rejuvenecedoras, convirtiéndose así en una de las pioneras de la industria anti-aging. Han cambiado los escenarios, pero el relato sigue. Donde antes había aguas milagrosas, ahora hay suplementos, mil rutinas de fitness, cosméticos, clínicas estéticas y redes sociales que convierten la juventud en un ideal permanente y que provocan que miremos nuestro propio rostro como si envejecer fuera un problema que resolver. Empresas como Altos Labs invierten millones de dólares para intentar reprogramar nuestras células y retrasar el envejecimiento. Es decir, hemos sustituido la fuente de la eterna juventud por la biotecnología, pero seguimos persiguiendo exactamente la misma fantasía.

La portada de 'Juvencolía'.
La portada de 'Juvencolía'.

– El libro combina nostalgia con cierta incomodidad ante el presente, ¿cree que esa «juvencolía» es también una forma de negación colectiva de la madurez?
– La juvencolía tiene mucho que ver con lo que Gilles Lipovetsky llamó «adultescencia». Durante siglos la juventud fue una etapa vital pero hoy, en cambio, se ha convertido en una identidad. Hemos pasado de una juventud biográfica a una juventud performativa en la que representamos, con gusto, un rol: nos vestimos como jóvenes, consumimos como jóvenes, nos divertimos como jóvenes e incluso pretendemos desear como cuando éramos jóvenes.
El problema no es conservar la curiosidad, el entusiasmo o la capacidad de asombro. El problema es quedarse anclado simbólicamente en una etapa de la vida porque hemos dejado de imaginar la madurez como un lugar atractivo. Esa es una de las tesis de ‘Juvencolía’: no vivimos exactamente una nostalgia de la juventud, sino una crisis de la adultez. Porque… ¿qué significa hoy ser adulto? Hemos perdido modelos culturales que nos ayuden a desear la madurez y, mientras eso no cambie, seguiremos intentando prolongar indefinidamente una etapa que, por definición, estaba llamada a terminar. Es una de las grandes paradojas de nuestro tiempo. Vivimos más años que nunca y, sin embargo, cada vez toleramos peor cualquier signo de envejecimiento.

– ¿Diría que hoy envejecer se percibe casi como un fracaso social, especialmente en determinados ámbitos culturales y creativos? 
– De hecho, celebramos que alguien «no aparenta los años que tiene» o criticamos «cómo se ha dejado esa persona» o «qué viejo está» como si hacerse mayor fuera un fracaso del que hubiera que disculparse. Esa manera de hablar revela hasta qué punto hemos convertido la juventud en una medida del valor personal. En la cultura también seguimos celebrando con más facilidad las historias de iniciación que las de madurez. Hay muchísimas novelas, películas y canciones sobre el primer amor, pero muchas menos sobre lo que ocurre después de los cincuenta. Es como si narrativamente también nos costara imaginar que las mejores historias pueden suceder más tarde. Por suerte, esto empieza a cambiar y una de las cosas que quería hacer con ‘Juvencolía’ era precisamente reivindicar ese territorio: hacer una historia apasionante de alguien que, como yo, tiene cincuenta. 

"La juventud se parece a la literatura: siempre la reescribimos"

– En una época marcada por la cultura de la imagen y la idealización de la juventud, ¿qué coste emocional tiene intentar permanecer siempre en ese estado?
– El coste es que nunca llegamos a sentir que nuestro cuerpo está bien. Vivimos comparándolo con una versión más joven de nosotros mismos. Cuando tuve cáncer entendí hasta qué punto había construido mi identidad alrededor de mi cuerpo: perder un pecho y el pelo fue mucho más que un cambio físico. Y me sorprendió descubrir que casi me daba vergüenza reconocer ese dolor, como si preocuparse por la dimensión estética de una enfermedad fuera una frivolidad. No lo es. El cuerpo también es identidad, es memoria, es deseo. Hasta ahora, en mis términos narrativos personales, yo me sentía como Peter Pan, con ese afán de querer ser eternamente joven. Y de pronto, me vi como Garfio, ese adulto que nadie quería ser, con un cuerpo amputado y atormentado por el cocodrilo del tiempo.  

– Frente a esa tendencia a alargar la juventud, ¿reivindica ‘Juvencolía’ alguna forma de reconciliación con el paso del tiempo? 
– El viaje que propone mi libro va de la «juvencolía» a la «juvenescencia». Durante mucho tiempo pensé que hacerse mayor consistía en ir perdiendo cosas. El cáncer me obligó a descubrir que también era una forma de ganar otras: perspectiva, libertad, menos miedo al juicio ajeno y una relación más honesta con mi propio cuerpo. Entendí que reconciliarse con la edad no consiste en resignarse a ella, sino en encontrar otra manera de habitarla. Por eso el libro termina con una palabra nueva: «juvenescencia». Y si la juvencolía implicaba mirar hacia detrás, aquí se mira hacia delante con la voluntad de habitar tu cuerpo tal como es y con la certeza de seguir custodiando aquello que una vez te hizo arder, aunque el tiempo te narre de otra manera. 

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