Sergio de Odollo, una vida dura con música de saxofón

Nacido en tiempos complicados, 1920, en una comarca dura, Cabrera, fue golpeado por la guerra, emigró, pero siempre con la mirada puesta en Odollo y en su otro amor, el saxofón

José Manuel Roces
06/07/2026
 Actualizado a 06/07/2026
Sergio ocupó muchas horas de ocio después de su jubilación entregado a la música y el saxofón. | CECILIA ORUETA
Sergio ocupó muchas horas de ocio después de su jubilación entregado a la música y el saxofón. | CECILIA ORUETA

Uno de los seriales sel suplemento de verano de 2025 fue el titulado ‘Gentes de Cabrera’, una serie de reportajes de recuerdo de  personajes —vivos unos, fallecidos algunos— que han calado hondo en aquella comarca leonesa que están muy presentes en el recuerdo. Lo que empezó como un repaso para una temporada hizo aflorar muchas ‘gentes’ que ya no tenían cabida en un serial finito pues con el fin de verano llegaba el momento de cerrar aquella mirada. 

Pero tras un verano llega otro, un serial sigue a otro, y el de 2026 nos permitía hacer justicia con algunos de los «aparcados» y a ello vamos, con una mirada abierta, como la anterior, sin más méritos, que no son pocos, que haberse ganado un lugar en el recuerdo, por mil razones. Siempre positivas. 

Un buen ejemplo para enteder esta filosofía lo puede ser nuestro primer protagonista de esta segunda época, Sergio el de Odollo, un tipo noble y bueno, golpeado por la guerra, un enorme trabajador, emigrante temporal y músico, saxofonista, con lo que siempre arranca una entrañable sonrisa su recuerdo pues los mejores momentos de muchos pueblos, de muchos vecinos, están ligados a sus fiestas, a sus celebraciones, a sus bailes...

La imagen de este cabreirés no se ha borrado de las empinadas calles de Odollo, aún parece resonar el eco de un saxofón. Quienes alcanzaron a conocer a Sergio Álvarez Cañueto recuerdan aquella imagen familiar: un hombre de porte sencillo, caminando despacio por la plaza del pueblo con su inseparable instrumento entre las manos. Su historia, sin embargo, es mucho más que la de un músico popular. Es el relato de una generación marcada por la guerra, la emigración, la pobreza y el esfuerzo; una generación que aprendió a sobrevivir sin renunciar a sus sueños.

Sergio nació en Odollo en 1920. Eran tiempos difíciles y, como tantos jóvenes de la época, tuvo que abandonar pronto la infancia. Con apenas catorce años emprendió viaje a Madrid para trabajar como carnicero.

La capital representaba una oportunidad para ganarse la vida, pero también el escenario donde la historia se cruzaría de manera abrupta con su destino. Cuando estalló la Guerra Civil fue reclutado por el bando republicano. Apenas era un muchacho cuando se vio arrastrado por un conflicto que marcaría para siempre a millones de españoles.

Terminada la guerra llegó otro capítulo amargo. Sergio fue encarcelado en el edificio que hoy alberga el Hostal de San Marcos, en León. Como tantos vencidos, conoció el miedo, la incertidumbre y la dureza de los años de posguerra.Pero cuando recuperó la libertad regresó a su pueblo dispuesto a reconstruir su vida.

Y allí estaba Adelina.

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"Mi padre tuvo dos grandes amores; mi madre, Adelina, y el saxofón", recuerdan emocionados los hijos de Sergio Álvarez Cañueto. | ARCHIVO FAMILIAR

Los familiares de Sergio hablan de ella con una sonrisa inevitable. Fue la mujer de su vida, la compañera con la que compartió alegrías y dificultades y junto a la que formó una familia de ocho hijos. «Mi padre tenía dos grandes amores, nuestra madre Adelina y el saxofón», recuerda emocionada una de sus hijas. 

La música había llegado mucho antes que la fama local que acabaría alcanzando. Desde niño sintió una fascinación especial por los sonidos y las melodías. Su primer instrumento fue un humilde ‘punteiro’ fabricado por él mismo. Después llegó un clarinete y, más adelante, el sueño de cualquier músico de aquellos pueblos aislados: un saxofón comprado a Barcelona tras muchos sacrificios. Un instrumento acabaría convirtiéndose en una extensión de sí mismo.

Durante décadas, Sergio fue uno de los músicos más conocidos de la comarca. Junto a vecinos de Odollo y de otras localidades cercanas, como Sigueya, formó una agrupación musical que muchos todavía recuerdan: Los de Odollo. Más tarde se integró en la orquesta Sonora de Sigueya.

No había fiesta importante en La Cabrera sin su presencia. Romerías, verbenas o celebraciones populares contaban con la música de aquellos hombres que recorrían kilómetros por caminos de montaña para llevar alegría a los pueblos.

Tocaban también en numerosas localidades de La Carballeda y los ingresos obtenidos suponían una ayuda imprescindible para sacar adelante a una familia numerosa. Pero quienes compartieron escenario con él aseguran que Sergio nunca tocó únicamente por dinero.

Tocaba porque era feliz haciéndolo

Quizá por eso aparece incluso en una de las obras literarias más conocidas sobre la comarca. En Donde Las Hurdes se llaman Cabrera, el escritor Ramón Carnicer describe su llegada a Odollo durante la celebración de la procesión de San Pedro. Entre los vecinos que acompañaban el cortejo religioso se encontraba Sergio, tocando su saxofón como había hecho tantas veces.

Era ya una figura inseparable de la vida del pueblo.

La memoria familiar conserva también imágenes de una época desaparecida.

Uno de sus hijos recuerda los viajes que realizaba junto a su padre hasta Ponferrada. Lo hacían a caballo, como otros vecinos de la zona, atravesando caminos que hoy resultan difíciles de imaginar.

Aquellos desplazamientos estaban ligados a una economía de supervivencia en la que el dinero escaseaba y el trueque era habitual, como ya se contaba en los famosos viajes de Las misiones pedagógicas. «Se cambiaba de todo, lo que había en casa por aquello que faltaba», recuerdan sus hijos de las historias que les contaban sus padres. 

Era la España rural de mediados del siglo XX, donde el ingenio y el esfuerzo eran tan importantes como los recursos materiales; una forma de vida por la que Sergio y Adelina vieron, como tantos cabreireses, como sus hijos tomaron la decisión de emigrar e, incluso, ellos mismos, pero  esa fugaz historia merece detener el repaso de los momentos vividos por este matrimonio de Odollo. 

A comienzos de los años ochenta, todos sus hijos habían emigrado a Madrid; pero no olvidaron, ni mucho menos, a sus padres a los que deseaban tener cerca y consiguieron para ellos una portería en la capital. Sergio volvió así a la ciudad donde había trabajado siendo adolescente.

Nadie podía imaginar entonces que iba a convertirse en testigo involuntario de uno de los episodios más terribles de aquellos años.
el atentado de eta en directo

Desde la portería donde trabajaba presenció las consecuencias de uno de los atentados más sangrientos perpetrados por ETA contra miembros de la Guardia Civil, de la Plaza de la República Dominicana, una verdadera masacre de muertos y heridos.

Cuando Sergio escuchó aquella terrible explosión salió inmediatamente a la calle. Lo que encontró fue una escena de horror: Vehículos destrozados. Gritos. Sangre. Jóvenes guardias civiles gravemente heridos. Unas imágenes que se le grabaron en la memoria para siempre. Durante años se las relató a su familia con la emoción intacta.

Sin detenerse a pensar lo que había ocurrido se lanzó a ayudar en las tareas de auxilio. Sacó en brazos a varios de los heridos mientras llegaban los servicios de emergencia, hasta el punto de que una de sus preocupaciones era saber qué había ocurrido con alguno de aquellos jóvenes que llevó en sus brazos y cuyo nombre pudo leer en las plazas de su traje.  

Aquella experiencia le dejó una huella profunda.Tan profunda que, según recuerdan sus familiares, decidió regresar definitivamente a Odollo cuando apenas le faltaba tiempo para jubilarse; pero buscó refugio en el lugar donde siempre había sido feliz a pesar de la dureza de los tiempos.

Y también volvió a encontrarse con su saxofón, que tocaba con frecuencia en la plaza del pueblo, muy cerca de su casa, desde la que Adelina le veía por la ventana y escuchaba esas melodías que interpretaba Sergio, aunque la salud le jugaría una mala pasada en la recta final. Tanto que los últimos años de la vida de Sergio estuvieron marcados por el cuidado de Adelina. Cuando la enfermedad llamó a la puerta,

Sergio se entregó por completo a ella.

Sus hijos recuerdan con orgullo aquella dedicación absoluta; cómo la acompañó, la cuidó y la protegió hasta el último momento. «Para él era una diosa», resume una de sus hijas.

Quizá por eso, cuando la familia habla de Sergio, no empieza recordando ni la guerra, ni la cárcel, ni siquiera la música. Empieza hablando del amor entre sus padres.

Del amor a una mujer con la que compartió toda una vida.

Y después, inevitablemente, llega el recuerdo del saxofón.

Porque en Odollo todavía hay quienes aseguran que algunas tardes, cuando el silencio cae sobre las montañas de Cabrera, parece escucharse a lo lejos una melodía antigua.

Como si Sergio Álvarez Cañueto siguiera acompañando con su música la vida del pueblo que nunca dejó de llevar en el corazón.

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