Amanece un día más con el humo de los incendios que rodean la ciudad de León tapando el sol que no se oscurece ante la vana esperanza de que las nubes nos traigan, al menos por unas horas, una lluvia sanadora que ayude a aliviar la dantesca situación en la que se encuentran nuestros montes y los pueblos que por los mismos se desperdigan. No, es el humo que se nos mete por nariz y boca dejándonos un sabor amargo, que nos pica los ojos, que se adhiere a nuestra piel y se cuela por nuestras ventanas. Imagínense si esto es así a un buen número de kilómetros de distancia de los diferentes fuegos que nos rodean, principalmente por el norte y el oeste de nuestra provincia, lo que tiene que ser para todas esos miles de personas (ahí es nada, que tengamos que estar hablando de miles de desplazados y/o afectados por esos incendios).
En el recorrido por estas páginas veraniegas, el comenzado el pasado verano de la mano de las fotografías de Olga Orallo, hablábamos de ruinas, de lugares que, abandonados por unas u otras causas, habían dejado de ser lugares habitables o, más bien, habitados. En la mayoría de los casos, las circunstancias de ese abandono dotaban a estos lugares de un cierto halo de romanticismo, en el que casi siempre había un punto en común, sentir como la naturaleza volvía a hacer suyo lo que un día le fue arrebatado (o simplemente fue transformado) por la mano del hombre. Pero cuando ese abandono proviene de la quema indiscriminada de bosques y paisajes enteros, la cosa cambia considerablemente, entre otras cosas porque el proceso de regeneración natural implica que ha de pasar mucho más tiempo hasta que la naturaleza vuelva a enseñorearse de los paisajes que un día fueron.
Y en estas circunstancias, leyendo los nombres de tantos de esos lugares ya recorridos que han sido pasto de las llamas, me pregunto cómo volveré a encontrarlos la próxima vez que los recorra, tras este nuevo azote de las llamas; y cuántos otros lugares hermosos se habrán convertido en nuevas ruinas tras haber sido pasto de las mismas. Y me decido a cambiar el tono de esta crónica, y a no hablar hoy de ninguno más de ellos y, al mismo tiempo, de todos.
Tras un incendio poco o nada queda de romántico. Lo describe muy bien, Felisa Rodríguez en los versos que he escogido para encabezar este artículo de hoy y que incluyó en su libro De globos y de niños. Divina fantasía, publicado allá por 1989. No serían los únicos, Felisa (maestra, poeta, educadora ambiental donde las haya –aunque en aquellos momentos este concepto aún estuviera en pañales, nacida en Noceda del Bierzo) hizo de la denuncia continuada de los incendios forestales una continua obsesión. En aquel momento ya eran una plaga, movida sobre todo por intereses económicos, pero una plaga que atentaba contra el equilibrio natural. Ella se fijaba sobre todo en la de su tierra, su amado Bierzo, pero extensible también a otras comarcas de la provincia y aledañas a ella. Y ante esa plaga, clamaba y lloraba.
En estos días mi trabajo me ha llevado a recorrer tierras de Omaña, Babia, Laciana, Bierzo,... Otros lugares que me esperaban en tierras de Maragatería o Cabrera, han anulado las actividades afectados por la situación que se está viviendo. En mi desplazamiento por estos lugares, y a pesar de la despoblación, cada vez mayor, de muchos de ellos, era estimulante ver como muchos de ellos volvían a llenarse de vida durante estos meses de verano, incluso vida cultural; ver como volvían a sus calles los juegos de los niños, sentir la estimulante presencia de la naturaleza abrazándote por doquier. Hasta que comencé a respirar el humo que llegaba de uno y otro lado, a observar como la luz del verano se oscurecía y una tremenda inquietud comenzaba a apoderarse de mí con la preocupación si no por mi suerte sí por la de la gente que me es más próxima y que en estas fechas se encuentra dispersa por muchos de los lugares asediados por el fuego. Y de nuevo el recuerdo de los versos de Felisa, la maestra y poeta que luchaba año tras año contra el mismo:
¿Quién quema el monte?
El monte se está quemando dolor de humeante ceniza, del árbol verdes lamentos entristeciendo la dicha.
Va la luna plata y nácar con la cara enrojecida, camina por el espacio silenciosa y dolorida.
Crepita el monte angustiado, por feroz saña mordido, la piel le arranca en pedazos odio ciego y resentido.
Fronda, retozo y gorjeos un momento luminaria, llora pintada de negro su silueta chamuscada.
¡Ayes de selva agredida ultraje de fiera y ave, “nerones” gozan quemando la hermosura del paisaje!
Hoy sé que cuando pasen estos aciagos días y vuelva a recorrer esos paisajes que me visto crecer y hacerme adulta, que me llenaban de paz cuando me sentía más agobiada, no volverán ya a ser los mismos. Algunos podrán recuperarse poco a poco con el tiempo, como lo hicieron los robledales maragatos que hace varias décadas también se habían perdido y que habían vuelto a regenerarse. Otros, como las Médulas, con esos castaños centenarios, no volverán a ser nunca lo que eran, porque nuestro paso por la vida es mucho más efímero que el de ellos.
Han pasado más de treinta años desde que esta defensora a ultranza del medio que fue Felisa Rodríguez, y que hoy nos sirve de camino con sus versos, escribiera un buen número de poemas llorando los estragos del fuego, clamando y denunciando los intereses que movían a los mismos. Aparte de sus poemas denunciando situaciones que se producían constantemente, año tras año, fueron también otros los granitos de arena que ella misma aportaba para luchar contra los mismos y sus efectos, como promover entre su alumnado y convecinos la repoblación de los montes con plantas autóctonas, y enseñarles a cuidarlas porque de ellas dependía su futuro y el de sus tierras.
Hoy, tras tantos años transcurridos, tantos años de nefastas actuaciones en torno a la gestión de los montes, poco o nada hemos aprendido; más bien poco o nada han aprendido nuestros políticos directos, aquellos de quienes depende la gestión de los montes y los ríos, ajenos a una parte de la comunidad que parece les es ajena (precisamente la relacionada con las provincias de León y Zamora). Y ante tal circunstancia yo me pregunto cuáles van a ser las políticas utilizadas en adelante para devolver a nuestros bosques incendiados su perdido esplendor (¿cómo se puede restablecer, por ejemplo, la pérdida de castaños de más de quinientos años de edad). Y, además de la inquietud por las políticas con que puedan sorprendernos (treinta años de políticas especulativas del mismo color me dan pie a ello), siento el miedo a que tras el fuego llegue la lluvia; no la mansa lluvia que vaya calando poco a poco, hasta enfriarla, sobre la tierra que aún permanece caliente por lo vivido, que guarda en sus entrañas, acechando desde el corazón de las raíces de las urces abrasadas, la llama que puede reavivarse por un soplo de aire que de nuevo las deje al descubierto, sino esa otra lluvia torrencial que provocan a menudo las tormentas y que arrastre con ella la ceniza acumulada en tantos miles de hectáreas calcinadas, contaminando con ello los acuíferos de nuestros ríos y embalses. Y, una vez más, donde ya había destrucción la situación vital se siga complicando para quienes tratan de permanecer y sobrevivir en sus quemadas tierras, viendo esfumarse, como si de humo se tratara, las esperanzas de futuro.

Por mucho que hablemos de la España vaciada, y tal como decía Felisa en los versos incluidos al comienzo de estas líneas, donde cada vez habita menos gente y la que lo hace es –salvo raras ocasiones– cada vez de más edad, nuestros bosques, nuestros montes, son nuestro verdadero futuro. Por mucho que algunos empecinados nieguen la existencia del cambio climático este parece haber llegado para quedarse, y esas altas temperaturas que nos están azotando durante estos días, dificultando aún más la extinción de nuestros fuegos, se harán aún más complicadas en el futuro con la desaparición de nuestra masa forestal. Es la pescadilla que se muerde la cola. Y con ello, el esfuerzo de toda esa gente que ha apostado por seguir luchando por el futuro de sus pueblos, tratando de conseguir mejoras en las condiciones de vida de sus habitantes, y nuevos vecinos con los que impedir que estos se mueran, se verán abocados al fracaso. Porque, ¿quién quiere instalarse en un lugar en el que no hay futuro, en el que no hay pastos para el ganado, ni floración para las abejas, ni bosques donde ensanchar los pulmones con su aire limpio o cristalinas aguas en las que refrescarse?
Nuestros paisajes se queman y con ellos el poco futuro que nos quedaba. No permitamos ahora que, para supuestamente sacarnos de esa pobreza ambiental en que la situación de estos días nos está sumiendo, cambien nuestros árboles por enormes molinos eólicos y nuestros sotos y praderas por bosques de placas solares o macrovertederos de todo tipo. Y, sobre todo, no nos dejemos contaminar por la pelea política que no tiene en cuenta a los ciudadanos de a pie y que anteponen a todo sus intereses económicos (lo han hecho durante cerca de treinta años). Mantengámonos verdaderamente informados y depuremos responsabilidades para exigirle a cada cual a medida de sus responsabilidades reales.
Y cierro con algunos otros versos de Felisa, en esta ocasión pertenecientes a su poema «¿Los pájaros y yo, dónde haremos el nido?»:
(...) Nos cegó doliente pasmo viendo que el edén soñado, es paraje de esqueletos que el fuego había calcinado.
En oquedad del sentir ruge furioso alarido. ¿Por qué bosque, paz y dicha, es tan vilmente agredido?