Raúl de Tapia: "Ciencias y letras se entienden y, al hacerlo, ofrecen respuestas más completas"

El biólogo y divulgador recala este jueves en León junto a Clara Obligado para presentar su publicación conjunta, 'Un árbol de compañía'

04/02/2026
 Actualizado a 04/02/2026
Raul de Tapia y Clara Obligado son los autores del libro ‘Un árbol de compañía’, publicado por Páginas de Espuma. | CEDIDA
Raul de Tapia y Clara Obligado son los autores del libro ‘Un árbol de compañía’, publicado por Páginas de Espuma. | CEDIDA

Un bosque es a la naturaleza lo que una biblioteca a la literatura. «Un bosque se va creando poco a poco, entran unos seres vivos y salen otros... Y una biblioteca es igual; unos libros te llevan a otros y, cuando has alcanzado una fase de lectura, hay libros que salen de tu biblioteca para que entren otros», refleja entre analogías el biólogo, divulgador y escritor Raúl de Tapia.

Pero, si algo define a este autor, es una faceta que él mismo bautiza como «degustador de paisajes». «Era un término que utilizaba Miguel de Unamuno», aclara: «Salía bastante al monte y trataba de absorber esos paisajes también a través de las palabras que le iban transmitiendo los paisanos de los lugares: era una manera de llegar al paisaje no sólo por la parte más naturalística o más visible, sino también por la parte más descriptiva que hacían las gentes que vivían en esas tierras». Por eso, cuando De Tapia leyó ‘Paisajes del alma’, adoptó la expresión casi como un oficio: «Salir al campo y no hacerte un ‘selfie’ en un paisaje y consumirlo en dos segundos, sino pararte, deternerte a mirarlo, a entenderlo y describirlo es una degustación». Una degutación –quizá de las pocas– que puede disfrutarse con los cinco sentidos.

Y, aunque su degustación está bien respaldada por el conocimiento científico de un hombre que ejerce su profesión en la Fundación Tormes de Salamanca, donde trabaja por la recuperación de los paisajes degradados, el divulgador tiene claro que el saber científico no es indispensable para el disfrute del paisaje O, al menos, que no lo es tanto como la sensibilidad. «Saramago quería ver los arribes portugueses desde la orilla española. Imagino que su cultura científica sería básica, pero la visión de esas caídas, de esas hendiduras en el granito lusitanas, le hizo vibrar», apunta, antes de seguir: «Si eres un gran conocedor del arte, vas a poder disfrutar más de los cuadros de Remedios Varo, pero el hecho de que no entiendas de eso no va a evitar que te sientas maravillado con su obra». 

Raúl de Tapia entre árboles del parque de El Retiro. | CEDIDA
Raúl de Tapia entre árboles del parque de El Retiro. | CEDIDA

A pesar de que buena parte de su trayectoria vital haya tenido –y tenga– que ver con practicar y divulgar la ciencia, lo cierto es que la mayoría de sus referencias atañen a personajes del mundo del arte. Y es que puede que el biólogo intente encontrar en el arte las respuestas que todavía no puede ofrecerle la ciencia. Ante el planteamiento, no tarda en mencionar al físico Jorge Wagensberg y su publicación ‘Si la naturaleza es la respuesta, ¿cuál era la pregunta?’. «La naturaleza es la respuesta a un montón de hechos; es la que busca el origen, de dónde venimos y dónde vamos y es la filosfía, pero también la evolución», reflexiona: «Lo que se ha hecho desde el arte siempre ha sido tratar de plasmar la impronta de la naturaleza. Además, todo el arte procede de la naturaleza, ya sean los recursos materiales o las inspiraciones; es decir, lo que vamos buscando son respuestas y a esas respuestas llegamos por distintos caminos, pero las preguntas seguramente son muy similares».

Son esas preguntas y respuestas las que entremezclan ciencias y letras hasta alumbrar la personalidad de De Tapia, que no puede quedarse sólo con una y atribuye el enfrentamiento entre ambas a la especialización, aunque no ocurre siempre: el divulgador hace mención de Juan Zamora a modo de ejemplo de cómo «los artistas se están acercado cada vez más a la ciencia, muy vinculados al activismo ambiental». Sin ir más lejos, él mismo publicó hace unos años el libro ‘Arboreto sonoro’, con el que obtuvo el Premio Nacional Tundra de Literatura Naturaleza.

No es el único título. Hace unos meses el autor regresó a las liberías de la mano de Clara Obligado y ‘Un árbol de compañía’ (Páginas de Espuma). Fueron sus respectivas inquietudes científicas –las de ella– y artísticas –las de él– las que provocaron que, fruto de una serie de encuentros azarosos –aunque De Tapia es más de causalidades–, hace dos años se empezara a escribir una historia. «La idea que teníamos era tratar de ver los árboles desde las dos ramas», relata, parándose un segundo en esas ramas que vertebran los árboles y, a veces, también el lenguaje: «El libro es, entre otras cosas, eso: tratar de dar una respuesta a cómo las ciencias y las letras no sólo deben entenderse, sino que se entienden, y juntas ofrecen una respuesta más completa».

Cosas curiosas se fueron sucediendo desde el momento en que plantaron la semilla que fue creciendo en forma de libro. Desde preguntas de apariencia sencilla –de realidad no tanto– como la definición de un árbol hasta otras más personales, casi íntimas, que hicieron florecer paulatinamente no sólo un ejemplar; también una amistad. «Todo el libro es una larga conversación en la que vamos mutuamente preguntando y respondiendo», refleja el autor: «Era la forma de conocer el pensamiento, la mirada del otro, y yo creo que lo que más nos ha interesado a cada uno ha sido lo que el otro iba respondiendo». 

Portada de 'Un árbol de compañía'.
Portada de 'Un árbol de compañía'.

Entre sus páginas, que hacen de los árboles una excusa para tratar muchos otros asuntos, salen a relucir de igual forma pinceladas de confianza y memoria en los que la naturaleza asume una responsabilidad poética: más de una vez ha dicho De Tapia que todo lo importante de su vida ha sucedido bajo un árbol. «Muchas veces sólo somos conscientes de los árboles cuando en una calle están ausentes o cuando un paisaje es un desierto; los estimamos por defecto, por falta, por su ausencia», expresa: «En la memoria ocurre algo semejante: se basa mucho en la intensidad de los momentos, en aquellos momentos en los que ha ocurrido algo muy importantes y que recuerdas como si fuera una escenografía que puede ser urbana, rural, campestre... En mi caso, gran parte de esos recuerdos son montaraces, en pleno bosque o en zonas de arboledas, y en el caso de Clara ocurría igual: tenía un montón de recuerdos de infancia en La Pampa, con las jacarandas y todos los árboles argentinos». Descubrieron así ambos que sus infancias fueron «muy solitarias»: «Ella decía que la soledad en la infancia la hizo escritora y yo le respondía que a mí me hizo botánico».

Es por eso que el biólogo rehúye del término ‘ecologismo’. Prefiere hablar de lo ‘ecosocial’; quizá por los lazos que a toda persona unen con la naturaleza. «Los sistemas vitales, aquello que nos permite vivir, nos lo proporciona la naturaleza», resuelve: «No habría que hablar de ecologismo, habría que hablar de egoísmo: hay que tratar de salvar las especies, pero la primera a la que tenemos que salvar es la nuestra». A su modo de ver, «ser conscientes de esa realidad, de dónde estamos en medio de la naturaleza y qué significamos, es lo que nos lleva a esa visión ecosocial que implique a la sociedad no sólo en el respeto, sino en la conservación, la recuperación y la restauración de la naturaleza perdida».  

Es ese arraigo –que viene de ‘raíz’– lo que atraviesa a la humanidad en cualquier parte del orbe. Lo que se respira, además, entre las páginas de un ejemplar que este jueves, desde las 20:00 horas, se convertirá en protagonista de la librería leonesa Literatessen y lo que enarbolan –de árbol– ambos autores como una forma común de mirar al mundo. El de De Tapia –su árbol– de compañía es el cerezo del Parque de los Jesuistas de Salamanca que ve cada día desde hace treinta años. O puede que el alcornoque de los carretos de Valdelosa; «una catedral viva y descomunal» de más de quinientos años que provoca en quien la admira un silencio ensordecedor.

No es el único que tiene uno. Es probable que, a sabiendas o sin saberlo, todos lo tengamos. Los que seguro lo tendrán serán los escritores que el próximo 28 de febrero recalen en un rincón de la ribera del Tormes a su paso por Salamanca. «A lo largo del libro, vimos que esa vinculación entre páginas y hojas debía tener una respuesta más activa», zanja De Tapia sobre una iniciativa que, pensada como un proyecto abierto que tendrá continuidad y puesta en marcha de la mano de la Fundación Tormes, invitará a autores y autores a plantar un árbol por cada libro publicado, dando cuenta de que, al final, no es tan distinto un bosque de una biblioteca.

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