Dejando atrás la iglesia, apenas cruzada la calle Álvaro López Núñez, se ofrece ante nuestra vista una angosta escalera, de peldaños pronunciados, con un pasamanos vulgar. En un intento de volver la cotidianeidad más soportable, más llevadera, los treintaicinco peldaños que nos dejaran, si nos decidimos a subirlos, en la calle José María Vicente López, han sido pintados con vivos colores y en ellos se han inscrito frases que se supone ayudan a pensar, a reflexionar. Pensamientos anónimos que esconden una filosofía manejable de la vida. Un pensamiento, una píldora de sabiduría por cada día, quizá sea suficiente hasta agotarlos todos y empezar a repasarlos de nuevo para acompasar nuestra mente y nuestros actos. Aquí en esta escalera, si lo pronunciado de ella nos lo permite, intentaríamos trascender a un plano distinto al de la escalinata de la iglesia. Subimos y al hacerlo realizamos un intento vano de escapar a las ideas propias rumiando las ideas de otros, atados, sin embargo, a la nada de nuestra alienación de paseantes, repitiendo siempre los mismos gestos, una rutina equivalente, en fin, a la del fiel en sus oraciones y genuflexiones. Rituales que nos condenan a una creciente despersonalización.
Deberíamos flotar como los personajes de Chagall sobre una realidad metamorfoseada desde la que se nos ofrezcan nuevas perspectivas, retos diferentes a los de salvar una diferencia de alturas con prontitud de autómatas, de piezas de un juego en el que solo nos toca arrastrarnos por las casillas una y otra vez hasta que una instancia ajena, un dios desconocido o un urbanista sin soluciones, decide darlo por finalizado, llevándonos de nuevo a la salida. Debemos encontrar el ansiado punto de fuga de la rutina.
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