Dicen los historiadores del arte que El Bosco tardó cinco años en pintar la que siempre definen «como una de las obras más fascinantes, misteriosas y atrayentes de cuantas se hayan pintado», la famosa El jardín de las delicias.
Dicen las gentes de Valencia de Don Juan que uno de sus vecinos «más fascinantes y atrayentes en su panorama cultural» llevaba siete años —dos más de los que tardó el genio nacido en Bolduque— enfrascado en un trabajo que unía dos de sus grandes pasiones: el arte (es licenciado en Bellas Artes) y las motos (es motero casi desde que se recuerda).
Y aquel largo parto de siete años dio a luz a... Pifostio. «El nombre ya lo dice todo. Me fui enfrascando en el trabajo con mi KTM 950 SM y cuando me dí cuenta ya me había metido en un pifostio considerable... tanto que con ese nombre quedó bautizada la moto, en la que es ahora muy difícil adivinar qué queda de aquella moto, casi nada».

- ¿Y la evidente pasión por El Bosco es tan real como la pasión por las motos?
- O más ¿Sabes cómo se llama mi hijo?
- Bosco, imagino.
- Pues eso. Y es que yo soy fundamentalmente un pintor, realista, licenciado en Bellas Artes en la Universidad de Bilbao, mi otra tierra.
- Tú otra tierra... ¿la primera es Valencia de Don Juan?
- Es más complicado el cruce de sangres, pero que conviven perfectamente. Mi padre es leonés, mi madre asturiana, vivíamos en el País Vasco pero mi madre, la asturiana, cada vez que iba a dar a luz marchaba para Oviedo.
La realidad es que Manuel del Campo Escotet lleva 27 años afincado en Valencia de Don Juan, con sus motos y sus pinceles, como restaurador antes —«ya no estoy para subir a los andamios»—, como tatuador ahora —«hay que ir con los tiempos»—, como motero y pintor siempre.

El fruto de esos siete años de ‘encierro’ con su moto y sus pinceles se llama Pifostio. Salió a la calle en el mes de julio y desde entonces su andadura es como un paseo militar por todos los campeonatos de motos personalizadas, los seguidos custombike...
- ¿No tendrás queja?
- No sería justo. A todos los que hemos ido los hemos ganado, hemos podido viajar por muchos países y, encima, nos dan las gracias por acudir, que yo siempre les digo que será al revés.
- ¿Qué es lo más halagüeño que te han dicho?
- La verdad, muchas cosas, muy elogiosas, pero si me tuviera que quedar con una expresión sería seguramente esta: «Hay motos únicas, pero Pifostio es de otro planeta».
Y cuando se lo escuchan contar unos visitantes asienten con la cabeza.
"Me han dicho: hay motos únicas, pero Pifostio es de otro planeta"
Sin embargo, Manuel del Campo prefiere quedarse con gestos más que con palabras. «Cuando la moto está expuesta en algún lugar me quedo por allí cerca, haciéndome el despistado, viendo la expresión de la cara de quienes se acercan a la moto y lo que más me agrada es esa mezcla de sorpresa inicial que se transforma en una sonrisa, para después hacerse fotos a su lado. Recuerdo una frase de un niño, como siempre tan certera: ‘Mira mamá, la moto de los selfies’».
Desde que Pifostio salió de ‘boxes’ no ha dejado de recorrer países: «Ya hemos estado tres veces en Portugal, donde hay mucha afición, especialmente en Faro y Setúbal; también en Alemania, pronto iremos a Lyon y hemos estado en otro concurso que me hizo especial ilusión pues era a muy pocos kilómetros del lugar de nacimiento de El Bosco... y que allí admiraran y premiaran el trabajo me resultó muy emotivo».

- ¿Qué tiene Pifostio que la hace tan especial, tan premiada?
- Bueno, en primer lugar mucho trabajo, siete años a una obra no se los dedica cualquiera. Después está mi forma de entender la pintura, realista, la magia de El Jardín de las Delicias, y la técnica empleada. La mayoría de las motos personalizadas llevan obras realizadas con spray sobre ellas; Pifostio está realizada con pincel y óleo; después están los grabados en cobre, también muy trabajados, las piezas de latón y algunas de madera... además tiene numerosos detalles escondidos que muchas veces casi solo conocemos nosotros.
Por ejemplo, uno de los espacios de la parte posterior de la moto está dedicado a una amiga que falleció en un accidente de moto durante la pandemia. «Estos detalles le dan mucho valor emocional a ‘la obra’ y creo que eso también se transmite al contemplarla».
- ¿Y la propia moto guarda algún misterio?
- No podía ser de otra manera. Esta KTM 950 SM que se esconde debajo de Pifostio es la que compramos cuando nos casamos.
Después de recorrer los países que le dio tiempo —y hay lista de espera— desde hace unos meses Pifostio ha ‘desembarcado’ hace unos días en la sala central del Museo de León, en el centro de la muestra más apropiada para acogerla, ‘Un jardín habitado’, en el que 90 artistas leoneses ofrecen su propia interpretación de la obra de El Bosco, creando cada uno una pequeña pieza. Y en el centro... la moto. «Me parece un espacio muy apropiado y un privilegio poder colocar en el centro de la misma mi obra, cuya colocación reconozco que causó un gran revuelo».

Y allí permanecerá hasta el 25 de enero. Del Campo Escotet va y viene, observa las reacciones en la muestra y regresa a su día a día en Valencia de Don Juan, a su pintura, sus clases, los tatuajes...
- ¿Cómo es la faceta de tatuador?
- Yo diría que tiene dos caminos. De un lado creo obras propias para que elijan y por otra parte atiendo los encargos, lo que yo llamo la pluma, el corazón, el infinito... los tradicionales.
- Ha estado en media Europa, el Museo de León... y Valencia de Don Juan?
- Si hubiera un lugar apropiado... pero de momento no lo veo.
Y la conversación regresa a «su pueblo», a otro artista que merecería más atención y no la tiene, el gran Chiches. «No he conocido a otro personaje con mayor pasión por el arte».