Pájaro o alcándara

El poeta y pensador Agustín García Calvo cumpliría este mes de octubre cien años

Bruno Marcos
27/10/2026
 Actualizado a 27/10/2026
El poeta y pensador Agustín García con su pareja Isabel Escudero. | CARLOS BULLEJOS
El poeta y pensador Agustín García con su pareja Isabel Escudero. | CARLOS BULLEJOS

Lo vi varias veces en vivo cuando aún no era muy mayor. Iba a cualquier sitio, no tenía que ser el mejor auditorio de la ciudad, bastaba con que tuviera buen aforo, podía ser una buhardilla grande, un bar oscuro, una sala de exposiciones o un museo, porque llenaba.  

Aparecía con su pelo blanco y rizado arriba que bajaba hasta las mejillas para unirse a los bigotes. Vestía varias camisas superpuestas de colores diferentes con la más exterior anudada en la cintura y decía cosas desconcertantes a un público entregado e incapaz, la mayoría de las veces, de entender sus asuntos extremadamente abstractos. 

Una tarde, después de asegurar que el tiempo no existía, se quedó repitiendo que todo se reducía a un rato, tras otro rato, tras otro rato… como si quisiera hipnotizarnos. En una charla aseguró que no viajaba en automóviles particulares y que no iba nunca a la televisión. Otra vez, describió al estado como algo que se limitaba exclusivamente a administrar la muerte eligiendo quién vivía y quién moría. 

Esa colección de ideas tan enormes eran aplaudidas a rabiar porque entre ellas deslizaba otras más concretas afirmando que el poder era malo, el dinero el demonio, el progreso falso y la auténtica libertad lo sencillo. 

Los títulos de sus intervenciones solían llevar delante la palabra «contra»: ‘Contra el futuro’, ‘Contra el tiempo’, ‘Contra la paz’, ‘Contra la cultura’, ‘Contra el hombre’, ‘Contra el 98’, ‘Contra el arte’… Y aún así, estando en contra de casi todo, parecía amable, bueno y feliz. En eso, seguramente, tenían un papel importante las conferencias, los recitales y las tertulias en las que era el líder de una inmensa minoría, un «contralíder» que espantaba así su soledad.

Llegó a construir un sistema que, según él mismo, no le pertenecía sino que era común y colectivo, pero en el que habitaba él únicamente escenificando, una vez tras otra, el mismo monólogo.

Su gran inteligencia se debió ver fascinada por la bohemia, su anarquismo sesentayochista pudo haber sido un romanticismo más, un gesto de dandismo para resistir ante el avance del prosaico mundo contemporáneo. No en vano acabó en un palacio provinciano de su Zamora natal publicando sus libros en su propia editorial: una torre de marfil.

Es posible que todo aquello nublara su verdadero don y que ese no fuera otro que el de la poesía, una poesía que alimentaba todo los demás. Ahora, cuando cumpliría cien años, sus versos ya no se cantan ni se estudia su figura aunque escribió algunos de los poemas más bellos de esas décadas, como aquel en el que quería a la amada tan libre que ni siquiera fuera propiedad de sí misma, o aquel otro en el que un fuego transparente le bañó las espaldas dejándole sin saber si era pájaro o la alcándara.

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