Travesar las puertas –de madera, antiguas, con olor a historia– de la Ferretería Pacios en Mansilla de las Mulas es como entrar en otro mundo. Allí se ha detenido el tiempo y hablamos de mucho tiempo pues acudiendo al trazo grueso de los titulares se podrían escribir muchos: “Casa Fundada en 1878”, “Cinco generaciones de ferreteros”, “Comercio en tres siglos diferentes” y todos son verdad, justos, fruto de una realidad que palpas ya antes de entrar, en el cartel de los soportales de la plaza de Mansilla, en los abigarrados escaparates a la antigua usanza llenos de cosas que los jóvenes, peregrinos y turistas entran a preguntar qué es alguna de las piezas…. – Y ahora a ver cómo le explico a un coreano que esta azuela antigua, con adornos en el mango y un viejo sistema de ajuste, es mucho mejor que esas que se venden ahora, en las que acertar en el lugar exacto de golpear es una lotería; explica Cecilio, de la cuarta generación de los Pacios ferreteros, ya jubilado, pero que pasa por el negocio que ahora lleva su hijo para charlar con los clientes y visitantes. “Ayuda no necesita, pero la conversación siempre viene bien y saludas a viejos clientes”.
Su hijo Luis, la quinta generación y con el mismo nombre que su abuelo (que falleció en 1975 con solo 50 años), sonríe y agradece que vayamos a hablar de la ferretería. “Ya me estaba temiendo que vinierais por lo del campo de fútbol, que está impracticable por el agua y me está llamando topo el mundo”. Y es que por esta ferretería, en la que vive la historia, también pasa la vida, cada día. Y Luis, el actual ferretero, es también jugador y presidente del Mansillés, el equipo de la villa, que vive los mejores años de su historia después de un sonado ascenso la temporada pasada y mantenerse ésta en los puestos de cabeza.

– ¿Serás el único caso de jugador‑presidente de nuestro fútbol? Sonríe cuando le decimos que Sergio Ramos se cela de él y quiere serlo también del Sevilla… “lo que no tendrás son los 500 millones que quiere poner él para comprarlo”. Su sonrisa lo que delata es la implicación de los Pacios en la vida comunal mansillesa; su preocupación porque el equipo vuelva a jugar en su campo porque “para Mansilla es mucho más que un partido de fútbol; hay un antes tomando café, un después, mucha gente que viene de los pueblos, la posibilidad de encontrarte con los jugadores, charlar con ellos”.

Pero habíamos ido a la vieja ferretería. Lo primero que encuentras en una columna es un cuadro firmado por Carmen Fernández, directora del creado Archivo Histórico de León, que certifica que la Ferretería Pacios de Mansilla fue creada, según la documentación que esta entidad tiene, el 29 de noviembre de 1878. “Buscamos la documentación para un reconocimiento que nos dieron en la Cámara de Comercio a los establecimientos de más de 100 años”. Y saca Cecilio la revista de aquel acto en el que se comprueba que la mayoría de aquellos homenajeados ya han cerrado. “Ferreterías estábamos los Villarejo de Bembibre, que creo que ya han cerrado y nosotros…”.

– ¿Cuántas viejas ferreterías quedarán por la provincia?; se pregunta Luis. – Viejas, viejas, así como ésta, de este estilo, la de Cea y poco más. – Nos han hablado de la de Cea, tengo ganas de ir a conocerla. Le han hablado porque sigue habiendo clientes de estas viejas ferreterías, lugares prácticamente mágicos, en los que hay cosas muy antiguas y que busca gente de manera específica. Saca Luis una caja de herraduras “de diferentes números y para diferentes animales: no son las mismas para vacas que para caballos, ni para mulas o caballos que para burros; ni los de la pata izquierda o la derecha, ni las patas delanteras que las traseras… Todo un mundo”.
Todo un mundo que justifica las estanterías llenas de cajas también con sabor antiguo, en las que en vez de escribir lo que hay dentro está pegado un ejemplar y así lo ves directamente. “Por eso hay gente que viene de muy lejos, incluso de fuera de la provincia, para comprar aquí, porque saben lo que llevan y llevan lo que necesitan”, explica Cecilio; y Luis bromea, “y así yo sé lo que hay, porque estáis viendo la tienda pero si entras en el almacén te pierdes, estanterías y estanterías, cajas, cosas que ni te imaginas, porque mi padre lo compraba todo”.

Asiente Cecilio, que si se enteraba que cerraba una tienda o una casa comercial no se resistía sin adquirir fondos, cosas que le llamaran la atención, clásicas; por ejemplo, tiene en el mostrador unos triángulos de avería de coche, con unas potentes luces… “Ya sabía que los iban a cambiar por las balizas V16 esas, pero mira qué luz dan, sirven de linternas, tienen tres posturas…”. Luis sonríe. Da la impresión de que esto ya ha pasado muchas veces.

– Luis, ¿si para jubilarte te dan un tiempo para deshacerte del stock que te deja tu padre? – Pues no me jubilo nunca. Tendría que poner ya el cartel y sería tarde. Cecilio va saltando del jabón Lagarto, “que todavía se fabrica”, a herramientas agrícolas de todo tipo, un viejo serrote de mango de madera de los de coger por los dos lados. “Claro, ahora con las motosierras; pero estos serrotes de la casa Bellota están sin superar, con los mangos de madera, decorados; hasta las cajas de cartón en los que vienen están cuidadas, con el logotipo y la marca de la casa… ahora con esos mangos de plástico te quedas con ellos en la mano a nada que te descuides”. Y coge un ozil, “mira qué temple tiene, esto no se rompe nunca”.