En un repaso por las ‘Gentes de Cabrera’ sería impensable —e injustificable— el olvido de quien seguramente es ahora mismo el personaje más conocido de la comarca: Edilberto el de Pombriego. Para unos será Edilberto el pastor; para otros, El último de Arganeo, el premiado documental sobre su figura.
Hay quien se enganchó a sus conexiones semanales en la Cadena Ser en el verano del 25 para contar su vida en directo, cargada de una verdad que demostraban los cencerros de las ovejas sonando como telón de fondo o los momentos en que Edi decía ‘perdona un momento’ para llamar a los perros. Sus paisanos han estado cerca de él en cualquier celebración o tradición recuperada, a la que nunca se niega a ir con su tamboril y sus canciones.
Y, en fin, está el detonante, el origen de su notoriedad: cuando se hizo viral al levantar la voz ante quienes no querían que fuera aquello que había soñado, ser pastor, como su abuelo. Le habían negado el pan y la sal, pero se defendió y acudió a la razón y a las redes sociales, las mismas a las que recurrió cuando el fuego le rodeó en su majada.
Pero él quería «ser pastor como su abuelo» y jamás dio su brazo a torcer. De hecho, le llamas y está en la nave con sus ovejas, feliz después de muchos sudores. «Aquí con mis 200 ovejas, que no quiero más, las que necesito para sobrevivir y vivir, es decir, salir adelante y tener tiempo para mis cosas, que soy yo solo y, como todos los jóvenes, necesito esa palabra que tanto te gusta, andar un poco de xolda, de fiesta».
Edi ya ha citado a su abuelo, su gran referente en la vida. «Es que me crié con él en Silván y me inculcó la pasión por su oficio, pastor, y también por la música, que ahora son mis pasiones». Tanto que las defiende como pocos y mantiene vivos los oficios vinculados al pastoreo.
«Mira, después de los fuegos, que tanto nos hicieron pasar y trabajar para recuperarlo todo, nos autorizaron a sembrar trigo». Y lo cuenta con esa forma suya, de quien sabe contar y conoce el paño: «Tras quedar todo arrasado decidí sembrar unos trozos de la faceira. Cuál fue nuestra sorpresa que el pan nació con fuerza, para nuestra alegría y asombro de toda la contorna, que preguntaba qué era aquello tan verde en medio de todo lo negro. Tras lo negro vino lo verde y tras lo verde, lo amarillo, un pan dorado que parecía un lago en medio de nuestras montañas. ¡Qué belleza, madre mía! Y qué trabajo...».
«Fui segando y atando a mi manera, poco a poco, hasta juntar una buena meda. Tras la siega, acordé majar, y para eso siempre he tenido una buena cuadrilla de familia y amigos, que viene a ser lo mismo... Dos toneladas de centeno limpias y guardadas para el invierno».
Son los parámetros que marcan su vida: un trabajo que jamás rehúye —ha tenido dos a la vez cuando la vida se tuerce—, la naturaleza y las tradiciones, laborales y festivas. Y una mirada con optimismo al futuro: «Me llevo en este 2024 una experiencia que contar toda la vida y una gente maravillosa que Dios me puso en el camino, que me quiere bien y que me ha ayudado mucho. Tengo pasadas unas cuantas rabias y algún que otro trago amargo que pienso que no merezco, pero así es la vida y a nadie nos regalaron nada. ¡De este año salgo, como veis, de frente, con el palo al hombro y una chispa en los ojos que por lo pronto nadie ha conseguido apagar!».
Y con esa chispa sigue. Y con una fe inquebrantable en su tierra y en su música y tradiciones, que también son herencia del abuelo, que después compartió con su padre y su hermana y ahora mantiene en solitario, acudiendo a todos los pueblos en los que le llaman porque, explica, «es Cabrera una tierra de muchas tradiciones que debemos mantener, son cosa nuestra».
Unas visitas que siempre le regalan momentos emotivos y una de tantas coplillas que sabe: «A Santo Tiso foi quien quiso; as Candelas muy de veras. Mocinas al San Blas, que fiestinas nun hay más». Y un remate que es pura filosofía: «Daime paz, Padre, que en la guerra bien me valgo».
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