Marina Díez: "La memoria sigue ahí; a veces sólo necesita que alguien haga la pregunta"

La autora presenta este jueves en el ILC (19 horas) su libro ‘Cada planta, una historia’, en el que recopila su brillante colaboración sobre plantas de León y sus historias en este periódico

07/10/2026
 Actualizado a 07/10/2026
Marina Díez es también columnista de este periódico y trata siempre sobre feminismo. | PÁGINA WEB DE LA AUTORA
Marina Díez es también columnista de este periódico y trata siempre sobre feminismo. | PÁGINA WEB DE LA AUTORA

Marina Díez tiene un espíritu tan inquieto como generoso. Metida siempre en mil batallas y con la literatura por bandera, se ha convertido en una auténtica agitadora cultural, capaz de mover montañas para rescatar historias, reunir voluntades y devolver la palabra a quienes rara vez encuentran un lugar donde contar lo vivido. Ahora presenta 'Cada planta, una historia', un libro nacido de su colaboración con La Nueva Crónica en el que la botánica sirve como hilo conductor para recorrer los pueblos, los afectos y la memoria de León y lo hace con la sensibilidad que la caracteriza en todos y cada uno de los proyectos que pone en marcha... y son muchos. La presentación tendrá lugar este jueves, 8 de octubre, a las 19:00 horas, en la Sala Región Leonesa del Instituto Leonés de Cultura —calle Santa Nonia, número 3—. Junto a Marina Díez estarán las ilustradoras Maika y Noelia García.
 
– ‘Cada planta, una historia’ nació como una colaboración en La Nueva Crónica. ¿En qué momento te diste cuenta de que aquellos artículos podían echar raíces también en forma de libro?
– En realidad, las raíces venían de antes. Dos años antes de empezar Cada planta, una historia ya habíamos colaborado en La Nueva Crónica con aquellos relatos compartidos que después formaron parte de Nuestro mágico León. Ahí descubrimos que las ilustraciones de Noelia y Maika, acompañando historias escritas casi a modo de filandón en tinta, conectaban mucho con lectores y lectoras. Como no queríamos repetir la fórmula, un verano te propuse hacer un viaje emocional por la provincia de León a través de sus plantas: un herbario, pero también un ideario, en el que hablar de sus usos, pero también de las personas, los pueblos y los recuerdos que crecían alrededor de ellas. Me di cuenta de que podía convertirse en un libro cuando tenía que entregarte diez artículos y descubrí que había escrito otros diez y llevaba cinco más en camino. Al final han sido treinta. Y lo bonito es que el libro no ha cerrado la colaboración: este verano hemos seguido publicando nuevas entregas y todavía quedan historias por contar. Así que el año que viene volveremos a echar raíces.

– El libro reúne una treintena de plantas, pero en realidad parece hablar mucho más de personas que de botánica. ¿Las protagonistas son las plantas o quienes te enseñaron a mirarlas de otra manera?
– Las plantas son la excusa –aunque sea una excusa maravillosa– para hablar de las personas. Yo no aprendí a mirarlas en un libro de botánica, sino viendo a alguien recogerlas, cocinarlas, preparar un remedio o contarme para qué servían. Con los años descubres que no te estaban enseñando solamente una planta, sino una manera de estar en el mundo. Y este verano lo he comprobado presentando el libro por los pueblos: han llegado nuevas plantas, nuevas historias y muchísimo cariño a través del recuerdo y la palabra. Alguien siempre se acercaba a contarme cómo la llamaba su abuela o para qué la utilizaban en su pueblo. Una historia llama a otra y el libro, de alguna manera, sigue escribiéndose.

– Hay una presencia constante de los pueblos de León y de unos conocimientos que tradicionalmente se transmitían de padres a hijos y, muy especialmente, de abuelas a nietas. ¿Estamos perdiendo toda esa sabiduría popular?
– Creo que sí estamos perdiendo una parte, pero me resisto a pensar que esté perdida del todo. Lo que estamos perdiendo, sobre todo, es la cadena de transmisión. Antes había conocimientos que no necesitaban escribirse porque pasaban de una generación a otra con absoluta naturalidad: se aprendía mirando, acompañando, preguntando. Sabías cuándo recoger una planta porque habías ido a buscarla con tu abuela; sabías para qué servía porque alguien te había preparado una infusión, un ungüento o un remedio cuando eras pequeña. Y quizá por eso siento cierta urgencia por escuchar y por escribir. Hay una generación que todavía conserva muchísima de esa sabiduría y, si no nos sentamos a preguntar, una parte se irá con ella. Pero este verano también me ha hecho ser bastante optimista. En cada pueblo al que he llegado con el libro han aparecido personas dispuestas a contar: «Mi madre hacía esto», «mi abuela la llamaba así», «en este valle la utilizábamos para aquello». Es decir, la memoria sigue ahí; a veces solo necesita que alguien haga la pregunta. Y hay algo que me parece especialmente hermoso: ahora esa transmisión también puede hacer el camino contrario. No solo de abuelas a nietas. Podemos ser las nietas quienes preguntemos, recojamos, escribamos y devolvamos esas historias a quienes vienen detrás. Quizá el libro del que estamos hablando, ‘Cada planta, una historia’, tenga también un poco de eso: guardar por escrito lo que durante generaciones no necesitó escribirse porque siempre hubo alguien al lado para contarlo. Y mientras sigamos preguntando y escuchando, esa sabiduría popular no estará perdida. Esa es la filosofía de este libro y la que yo me aplico en general.

Una de las ilustraciones de ‘Cada planta, una historia’. MAYKA Y NOELIA GARCÍA
Una de las ilustraciones de ‘Cada planta, una historia’. | MAYKA Y NOELIA GARCÍA

– La hortelana te lleva hasta tu abuela Magdalena; el té de monte, hasta tu padre y el abuelo Moisés; la valeriana, a una amistad nacida junto a la cama de tu abuela… ¿Cuánto hay de autobiografía en este libro? 
– Muchísima, aunque no sea una autobiografía consciente ni ordenada: son las plantas las que van abriendo cajones de mi memoria y haciendo aparecer personas, lugares e historias. También he tenido la suerte de aprender de los mejores; voy siguiendo, salvando todas las distancias, los pasos de Lolo y de Fulgencio, y de ellos he aprendido que la inspiración tiene que pillarte trabajando: recorriendo pueblos, hablando con la gente, preguntando, escuchando y dejando que te pasen cosas. Por eso muchas de las anécdotas ocurrieron tal cual. Al final, lo que me interesa de la autobiografía no es contar mi vida porque sí, sino utilizar lo particular para llegar a una memoria que puede ser compartida: yo escribo sobre mi abuela Magdalena, pero quien lee puede terminar acordándose de la suya. Y entonces la historia ya no me pertenece del todo.

– En tus textos mezclas propiedades y usos tradicionales de las plantas con sentimientos, recuerdos y lo que llamas «recetas emocionales». ¿Era importante que el libro no terminara convirtiéndose simplemente en un herbario?
– Sí, era fundamental. Nunca quise escribir un herbario al uso; me interesaba qué ocurre cuando una planta entra en nuestra vida y deja de ser solamente una planta. Siempre bromeo con que soy medio bruja por todo ese conocimiento de las plantas de mi zona, sus usos y remedios, pero junto a eso están las «recetas emocionales»: lo que una planta nos hace recordar, a quién nos devuelve o qué parte de nuestra vida despierta. Y he tenido además la enorme suerte de que Maika y Noelia García hayan ilustrado ese universo, poniendo imágenes a todo lo que yo intentaba contar con palabras. Para mí, esa mezcla entre conocimiento, territorio, ilustración, memoria y emoción es precisamente la verdadera receta de ‘Cada planta, una historia’.

– Hay algo muy leonés en el libro: pueblos pequeños, huertas, montes, cocinas, remedios transmitidos de palabra… ¿Crees que conocer las plantas de un territorio es también una forma de conocer la historia de quienes lo habitaron?
– Absolutamente. Creo que un paisaje también se puede leer, y las plantas son una forma de hacerlo: nos cuentan cómo vivía la gente, cómo se alimentaba, se curaba o se preparaba para el invierno. Me fascina además cómo una misma planta cambia de nombre y de usos de un valle a otro; ahí hay lengua, costumbres, necesidad, imaginación y, en definitiva, historia. León es especialmente rico porque reúne paisajes y formas de vida muy diferentes: las personas han moldeado el paisaje, pero el paisaje también ha moldeado a las personas. Para conocer de verdad un territorio no basta con sus nombres en el mapa; también hay que saber qué crecía en sus caminos y qué hacía su gente con ello.

– No me resisto a preguntarte por los otros artículos que escribes en La Nueva Crónica, dedicados a la mujer en nuestro tiempo. ¿Conoces alguna planta que pueda combatir el machismo? 
– Bueno, déjame hacerte primero una pequeña puntualización: más que artículos dedicados a la mujer, diría que son artículos dedicados al feminismo, porque el feminismo es una cuestión de toda la sociedad, y en esa sociedad también estáis los hombres. De hecho, muchos de mis artículos hablan también de cómo los roles de género y determinados modelos de masculinidad os afectan a vosotros. Y ahora sí: ¡ojalá conociera esa planta! Si existiera, te aseguro que ya habría plantado unas cuantas heminas. Pero me temo que para el machismo todavía no hay infusión, cataplasma ni ungüento. Si tuviera que preparar una de mis «recetas emocionales», llevaría una buena dosis de educación en igualdad, pensamiento crítico, empatía y corresponsabilidad, administrada desde la infancia y sin abandonar el tratamiento cuando parece que los síntomas han desaparecido.

– Después de tantas plantas y tantas historias, ¿hay alguna que haya sido especialmente difícil de escribir o alguna que, por lo que hay detrás de ella, ocupe un lugar especial para ti?
– Sí. Si tengo que elegir una, me quedo con la primera: la hortelana, porque al escribirla entendí qué quería que fuese ‘Cada planta, una historia’. Me lleva directamente a mi abuela Magdalena y a la huerta de Sopeña: para ella no era Mentha spicata, era hortelana, y para mí aquel olor sabía a verano, a meriendas, a mi abuela y a casa. Después de morir mi abuelo dejamos de plantar y acabamos segando la huerta, pero años más tarde la hortelana volvió a salir sola en el mismo lugar: habíamos dejado de cuidar la huerta, pero la memoria había decidido brotar por su cuenta. Por eso sigue siendo especial: fue la primera y la que me enseñó cómo escribir las demás. Cuando vuelve a salir junto a casa, para mí sigue siendo mi abuela diciendo: «sigo aquí, por si me necesitas».

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