El traductor natural de Sahagún, Alberto Gordo, suele poner de relieve la importancia de conocer la biografía de un autor a la hora de traducir su obra. El asunto salió a relucir en conversaciones con La Nueva Crónica con motivo de sus traducciones de Stefan Zweig y Franz Kafka. Ahora, habiéndose enfrentado a los hermanos Grimm, de nuevo de la mano de Páginas de Espuma, la cosa cambia un poco.
«Para los hermanos Grimm tampoco hice una investigación antes de ponerme a traducir», explica: «La presencia de ellos la tenemos presente por los cuentos y por las historias que recopilaron mucho más que por su propia obra». Y es que títulos como ‘Hänsel y Gretel’, ‘Cenicienta’ o ‘Caperucita roja’ son, en realidad, el resultado de una recopilación en la que se esforzaron dos filólogos, Jacob y Wilhelm Grimm, que visitaron distintas regiones de su país natal, Alemania, para charlar con narradores locales que les relataron esas historias. Es por eso que Gordo no ve «su obra muy ligada a su biografía».
Fue fruto de una exhaustiva labor etnográfica como los dos hermanos de Hanau atesoraron más de dos centenares de cuentos. «Era la época del Romanticismo alemán, cuando Alemania como entidad nacional no existía, y ellos entendían que, mediante la recopilación de todos esos cuentos, de alguna manera, se podía ver una especie de unificación de lo alemán», relata el leonés. Con el tiempo, los relatos contados en pequeñas regiones de aquel territorio fragmentado en una suerte de mitología terminaron convirtiéndose en historias del todo universales.
– ¿Cómo ocurre esto?
– No lo sé– confiesa el traductor dubitativo.– Lo que sí veo es que yo tengo dos niñas pequeñas y, cuando les cuentas un cuento de estos, las historias les enganchan... No sé si son los personajes, pero siguen enganchándoles ahora, doscientos años después de que se recopilaran.
– ¿Cómo envejecen estas historias? O, mejor dicho: ¿por qué envejecen bien?
– Esa es la pregunta del millón– suspira Gordo.– Es verdad que, si eres un adulto resabiado, vas a encontrarte una mirada sobre el mundo sencilla. No es una literatura con grises porque, al final, es infantil– se da unos segundos.– Pero quizás envejece bien porque parece un mundo bastante ordenado, ¿no?... En el que está bastante claro qué es lo bueno, qué es lo malo; en el que, si haces algo malo, se te castiga... Ese tipo de normal aparecen muy claras y eso hace que sea placentera la lectura y que, en los niños y los adolescentes, sigan funcionando bien.
Considera además el leonés que, «a partir de estos cuentos, la literatura infantil ha repetido los mismos patrones» en una muestra más de que sí; de que, dos siglos después, todavía «funcionan». Los años y los idiomas han ido pasando por ellos a través de distintas versiones y, por ello, cuando el entrevistado recibió el encargo de traducir los cuentos completos de los hermanos Grimm, procuró desde el principio «hacer una versión propia» con aportaciones personales. «Es algo que siempre me planteo cada vez que abordo la traducción de un clásico que ya se conoce», apunta: «También tenía muy claro que quería devolver un poco la oralidad a los cuentos». Así, al enfrentarse a cada texto, el de Sahagún se enfrentaba también a un pensamiento: «Esto se tiene que leer en alto; esto se hizo para leerse en alto».
La oralidad cobró por ello especial relevancia entre las páginas del cuidado volumen publicado por Páginas de Espuma, con prólogo de Adrés Seoanes e ilustraciones de Arturo Garrido. Ese hecho permite a Alberto Gordo hacer una referencia leonesa al filandón.

– ¿Ha influido el hecho de ser leonés en esa intención explícita de oralidad?
– No sé si por leonés, pero sí creo que el primer contacto con la literatura de casi todos los niños lectores son los cuentos que nos leían nuestros padres de pequeños– explica, confesando que este trabajo le produjo «un regreso a esos orígenes».
– ¿Hasta qué punto se parecen los cuentos recopilados en este volumen con lo que contaban en aquellas regiones?
– El grueso de la edición incluye los cuentos de la última edición de los hermanos Grimm, de 1857, pero la primera que hacen es de 1812. Edición tras edición fueron retocando esos cuentos. La edición de 1812 está mucho más apegada al origen oral de los cuentos: la estructura no está tan marcada, hay cierta tosquedad en el estilo, que no es tan literario... Ellos literaturizaron esos cuentos para hacerlos más legibles– dice el leonés a modo de introducción.– En esta edición, quisimos dar una muestra de ese estilo primigenio de los cuentos, incluyendo los que solo se publicaron en revistas.
Todos ellos recogidos en un apartado final, son, en palabras de su traductor, un ejemplo «de ese estilo original antes de pasar por el filtro filológico y la literaturización que llevaron a cabo los hermanos Grimm». En todos ellos, además, ha invertido Gordo un año entero, compaginando la tarea con otros trabajos. En una era digital en que fenómenos como la inteligencia artificial crecen a pasos agigantados, se considera afortunado porque sigue trabajando. «Sigo trabajando igual», apostilla.
Cuenta que, en los últimos años, ha aumentado el encargo de la posedición. «Pasan una traducción por una máquina y luego el traductor se dedica a retocarla y mejorar», desarrolla: «Eso trae una precarización del trabajo brutal porque por una posedición te pagan menos dinero y tú tienes que corregir todo lo que hace la máquina». Aunque nunca se lo han ofrecido, tiene claro Gordo que «es una trampa». «Los traductores, sobre todo de literatura, intentamos que nuestras traducciones sean autorales en el sentido de que estemos nosotros ahí de alguna manera», añade: «Yo no me veo haciendo esas cosas porque tendría que cambiarlo todo y ponerlo a mi gusto y eso me llevaría seguramente el mismo tiempo que traducirlo yo desde cero, que es lo que hago ahora».
– ¿Puede derivar esto en la desaparición de la figura del traductor?
– Sé que para traducciones técnicas está ocurriendo y no sé ya si para cierta literatura de género o más de fórmula que tenga menos carga autoral estará pasando– reflexiona entre dudas.– No sé, pero confío en que la traducción de literatura más literaria, por usar un término que no es exacto, tiene esa carga autoral que debería permanecer en manos de un ser humano.
El futuro dirá. Por el momento, como con los hermanos Grimm, Alberto Gordo le sigue prestando la voz a otros autores. Enfrascado en la novela de una autora alemana de origen iraní, de lo que no duda el leonés es de sus próximos pasos. «No sé si llegará el momento en que nos sustituyan, pero, mientras tanto, seguimos trabajando», zanja: «¿Qué vamos a hacer?».
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