Unos ojos cerrados en el gesto poético del poeta Antonio Gamoneda. Las manos entrecruzadas escondiendo la boca de desaprobación que acompaña a la mirada al cielo de Cristóbal Halffter. La imagen compungida de un Pereira aburrido, quizá, aunque puede que resignado o incluso algo triste. Todas las capturó el villafranquino José A. Robés durante una mesa redonda –«en realidad, era rectangular»– titulada ‘Música y poesía’ y celebrada en el marco de la edición de 2008 del Festival Internacional de Órgano ‘Catedral de León’ (Fiocle).
«Todo iba estupendamente hasta que, por las casualidades de la vida, surge Wagner en la conversación», rememora el fotógrafo, que cada año acudía al Curso Internacional de Composición que, en Villafranca, funcionaba como extensión del exitoso festival para interpretar con sus capturas lo ocurrido. «Hubo dos choques de titanes bestiales», continúa: «Por un lado, estaba Mesre, que defendía que no es concebible una obra sin el autor, sin su compromiso».
Con esa premisa, «Wagner quedaba totalmente invalidado por su afinidad» y vinculación al nazismo. «Cristóbal se pasó totalmente al otro lado», sigue Robés: «Venía a mantener que eso lo consideraba una limitación ya que la obra estaba por encima del artista y prefería que se reconociera a Wagner por sus partituras, por su labor».

Sendas posturas desencadenaron una batalla dialéctica de la que fueron testigos todos los asistentes. «Durante todo este lance, que lo recuerdo como de tres cuartos de hora sin exagerar, la conversación era cada vez más argumentada, pero cada vez más cada uno mantenía sus posiciones sin ningún interés de llegar a un denominador común». Y se traslada Robés al pensamiento de Juan Carlos Mestre y Halffter: «A mí no me representa. No lo admiro y, sin embargo, a ti si». También, al de Gamoneda y Pereira: «Madre mía... ¡El lío en que nos hemos metido sin querer!».
Los pensamientos que ahora verbaliza son los mismos que, en aquella tarde de finales de agosto de 2008 con un «sol ya de septiembre» y «de color membrillo», consiguió convertir en fotogramas desde el Teatro Villafranquino. «Salimos y todo seguía exactamente igual; el sol se seguía poniendo como todos los días, mientras nosotros estábamos siendo testigos de un choque dialéctico interesantísimo», relata el fotógrafo, que tenía el encargo de contar una historia a través de sus imágenes. Que acabó contando la historia únicamente a través de tres.

«Dejé por un momento de ser fotógrafo para ser lector, para decir ‘quiero escuchar esto’ y así fue», explica: «Hice solamente esas fotos y fue curiso: no las revelé hasta que pasó bastante tiempo y, cuando las revelé, dije: esto es exactamente lo que buscaba». Y es que, apunta el autor –y no le falta razón–, en ellas se ve perfectamente «la ironía de Pereira, la forma que tiene Gamoneda de escuchar y la forma que tiene Cristóbal de mirar al cielo».
Construyó así Robés una imagen escultórica que evoca –dice él mismo– la de los tres monos sabios de la cultura japonesa, aunque vestidos de distintas emociones. Tal fue la repercusión de esta composición de fotografías que dos de ellas son ya emblema de la Fundación Antonio Pereira, con la que Robés está «totalmente vinculado».

Además, editado por Siruela y con prólogo de Mestre, el volumen de poesía completa de Pereira tiene como portada la imagen del autor, que, con ojos cerrados y rostro a medio tapar, luce un semblante de nostalgia. Mientras, del mismo sello y con prólogo de Gamoneda, los cuentos completos del mismo escritor sacan a relucir en su carta de presentación la imagen del mismo sujetándose la cabeza, palmas abiertas, como el niño que escucha a sus padres discutir. La vida quiso, además, hacer aún más grande esta especie de círculo de nombres que se repiten uniendo el principio y el final atribuyendo a esta última fotografía el carácter de lienzo para una intervención del poeta y artista –también villafranquino– Juan Carlos Mestre.
Es esta la historia que, casi sin quererlo, relató José A. Robés. Lo hizo sin las palabras que utiliza ahora para contar aquello, que quedó bien reflejado en unos negativos que después quedaron para el recuerdo. No hicieron falta más de tres para explicar de forma gráfica en qué consiste lo que el fotógrafo de Villafranca llama humilde «el oficio de mirar».
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