Hay juicios que más valdría no hacer

El crítico literario escribe sobre la novela de David Toscana, 'El ejército ciego'

José Ignacio García
27/06/2026
 Actualizado a 27/06/2026
José Ignacio García y David Toscana. | MONTSE ÁLVAREZ (FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID)
José Ignacio García y David Toscana. | MONTSE ÁLVAREZ (FERIA DEL LIBRO DE VALLADOLID)

Quienes me leen en La Nueva Crónica, me escuchan por la radio o últimamente me siguen en mi todavía tierno canal de YouTube saben que recelo de todos los premios literarios comerciales. Y no solo desconfío, basta con que una novela esté galardonada con un laurel de ese tipo para que me cierre en banda y no quiera saber nada de ella. Qué le voy a hacer, así soy yo y esa es una de mis manías.

Pero luego existe algo en mí que me empuja a creer ciegamente en personas en las que confío. Algunas, antes o después, me demuestran su verdadera cara cuando ya me he precipitado al vacío por hacerles caso (o son ellas las que me envasan al vacío por dejar de hacérselo), pero otras aún merecen que siga poniendo la mano en el fuego por sus recomendaciones o por las empresas que me invitan a afrontar.

Por esa razón, cuando hace algunas semanas Pedro Ojeda me propuso presentar el premio Alfaguara de novela en la feria del libro de Valladolid, que dirige con sabiduría y generosidad y nobleza, acepté con los ojos cerrados su ofrecimiento. Es verdad que el Alfaguara es un premio comercial, pero sus ganadores suelen ser escritores «de verdad y de prestigio». Aunque es cierto, también, que había leído y escuchado ciertos comentarios sospechosos, acerca de la amistad y el carácter compatriota que vinculaba al presidente del jurado, Jorge Volpi, con el ganador… Pero admiro mucho a Volpi, para dudar de su honestidad, y cuando Ojeda me aseguró que David Toscana era un escritor sensacional y diferente, todavía más reconocido en medio mundo que en España –algo que también nos caracteriza, lo de recelar de lo extraordinario que viene de fuera casi tanto como de lo que habita en nuestra propia comunidad de vecinos–, supe que tenía que leer su novela y adentrarme en su literatura. Es una de las ventajas misericordiosas que tienen las ferias literarias, que permiten conocer libros apasionantes y autores que cautivan solo con una mirada, una reflexión o una sonrisa embadurnada de timidez.

Conocí a Toscana, por casualidad, en el andén de la estación. Como si fuera una metáfora, Ojeda nos había embarcado en el mismo tren ya desde el inicio del viaje. Aprovechando la bonanza del termómetro, caminamos junto a Sarah, su linda y sutil esposa, hasta el corazón de la ciudad y ahí empezó, por adelantado y en la intimidad, la presentación. David me habló de su excelente relación con Alfaguara México, que no era tan buena con la casa madre española, lo que le había llevado a reeditar en nuestro país novelas tan emblemáticas en su trayectoria como ‘La ciudad que el diablo se llevó’ con una editorial como Candaya, que mima las obras de autores de verdadera calidad. Yo le reconocí mi fascinación por los gentilicios mexicanos (no sé si decir aztecas sería preciso), hidrocálidos son los de Aguas Calientes, regiomontanos quienes, como él, provienen de Monterrey… Así llegamos a la comida. Allí comprendí la diferencia entre una autora de best-sellers, que no paraba de hablar, solo preocupada de escucharse y de su agenda, de los enlaces ferroviarios o aéreos, de batir su récord de firmas de dos horas y veinticuatro minutos en otra edición de la Feria. Toscana la miraba como desconcertado –apenas si había podido hacer una alusión durante la comida a los quijotes de Cervantes y de Avellaneda–, hasta que la superventas se retiró a los postres para atender compromisos editoriales y entrevistas. Entonces, David respiró aliviado y dijo: por fin toca hablar de literatura.

Y de literatura hablamos otra vez, y llegó el momento de enfrentarnos cara a cara, ante un público que conocía mejor que yo al autor y su obra y que intuía la brillantez de su conversación que, sinceramente, traté de estorbar lo menos posible, como ese árbitro que trata de pasar desapercibido en un partido. Recuerdo que le pregunté si el premio suponía su reconciliación con la parte española de Alfaguara y poco más.

Portada de 'El ejército ciego'.
Portada de 'El ejército ciego'.

Porque Toscana habla como escribe, o al revés, tanto da. Lo suyo es magia y fascinación en cada sílaba, en cada reflexión filosófica. Es verdad que ‘El ejército ciego’ está ambientada en el año 1014 –a Toscana le gusta situar sus obras en tiempos pretéritos–, cuando tras la batalla de Klyuch, las tropas del emperador bizantino Basilio toman alrededor de quince mil soldados prisioneros del ejército búlgaro y ordena sacarles los ojos y devolverlos a su país, lo que provocará poco después la muerte del zar Samuel de Bulgaria, incapaz de soportar el dolor y la afrenta de ver regresar a tantos de los suyos privados de la capacidad de ver... con los ojos.

A partir de ese instante, la realidad de los datos históricos da paso a la rigurosidad inapelable de la ficción. Y David Toscana comienza así su novela: «Hay quienes preguntan cuál es la diferencia entre no ver nada y verlo todo negro. Preguntan otras cosas. Que si se oye mejor cuando no se ve. Que si todas las mujeres parecen bellas. Que si se distingue entre el día y la noche. Que si seguimos soñando. Que si lloramos. A muchos les interesa indagar algún trasto sobre la muerte. Si en la resurrección de los muertos tendremos ojos».

Hay preguntas que más valdría no hacer, añade unas líneas después. Y, sin embargo, yo no he parado de hacérmelas mientras leía esta parábola simbólica que es un canto al amor y a la dignidad del ser humano en cada escena, en cada párrafo, con ese lenguaje casi bíblico, con su caudal de poesía, con sus brotes de humor. Me he preguntado, por ejemplo, si es cierto que la literatura es buena para el ser humano, porque alimenta su alma y su libertad; si la literatura, más que ficción, es una experiencia; si hay una oscuridad en la que los ojos de los que ven sirven para nada; si la ceguera convierte en iguales a la realidad y la imaginación (e incluso a la memoria); si es cierto que un ciego puede ver los sueños; si pensar que se vuela es lo mismo que volar o creer que se puede ver es lo mismo que ver; si es verdad que la atracción del mar tiene el don de provocar nuestra risa y de volver a convertirnos en niños; si la belleza está reñida con la verdad o hay que adaptar el relato a las conveniencias de lo que hay que contar; si un hombre no es de donde nace, sino de donde muere; o por qué la tristeza mira mejor de noche que la felicidad…

No quiero, ni puedo, anticipar ni destripar el final, cómo la ficción puede convertirse en épica de lo heroico; pero siguen en mi recuerdo la belleza de algunos ojos postizos, los trasplantes, fruto de la medicina más vanguardista, las voces y las biografías de los personajes míticos, a pesar de su humildad, que protagonizan la epopeya, como si Toscana fuese un juglar, un trasmisor de la tradición oral. Y así desfilan ante mi mirada, maese Zósimo, el maestro sacaojos; o el malabarista que utilizaba ojos para sus juegos de manos; o Prémeld, el fabricante de muñecas; o Kozaro, el escriba; o Timotéi, el titiritero; o Aleksi, el desorientado muchacho que acabó atado a la rueda de un molino; o el gran Igorón, el roncador, y su princesa enamorada; o Apostol, el espantapájaros. Y tantos otros, dueños cada uno de su luminosa historia.

En un momento de la novela, escribe su autor (y me parece percibir en sus palabras el eco de su acento ultramarino): «Allá abajo se escuchaba el paso del río. Alguien corrió, dijo al agua voy y saltó. No se escuchó un chapaleo. Se había estrellado contra las rocas. Ningún problema en morirse así. Al contrario. La cosa está llena de belleza. No hay que pensar en el cadáver roto allá en el fondo. Hay que imaginar el vuelo hasta el último instante».

Lo he dicho antes. Hay preguntas que más valdría no hacer. Lo mismo ocurre con mis juicios sobre las novelas maldecidas con premios literarios. No importa cómo despegaron. Lo importante es disfrutar de su vuelo.

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