Decían en Juego de Tronos que "la noche es oscura y alberga horrores". Que se lo digan a los de Villalfeide, que saben representar a la perfección desde hace casi una década la tradición pagana de las ánimas con la inestimable colaboración de las nuevas generaciones, que no querían saber nada del Halloween de las películas, al menos en esos momentos. Porque esto era mucho más serio. Esto no era una película de terror, sino el evento del año, el evento de sus vidas si todo salía mal.
Ellos y ellas, los niños y las niñas del pueblo asumieron la representación como nadie y hacían en todo momento de organizadores populares del paso de la Santa Compaña leonesa. "Por ahí no podéis ir, que ya vienen las ánimas".
La noche, además de oscura y terorrífica, era fría, y entre los cientos de leoneses que subieron este sábado hasta este pequeño pueblo del valle del Torío para celebrar la noche dedicada a los difuntos, había alguno que otro que notaba escalofríos y no sabía bien si era por los cuatro grados del termómetro o por ciertos movimientos fuera de lo habitual y extraños sonidos.
Las ánimas del más allá, esas almas en pena del purgatorio, estaban bajando ya por la montaña hasta adentrarse en las calles angostas de Villalfeide, con la intención de llevarse consigo alguna que otra víctima.

"No las miréis a los ojos, no las escuchéis, no hagáis caso de lo que os digan", alertaba un local a los interesados visitantes. Todos juntos, arremolinados a las diez de la noche junto a las antiguas escuelas, esperaban la llegada de la Güeste de Ánimas, aquellas que citaba Bécquer en sus leyendas, aquellas que muchos han olvidado. Pero no los de Villalfeide.
De repente, a lo lejos, las antorchas se encendieron, las túnicas blancas aparecieron y las ánimas descendieron lentamente hasta alcanzar al intrépido grupo que se atrevió a pisar las calles del pequeño pueblo del municipio de Matallana en esa terrible noche de muertos.
Noche literaria
La línea que separa a los vivos de los muertos se había desdibujado y las farolas se apagaron. Las ánimas caminaron por Villalfeide y los vivos las siguieron sin mirar atrás pidiendo, suplicando, que no fuera su día, que se llevaran a otro.
Tres paradas hicieron las ánimas, sorprendidas ante el atrevimiento de tres ilustres escritores que se atrevieron a alzar la voz. Javier Pérez, Antonio Manilla y Noemí Sabugal narraron historias para no dormir, cuentos de viejas, relatos espectrales.

La procesión nocturna por las calles de Villalfeide se tornó así literaria y las voces de los escritores invitaron a las ánimas a marcharse, a la vez que avisaban a los acompañantes. "¿Son siete o son ocho? Contadlas bien", alertaba Manilla en su alocución, recordando a los mudos leoneses cómo años atrás tomó varias fotografías de la Güeste, que formaban siete ánimas de túnica blanca. Luego, al ver las imágenes, descubrió que en ellas se contaban, sin ningún género de duda, hasta ocho figuras.
Villalfeide volvió a cumplir así un año más, y ya van nueve, una tradición ancestral para la noche de difuntos que antaño todos conocían en el noroeste de España y que incluso hoy día los latinoamericanos representan y lo llaman 'pasear las ánimas'. Un cuento para no dormir. Un rito para tomar consciencia de lo que a todos llega.

Sopas de ajo y chocolate
Pasadas ya las once de la noche, la Junta Vecinal de Villalfeide, que organiza cada año la noche de ánimas, ofreció chocolate caliente y sopas de ajo para que el calor volviera al cuerpo. Además, desde las nueve de la noche se celebró una lectura de leyendas y relatos en las antiguas escuelas y, por la tarde, hubo actividades infantiles.