«El palacio episcopal de Astorga proyectado por Gaudí es un edificio de trasfondo neogótico y de cruz griega, con cuatro torres en los ángulos y una entrada en forma de pórtico con tres arcos de grandes dovelas parecidas a las de las masías catalanas medievales».
(‘El pensamiento de Gaudí (agitadores)’, Isidre Puig Boada).
La arquitectura de Astorga es hija de su tiempo, en una época cambiante que pasó del eclecticismo, neogoticismo, neoclasicismo... a un modernismo que duró apenas una década. Coincidiendo con el abandono de las obras del Palacio Episcopal en 1893, a mil quinientos km. de distancia, nacía en Bruselas un movimiento europeo para la renovación de las artes aplicadas que luego se llamaría Art Nouveau, con la Casa Tassel de Víctor Horta como referente.
Gaudí, con sus dos obras de autor en la provincia de León dejó un recuerdo imborrable de estilos pretéritos, ora neogóticos, ora modernistas…, aunque es de sus vivencias y sus contactos asiduos con el obispo Grau de lo que ahora voy a tratar. El arquitecto viajó a las tierras leonesas hasta en nueve ocasiones -entre 1889 y 1893- y en todas ellas tuvo oportunidad de convivir con el obispo de Astorga en el Seminario diocesano, que hacía las veces de residencia episcopal.
No empezó con buen pie su relación con los canónigos de la catedral y pronto se arrepintió de trabajar para el Estado español, si bien el obispo Grau se convirtió en su mentor espiritual, en un tiempo en el que arquitecto reusense pasaba por una incipiente crisis existencial [ver artículo en LNC, titulado: Reflexiones sobre la estancia de Gaudí en Astorga (27-08-19)], y sus intensos diálogos caminando por el Paseo de la Muralla, hasta llegar al jardín de la Sinagoga, «fueron una escuela de aprendizaje de la liturgia de la Iglesia, una síntesis del arte cristiano y de teología litúrgica», según nos relata el presbítero y doctor en Ciencias Bíblicas Armand Puig.

Las confidencias de Gaudí llegaron al extremo de hacerle participe al obispo Juan Bautista Grau y Vallespinós de su evidente descontento con el trato recibido por parte del Estado. En una carta, fechada el 21 de noviembre del año 1892, se sincera: «Tengo el honor de poner en manos de V.E.I. la adjunta relación del 2º plazo de los honorarios que me corresponden por el proyecto y dirección de las obras del Palacio episcopal de esta Ciudad.
Esto me da pie para manifestar á V.E.I. mi gratitud por el afabilísimo trato que de V.E.I. he recibido durante mis notables estancias en Astorga, única ventaja temporal que he reportado de mis estudios, gastos, trabajos y mis desvelos en la confección de los planos y dirección de la obra del Palacio episcopal, toda vez que en cuatro años el Estado nada me ha satisfecho de mis justos derechos, a pesar de tener en mi poder dos Reales Órdenes, ya de fecha muy atrasada, en que, consignándome las cantidades que se me deben, ni se pagan, ni se da al acreedor la debida satisfacción…». Su enfado fue in crescendo, al punto de confesarle: «… no puedo menos que consignar que contrasta de una manera penosa ver la gran diferencia que media entre el Estado y aquellas (personas particulares), que saben hacerse cargo de que hay que satisfacer sus honorarios a quien vive de su trabajo […] y no ponerlas en el caso de mendigar…».
Y ahora me adentraré en lo que para Gaudí se convirtió en una obsesión: la evolución del estilo gótico. El Palacio Episcopal de Astorga fue el primero de los diseños neogóticos del joven arquitecto y, si nos atenemos a lo que Armand Puig avanza unas cuantas páginas más adelante en su «biografía definitiva de Gaudí», nos encontramos con unas declaraciones del propio Gaudí a su amigo y arquitecto-colaborador César Martinell, con motivo de su negativa a acudir a la Exposición Internacional de Paris de 1910, pero realizadas catorce años después, el 13 de diciembre de 1924, donde, haciendo memoria, dice: «Años atrás, don Eusebi Güell se obstinó en que lleváramos fotografías del Templo (de la Sagrada Familia) al Salón de Arquitectura de París… Todos los gastos que hubo, los pagó don Eusebi». Éste envió a su hijo Claudio a invitar a Gaudí a ir a la capital de Francia, pero declinó la invitación, alegando: «Diga a su padre que agradezco la deferencia…, pero no», pues estaba convencido que en la Ciudad de la Luz jamás entenderían la ‘nueva arquitectura’ que se hacía en Barcelona «y que esto llevaría a debates y discusiones». Y, a continuación, dio instrucciones al arquitecto Jeroni Martorell, quien iba a ir en su lugar, para que si los muchos escépticos le preguntaban «qué era esta arquitectura, él había de limitarse a responder: “Un perfeccionamiento del gótico”. Martinell cierra su relato explicando que, «al oír estas palabras, entonces ellos se alborotarían y dirían cosas, y que Martorell no había de contestar. Solo cuando comprendieran que había acabado de hablar tenía que repetir que era un perfeccionamiento del gótico, y nada más».

A tenor de lo expuesto, cabe suponer que la consigna de Gaudí no respondía a una idea improvisada, sino qué, desde sus comienzos, allá por el verano de 1887, cuando preparó los planos del proyecto del Palacio Episcopal y los envió a Astorga, pasando por el 2ª Proyecto llamado «neogótico» (de 1890) del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, cuya maqueta de la Fachada del Nacimiento fue llevada a la citada exposición de Paris de 1910 [ver artículo en LNC, titulado: Antonio Gaudí (y la Exposición Universal de Paris, 1910) 2ª Parte (16-04-26)] el genial arquitecto siguió investigando en la evolución del estilo gótico…, hasta llegar al año 1924, y se mantuvo inflexible en su punto de vista: «la ‘nueva arquitectura’ hace evolucionar el arte gótico. Su pretensión, que llega al mismo corazón de París, no es la de repetir el gótico -cosa que hace ampliamente el neogótico de Eugène Viollet-le-Duc, sino perfeccionarlo, mejorar el arte que ha caracterizado durante siglos la arquitectura europea». (‘Antoni Gaudí, vida y obra’, A. Puig, 2026).
En estos más de treinta años, de 1887 a 1924, Gaudí no solo revolucionó el estilo gótico, sino que trato también de moldear su temperamento, «áspero y chispeante», según el símil del pedernal, aunque con poco éxito. Según mosén Gil Parés confesó en un diálogo con Gaudí, el 6 de junio de 1926, el día antes de ser atropellado por un tranvía, que a la postre acabaría con su existencia: «yo soy batallador por temperamento, he luchado siempre y siempre me he salido con la mía, excepto en una cosa: mi lucha contra el (mal) genio. Con esto no hay manera».
Si bien son palabras que suenan a testamento, lo cierto es que Gaudí sí fue cambiando algunos aspectos de su fuerte carácter, pasando de ser un joven arquitecto preocupado por sus emolumentos, a plantearse renunciar al sueldo como director de obras de la Sagrada Familia, con motivo de la crisis económica que sufrieron las obras entre los años 1905 y 1906. Crisis que se repitió en el invierno de 1914-1915, cuando Antoni Gaudí decidió recorrer Barcelona «para pedir limosna a personas conocidas y con recursos que pudieran ofrecer un donativo». En ese laxo de tiempo no solo pasó de vestir como un dandi y exigir se satisfagan sus justos «honorarios a quien vive de su trabajo», sino que, en palabras del arquitecto, «me decidí a hacer de mendigo, pero me había de violentar mucho y lo hacía mal». Una trasformación profunda que comenzó en Astorga, allá por los lejanos 1889-1893 y que, como dejó escrito Joan Bergós: «En la existencia de facultades antagónicas… está sin duda la base de la genialidad de nuestro arquitecto».
