Y en medio, Honorino Álvarez, Noris. Y a sus pies, en los últimos años, la perra Sola, la perrina, decía él.
Las visitas no solo iban a parar a la Casa del Humo para que Noris se la enseñara, es que Honorino era a la vez quien te contaba la historia del pueblo y sus gentes, siguiendo los textos de legajos que guardaba en una curiosa caja de madera. Te mandaba leer en ellos y él los iba diciendo en voz baja un segundo antes: «Yo no se nada, yo solo le digo lo que aquí pone en estos papeles, que Lois ha dado mucha gente ilustre: obispos, generales, artistas...». Para empalmar con otra historia: «Hablando de artistas, venga usted en Semana Santa, que se pone en la Iglesia que dicen la Catedral de la Montaña un monumento que ¿quién lo pintó? A ciencia cierta parece que no se sabe, pero conozco que a su padre le decían Linos...».
- ¿Y Lois dio mucha gente ilustre?
- Mucha, no yo claro, yo soy Honorino, pero todos me dicen Noris.
Y se lo siguen diciendo, pese a que ya falleció en 1999 pocos meses después de que muriera ‘la perrina’.
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