Si en ‘Pretty Woman’ la primera ópera que Julia Roberts veía en su vida era ‘La traviata’ solo puede significar que el drama de Verdi es un valor seguro. Desde su estreno en 1853, se mantiene como una favorita del público; tanto, que la Royal Opera ha programado una veintena de funciones entre enero y febrero, lideradas por tres sopranos que conocen de memoria el papel de Violetta: Rachel Willis-Sorensen, Pretty Yende y Ermonela Jaho, a quien el público de Cines Van Gogh podrá ver en directo desde Londres el miércoles 14 de enero a las 19:45 horas.
La albanesa (1974) decidió ser cantante cuando a los 14 años escuchó en directo las arrebatadoras melodías que el compositor de ‘Nabucco’ dedicó a la cortesana del título, una joven que renuncia al amor con un poeta burgués (Alfredo Germont) para no manchar su reputación. Jaho lleva más de 300 funciones en su piel, y a ella le debe su debut en Covent Garden, allá por 2008, cuando sustituyó a una indispuesta Anna Netrebko. Pocos retos mayores que pasar de las agilidades vertiginosas del primer acto al dramatismo del desenlace.
De Jaho destaca, más aún que el timbre y la técnica, su entrega apasionada. Esa emoción desgarrada y contagiosa que desde hace casi dos décadas hace enmudecer los teatros del mundo, de Nápoles (2007) al Real (2015) o Viena (2013). Este curso, antes de viajar a Nueva York y a Roma, regresa a la capital inglesa junto a un joven tenor lombardo, Giovanni Sala, que ya ha cantado a Alfredo con éxito en Berlín (2022) y Caracalla (2023). De estilo mozartiano, delicado y fino en el fraseo, en breve colaborará con Riccardo Muti en el ‘Macbeth’ de Turín, y en verano será Lucio Silla en Salzburgo. Por su parte, el barítono ruso Aleksei Isaev (Germont, el padre del poeta), de voz penetrante, ya despuntó aquí como el Conde de Luna de ‘Il trovatore’ hace justo un año. Antes había mostrado clase y autoridad en ‘Rusalka’ (2023), y en junio le espera el rol de Scarpia en la ‘Tosca’ de La Monnaie (Bruselas).
La producción de Richard Eyre cumple un cuarto de siglo: vio la luz en 1994 para gloria de Angela Gheorghiu, y se ha repuesto en más de 150 funciones. Nos sitúa en la época en que se compuso la partitura -mediados del siglo XIX- y reconstruye con elegancia, realismo y precisión un París lujoso. A diferencia de otros directores, el veterano cineasta inglés (‘Iris’, ‘El veredicto’) siempre está al servicio de la narración, realza el canto, nunca distrae de la música y sigue las acotaciones de Verdi. Los decorados corresponden al escenógrafo y figurinista irlandés Bob Crowley, ganador de siete premios Tony con sus musicales para Broadway, como ‘Un americano en París’. Conocido por sus ballets con Christopher Wheeldon (‘Alicia en el país de las maravillas’), acentúa la opulencia de la primera fiesta y, en contraste, la pobreza desoladora posterior, que acompaña el deterioro de la heroína. Lo mismo sucede con la iluminación de Jean Kalman, que pasa del brillo dorado del inicio al monocromático final. Tienen mérito las coreografías de Jane Gibson, que logra coordinar diversas acciones simultáneas.
Al frente de la orquesta encontraremos al italiano Antonello Manacorda, siempre vigoroso y cálido, como demostró aquí en ‘Carmen’. Habitual de La Fenice, la BBC Philharmonic y Múnich, debutó en Covent Garden precisamente con ‘La traviata’, que en breve llevará también al Metropolitan.
Este título, junto con ‘Rigoletto’, consagró al genio de Busseto (1813-1901) como creador moderno, una vez superados sus anni de galera de juventud, en los que escribía sin parar, por encargo y casi siempre a partir de tramas de capa y espada. Aquí -junto a su fiel libretista Francesco M. Piave, autor de ‘Ernani’ o ‘Macbeth’- adaptó ‘La dama de las camelias’, de Alejandro Dumas hijo, basada en una musa real que también murió de tuberculosis. El sacrificio de la protagonista, Violetta Valéry (Margarita Gautier en la novela original), le sirvió a Verdi para reivindicar su dignidad y para criticar la hipocresía social. Él mismo también había sufrido las habladurías por convivir con su amada, la soprano Giuseppina Strepponi, sin pasar por el altar.