Gracias a esta 'Carmen', el público de ópera en cines conocerá dos instituciones musicales de mucho prestigio en Europa. Por un lado, la Opéra Royal, situada dentro del mismísimo Palacio de Versalles, a las afueras de París. Un bellísimo teatro -todo de madera, pintada para parecer mármol- que inauguró Luis XV en 1770 con motivo del matrimonio entre su hijo, el delfín, y María Antonieta. Con un plano oval diseñado por Ange-Jacques Gabriel (el mismo arquitecto del Petit Trianon), por entonces fue el más grande de todo el continente. Sirvió también como salón de baile… durante menos de veinte años, porque desde la Revolución Francesa se abandonó. Reabrió en 2009, rehabilitado, y ahora acoge espectáculos en directo.
Por otro lado, esta producción -que Cines Van Gogh retransmitirá grabada este jueves a las 19:30 horas- descubre a los espectadores españoles Palazzetto Bru Zane, un centro de investigación francés (situado en Venecia) que desde 2009 profundiza en la música del Romanticismo mediante publicaciones, ciclos de conciertos, exposiciones o jornadas. Su admirable trabajo arqueológico rescata títulos olvidados o, en este caso, toda una escenografía: la que se estrenó en 1875 de 'Carmen'. El proyecto vio la luz en septiembre de 2023 en Rouen, y año y medio después llegó a Versalles, coincidiendo con el 150º aniversario de la ópera más popular de todo el repertorio.
¿Qué vieron y escucharon los primeros espectadores de la obra de Bizet? Este montaje se esfuerza en recrearlo con fidelidad. Para empezar, la orquesta de la Opéra Royal, con instrumentos históricos, la comanda la batuta de Hervé Niquet (1957). Clavecinista y organista, es un referente en el repertorio barroco con Le Concert Spirituel, que fundó en 1987. Entre otros premios, ha merecido el Echo Klassik en 2016 (por 'Herculaneum') y el Gramophone de 2019 (por 'La reina de Chipre'). En cuanto a los decorados, exquisitos, llevan la firma de Antoine Fontaine, acostumbrado a las reconstrucciones rigurosas en sus trabajos para el Théâtre de la Reine. Se basó en archivos conservados en la Biblioteca Nacional: maquetas, grabados, daguerrotipos.

Por su parte, Christian Lacroix confeccionó el vestuario: trajes de época de colores vivos, a partir de litografías de Auguste Lamy y de ilustraciones de Antonin-Marie Chatinière. El prestigioso diseñador de Arlés (1951), ganador del Molière en 1996 (por 'Phèdre') y 2007 (por 'Cyrano') dice haber "cumplido un sueño: lo más parecido a una máquina del tiempo", como declara en el programa de mano. Incluso las luces de Hervé Gary imitan las de la época original, cuando se iluminaba con gas y todo era más cálido y opaco. El responsable de la dirección escénica es Romain Gilbert, que se curtió como asistente de pesos pesados del teatro (Laurent Pelly, Ivo Van Hove, Damian Szifron) y ha dejado buena impresión con sus trabajos para el Real, Baden Baden o Nápoles.
El resultado es una 'Carmen' con menor carga trágica, violenta y erótica. Más ligera y cercana a la opereta. Eso sí, con la misma fuerza y empuje, tanto en sus escenas de masas como en su carismática protagonista, arquetipo de la libertad. En Versalles la encarnó la joven mezzo francesa Adèle Charvet (1993), cómoda en las piezas del XIX gracias a su expresividad, precisión rítmica, riqueza tímbrica y matices. Nominada como Artista Revelación en los premios Victoire de 2020, ha repetido en la piel de la cigarrera sevillana en las óperas de París, Burdeos y Toulouse. Como el militar Don José, veremos a su compatriota Julien Behr (1983), tenor de corte lírico que ha evolucionado desde sus orígenes en el bel canto hacia papeles más carnosos como Roméo (en Viena) o Alfredo (en Bregenz o Niza).
Lo único que Gilbert y su equipo no han reproducido en la Opéra Royal de aquella primera función de 1875 es la indignación que 'Carmen' causó entre los asistentes, desconcertados por su "trama inmoral". Su compositor, el parisino Georges Bizet (1838-1875), murió poco después de una angina de pecho, sin conocer la gloria. Apenas diez años más tarde su creación se convertiría en la ópera más famosa del mundo, como había pronosticado el mismísimo Chaikovski. Hoy conserva intactas sus virtudes: una música brillante, de entusiasmo contagioso, llena de arias pegadizas (la Habanera, Toréador), grandes coros y bailes. Y, no menos importante, un libreto que también funcionaría como obra de teatro, gracias a sus diálogos, su sentido del ritmo, su costumbrismo y sus trazos irónicos. Se basaba en el breve melodrama del trotamundos Prosper Mérimée, publicado por entregas en 1845 a partir de sus impresiones de un viaje por España.