Lola Ruiz-Ibárruri ha sido testigo de una parte de la historia del siglo XX que la mayoría de sus contemporáneos solo conoce a través de los libros. Nieta de Dolores Ibárruri, la Pasionaria, creció en un entorno por el que pasaron algunas de las grandes personalidades políticas e intelectuales de su tiempo. Vivió durante décadas en la Unión Soviética y conoció de cerca el exilio español, pero también construyó su propia trayectoria profesional, vinculada a la traducción. Ahora, con la perspectiva que proporciona el paso de los años, habla de su abuela desde el afecto familiar y la memoria histórica, sin ocultar su preocupación por el presente. Su reciente visita a León para presentar una nueva edición de El único camino, las memorias de la Pasionaria, confirma que aquella figura sigue despertando interés entre generaciones que no vivieron su época. Este jueves estará en El Cafetín, a partir de las 17 horas, para cerrar definitivamente el ciclo 'Café-diálogo: conversaciones para el tardeo' que organizan La Nueva Crónica y el la Fundación Jesús Pereda.
— Hace poco estuvo en León presentando ‘El único camino’, las memorias de su abuela. ¿Qué siente al comprobar que, tantos años después, su figura sigue despertando interés entre generaciones que no vivieron aquella época?
— Es curioso, porque esas memorias las escribió ella a finales de los años cincuenta y creo que la primera edición apareció en 1961. Con la ayuda de Mario Amorós, autor de su biografía, decidimos revisar aquella obra. Había muchas referencias al desarrollo del Partido Comunista o a la lucha de clases que entonces necesitaban explicarse y que ahora son ampliamente conocidas. Hemos incorporado artículos que escribió ella y también las memorias de mi madre, que había dejado diarios y quería escribir un libro, pero padeció alzhéimer. Yo terminé sus relatos y el resultado tuvo una acogida extraordinaria, con varias ediciones. Eso demuestra que tanto la persona como el personaje, tanto la mujer como el mito, siguen despertando un enorme interés. La memoria es importante. Hace poco estuve en el pueblo del que procedía mi familia materna y descubrí que todavía conservan una pequeña plaza dedicada a mi bisabuela, la madre de Dolores, e incluso la pila en la que fue bautizada. Son cosas muy curiosas que uno encuentra por el camino.
— Su abuela pronunció una de las frases más célebres de la historia de España: «No pasarán». ¿Cree que las nuevas generaciones conocen realmente lo que significaron aquellas palabras o corremos el riesgo de convertir la historia en una colección de eslóganes?
— Creo que los jóvenes estudian ahora de otra manera. En nuestra época había mucha historia, muchos datos, mientras que hoy la mentalidad es diferente, mucho más inmediata y audiovisual. No creo que se dedique tanto tiempo como antes a estudiar los distintos aspectos de la historia. Los jóvenes tienen una idea de lo que ocurrió, pero estamos hablando de acontecimientos de hace casi cien años y eso ya parece algo muy remoto. El tiempo se ha acelerado, la información es infinitamente más abundante y la vida es mucho más inmediata. La gente reflexiona menos y vive más al día.
— Dolores Ibárruri fue un símbolo de la lucha contra el fascismo. Cuando contempla el auge de los extremismos y la polarización política actual, ¿encuentra paralelismos preocupantes con el mundo que conoció su abuela?
— Siempre hay lugar para establecer paralelismos y siempre existen extremismos que están ahí. Supongo que la democracia en la que vivimos tiene que permanecer vigilante para evitar que volvamos a sufrir crisis tan dramáticas como las que tuvieron lugar durante el siglo XX.
— Pocas personas pueden hablar de Rusia con el conocimiento que proporciona haber vivido allí durante tantos años. ¿Cómo interpreta la Rusia de Putin y la guerra de Ucrania? ¿Reconoce algo de la antigua Unión Soviética en la Rusia actual?
— Me fui de la Unión Soviética hace unos cuarenta años y aquello es ahora otro país completamente diferente. Desde los años ochenta solo he regresado de visita, y visitar un país no es lo mismo que vivir y trabajar en él. Todo lo que está ocurriendo me produce una pena enorme y espero que el conflicto encuentre una solución en un futuro próximo. Realmente no lo entiendo. Para alguien que ha vivido allí tantos años, lo que sucede ahora resulta dramático. Mejor dicho, trágico.
— Además, desde el Gobierno ruso se defienden hoy valores que parecen radicalmente opuestos a los que proclamaba la antigua Unión Soviética.
— El país ha cambiado, eso es evidente. También han cambiado los medios de comunicación y nuestra manera de conocer lo que ocurre en el mundo. Hoy tenemos muchísima más información y las imágenes hacen que los países lejanos parezcan mucho más cercanos. Pero hay cosas que uno puede estudiar y, sin embargo, no puede llegar a sentir o comprender porque están demasiado lejos de su propia experiencia. Desde esa distancia, yo no consigo entender lo que está pasando.
— Su biografía le ha permitido conocer o estar cerca de personajes que hoy forman parte de los libros de historia, desde Pablo Neruda o Jorge Semprún. ¿Qué encuentros recuerda con especial intensidad?
— Para mí eran personas que aparecían por casa. Mi abuela tenía amigos de esa magnitud, gente inteligente, luchadora, con un concepto enorme de la justicia social. Pero yo los veía con ojos de niña. Neruda murió en 1973 y ha pasado muchísimo tiempo. A Jorge Semprún lo vi en varias ocasiones y asistí a algunas de sus conferencias. Me parecía una persona admirable, un demócrata, un hombre sabio, con un sentido maravilloso de la justicia. Para mí era un gran europeo.
— ¿En qué momento se dio cuenta de que había sido una testigo privilegiada de la historia? De niña veía con naturalidad a aquellas personalidades que entraban en su casa, pero supongo que con los años comenzó a valorar de otra manera lo que había vivido.
— Recuerdo, por ejemplo, que estuve en un mitin en Suiza en 1973. Había concentraciones enormes de gente, decenas de miles de personas que tenían grandes expectativas de cambio en España. Veías a los líderes políticos de aquella época y te impresionaba la magnitud de aquellas reuniones, la esperanza que despertaba la posibilidad de que terminara el exilio. Todo eso influye, por supuesto, y son experiencias que permanecen en la memoria durante toda la vida. Pero también hay que entender que, cuando eres joven, estás pensando en tu propio futuro, en qué vas a estudiar, a qué profesión quieres dedicarte y qué vas a hacer con tu vida. Mientras a tu alrededor suceden acontecimientos históricos, tú también tienes que labrarte tu propio porvenir.
— Más allá de las ideologías, ¿no cree que el debate político actual se ha empobrecido muchísimo respecto al de aquellas décadas?
— Creo que eso ocurre en todo el mundo. Hay épocas de grandes políticos y otras de políticos de otro calibre. Cuando uno piensa en la Segunda Guerra Mundial y en personajes como Stalin, Churchill o Roosevelt, está hablando de tres titanes. Ahora es diferente. Pero también creo que las situaciones extremas sacan con frecuencia a la luz líderes inesperados, personas que terminan cambiando el rumbo de la historia.
— Su abuela ha pasado a la historia como un mito político, como un símbolo y como una extraordinaria oradora. Pero ¿qué desconocemos de Dolores Ibárruri? ¿Qué le gustaría que se recordase de ella cuando se haya apagado definitivamente el debate político de su tiempo?
— Creo que hay que recordar, ante todo, que era una mujer que quería mejorar las condiciones de vida de los trabajadores, especialmente de los mineros, porque había crecido en un pueblo minero y aquella era la realidad que mejor conocía. Después, cuando llegó a Madrid, sus horizontes se ampliaron y se convirtió en una gran oradora. Pero también fue una mujer muy vinculada al periodismo. Editaba periódicos y revistas, trabajaba para la radio y creó Radio España Independiente, la Estación Pirenaica. Tenía una sensibilidad enorme y siempre encontraba la palabra justa.
Era una persona muy impactante. Su imagen no era una construcción artificial, sino algo completamente espontáneo: aquella mujer vestida de negro, con el moño y el pelo blanco. A lo largo de los años conservó esa imagen, que se ha convertido en una estampa que todos tenemos en la retina. Yo la recuerdo exactamente como aparece en las fotografías. Y lo importante es que tenía la misma presencia en la vida privada que en la pública, los mismos sentimientos y las mismas inquietudes.
— ¿Cómo era esa Dolores Ibárruri que no aparecía en los discursos ni en las fotografías?
— Era una mujer autodidacta que nunca dejó de estudiar. Tenía una curiosidad extraordinaria y se interesaba por cualquier avance que pudiera mejorar la vida de las personas. Por ejemplo, seguía con mucho interés los progresos de la medicina, los nuevos tratamientos y las posibilidades de curar enfermedades. Hay que recordar que había perdido a cuatro niñas por enfermedades infantiles. Todo aquello que pudiera contribuir a evitar el sufrimiento o mejorar las condiciones de vida despertaba su interés. Quería comprender lo que estaba pasando en el mundo.
— ¿Y hasta qué punto cree que el mito se corresponde con la mujer que usted conoció?
— Creo que el mito está muy próximo a la realidad. Las personas que la conocían quedaban profundamente impresionadas por su presencia. Era una mujer que convencía, que tenía una capacidad extraordinaria para llegar a la gente. Cuando se habla de personas con poderes especiales, casi psicológicos, pienso que ella tenía algo de eso. Su impacto sobre quienes la escuchaban era tremendo.
Uno de mis recuerdos de infancia es precisamente la emoción que despertaba entre la gente. Recuerdo cómo reaccionaban cuando la veían, cuando hablaban con ella o cuando escuchaban sus explicaciones. Era algo impresionante. Estoy convencida de que muchas de aquellas personas conservaron ese recuerdo durante toda su vida, igual que lo conservo yo. Es una pena que tuviera que pasar tantos años en el exilio, pero así fue su vida.
Añadir La Nueva Crónica como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.