Dice Fernando Rubio: «Aquellos años 70 (del siglo XX), vistos a través del objetivo de mi cámara, tenían el color del blanco y negro de la prensa de la época y el aroma a cera vieja del claustro isidoriano. No era solo captar un evento; era documentar una resistencia pacífica y dialéctica que se repetía cada primavera».
Es evidente que nuestro Fernando, el fotoperiodista del León de los 70 cuyo recuerdo nos acerca cada lunes, está hablando del fin de la Semana Santa y la llegada de las Cabezadas, una tradición de la que bastaría decir que en unos días cumplirá 868 años de presencia entre los leoneses. Será el último domingo del mes, una fecha ya asentada. «La festividad se celebraba originalmente el 4 de abril, fecha de la muerte de San Isidoro en el año 636 pero, para que no coincidiera con la Semana Santa, se trasladó al segundo domingo de abril y, en 1972, al último domingo de dicho mes». Y añade Rubio: «En mi memoria —y en mis negativos— guardo con especial nitidez el rostro de D. Antonio Viñayo. El prior no solo era el alma de San Isidoro, sino el defensor más incisivo del ‘Foro’. Verlo frente a los síndicos municipales era presenciar un duelo de altura». No se lo ponía nada fácil a los concejales el abad, pese a que no les faltaban —entonces— buenos oradores. «Tal vez saber que tienen el empate asegurado les tranquilice», solía decir otro que heredó el ‘cargo’ de Viñayo, Primo Panera, también un erudito que les atizó fuerte pero... «tienen el empate». Aunque entre las bromas del pueblo el presenciar una de las imágenes del acto, los concejales «doblando el lomo», ya merecía la pena pues nunca gozaron de fama de muy trabajadores, como es sabido.
Viaja Rubio a ‘sus años’ setenta, que también en este apartado fueron de cambios. «En 1970, cuando comencé en esto de la fotografía de prensa, el Foro u Oferta y su consiguiente rito de Las Cabezadas se celebró el segundo domingo de abril. Como acababa de integrarse el municipio de Armunia en el de León —aunque faltaba el protocolo formal de la fusión—, el alcalde de Armunia, Claudio Puerta, varios concejales y su secretario en funciones figuraban en el cortejo junto a la corporación municipal leonesa. Esta última estaba encabezada por el alcalde Manuel Arroyo Quiñones y el nuevo secretario, Maurilio Fernández Herrero, para que levantase acta. La comitiva partía, minutos antes de las doce, desde el recién transformado Palacio de la Poridad».

Cumplían los trámites establecidos: presentarse ante el prior del Cabildo Isidoriano, Antonio Viñayo. Luego, ambos cabildos —el isidoriano y el municipal— entran al templo y, reconstruye Rubio, «tras postrarse a los pies del Santísimo y de la urna donde reposan los restos de San Isidoro, se formó la comitiva hacia el claustro, donde tuvo lugar la ceremonia del Foro u Oferta. Allí se dio la tradicional discusión sobre si el hachón de cera (de arroba bien cumplida) y las otras hachas de cera eran un tributo obligado (‘Foro’) por parte del ayuntamiento o un regalo gratis et amore (’Oferta’), según el criterio municipal. Estas ceras estaban dedicadas a alumbrar durante todo el año los restos del Santo, que se encuentran en una urna de plata bajo el altar mayor»; que ése es el meollo de la cuestión que ni aquel año, ni ningún otro, resuelven, y desembocó en levantar acta: «Después de las tres intervenciones de rigor de cada uno de los síndicos —Gabriel Barthe Balbuena por el ayuntamiento y el propio Antonio Viñayo por el cabildo—, dieron la orden a sus respectivos secretarios de reflejar en las actas que las posturas seguían inamovibles. Finalizado el acto, la comitiva regresó al interior del templo, donde se celebró una misa solemne con la intervención de la Coral Isidoriana, dirigida por Felipe Magdaleno».
Recupera Fernando Rubio los nombres de los síndicos municipales que asumieron el papel de medir su palabra con el representante del Cabildo isidoriano: Andrés Trapiello Vélez (1971); Gabriel Barthe Balbuena (1972 y 1973); Fernando Salgado Gómez (1974 y 1975); José María Suárez (1976 y 1977); Antonio López Sastre (1978); en 1979 tenía León el primer alcalde socialista desde 1936, Gregorio Pérez de Lera, y el síndico municipal fue Maximino Barthe (ahora abad de Genarín); y ya en 1980 había accedido al bastón de mando Juan Morano y delegó en Ángel Luis Álvarez.
Entre los miembros del cabildo isidoriano que les dieron réplica estaban el vice-prior Ángel Castro, Pedro Domínguez, Jesús Largo Treceño, Manuel Viñayo, Gonzalo Flórez, Patricio Luengo Santamarta, Felipe Magdaleno o Amadeo Urdiales; para, al final de cada jornada, tras el rito de las Cabezadas —«donde siempre intentaba buscar el ángulo más bajo para resaltar el ímpetu con el que los concejales doblaban el lomo»—, me quedaba la misma sensación. Daba igual quién fuera el síndico o si el representante del Cabildo Isidoriano apretaba más o menos en su discurso. Al recoger mi equipo, sabía que había retratado algo que no se podía comprar ni vender: el orgullo de una ciudad que, durante tres horas al año, se detenía para discutir sin ánimo de avenencia y terminar despidiéndose con una reverencia pero, eso sí, la iglesia se quedaba con toda la cera en forma de Cirio Pascual de arroba bien cumplida y dos velones para iluminar el altar».

Rastrea Rubio en el origen de esta singular celebración que «proviene del milagro acaecido en el verano de 1158. Al sacar el arca con las reliquias de San Isidoro (llegadas a León en 1063) al campo en rogativa, cerca de Trobajo del Camino, el arca se volvió tan pesada que no hubo fuerza humana que pudiera moverla. Aunque la rogativa fue favorable y cayó tanta agua que todo se embarró, seguía siendo imposible mover las reliquias. Solo tras las oraciones de la infanta doña Sancha y la promesa de no volver a sacar al Santo de su iglesia, el arca pudo regresar. Todos los pueblos allí representados hicieron voto de pagar, para siempre y cada año, un censo a San Isidoro y se obligaron a observar un ayuno de tres días para obtener la gracia anhelada».
Un relato que está tomado tal y como figura en Vida y milagros del glorioso San Isidoro, Arzobispo de Sevilla y Patrono del Reino de León (1924), escrita por Julio Pérez Llamazares, Abad-Prior de San Isidoro, quien a su vez lo recoge de Los Milagros de San Isidoro de Lucas de Tuy (1223).
Una cita que regresará dentro de unos días con diferentes oradores/defensores pero con el mismo resultado, salvo sorpresa.