Se cumple un año -día arriba, día abajo- desde que Rubén Abella recibiera el premio de la Crítica de Castilla y León 2025, por su novela ‘Dice la sangre’. La concesión le había sido comunicada antes, allá por el mes de marzo, y apenas un par de semanas después de la notificación tuve la oportunidad de coincidir con él en la feria del libro de Medina del Campo. Allí le pregunté acerca de la responsabilidad de afrontar un nuevo reto. La novela premiada me parecía extraordinaria y bien creía que había puesto tan alto el listón que difícilmente iba a poder escribir otra mejor.
Sin embargo, Rubén Abella, el mejor arquitecto a la hora de construir estructuras narrativas que conozco, no solo se ha superado a sí mismo, sino que ha creado una de esas obras privilegiadas que pueden transcender en los anales de la novela española contemporánea. En realidad, una novela de novelas.
Si Abella a muchos nos parece un consumado constructor de puzles, que va colocando con minuciosidad y precisión las teselas hasta culminar un mosaico hermoso (ya lo consiguió en ‘Ictus’ o en ‘Dice la sangre’, sin ir más lejos), en ‘Un día de furia’ ha dado un paso (o varios) más, como en esos sudokus entreverados que entremezclan sus combinaciones numéricas hasta conseguir al final un resultado exacto e irreprochable.
Hace honor la trama al título desde los primeros párrafos enfebrecidos de la historia inaugural. Rubén se lanza a tumba abierta, como el esquiador que quiere batir el récord en una prueba de eslalon. No se guarda nada en la mochila, lo da todo, arriesga hasta el límite y crea unas páginas frenéticas, trepidantes, cargadas de intensidad y de emoción, por muy diferente que sea cada relato de los demás. Porque a estas alturas conviene resaltar que ninguna odisea se parece a las otras, que las voces y los comportamientos de los diferentes protagonistas de las historias intercaladas son absolutamente personales, rotundos y creíbles. A pesar de que el autor vallisoletano (pero de origen astorgano por vía materna) vuelva a depositar su confianza en héroes anónimos, en personajes sencillos y cotidianos que arrastran con frecuencia la mochila del remordimiento en sus conciencias.
Hace unos días mi colega en el arte de enhebrar juicios y palabras, Luis Artigue –ese genio desbocado y admirable, dotado de una creatividad y un criterio al alcance de muy pocos–, escribía una reseña luminosa sobre la novela de Rubén. Y me alegré de que Artigue considere a Abella «el novelista castellano (¿o precisó vallisoletano?) más americano», sin que yo pueda saber si eso es verdad, porque es notorio que solo leo autores que escriben en la misma lengua que yo empleo, y eso limita mucho mi conocimiento del paisaje literario internacional. Pero me alegraba su comentario, porque Luis, que considera demasiado realistas a la mayoría de los escritores nacidos al sur de Izagre, reconocía que Rubén Abella, a partir de un hecho real –un terremoto con epicentro en Albacete y que hizo que se tambalearan los cimientos de Madrid una tarde de febrero de 2015– componía una partitura de absoluta ficción, por mucho que las escenas fueran verosímiles y reales los decorados donde respiran, cavilan y penan los personajes.

A la calificación de «americano» por parte de Artigue, me atrevería a añadir que Rubén es un exponente ideal de lo que llamo «realismo fotográfico»; no en vano la fotografía es otra de sus pasiones y con su cámara en ristre se ha recorrido más de medio planeta, acumulando fogonazos de vida y experiencias que tal vez le ayuden a la hora de tener una visión cosmopolita de los temas que aborda en sus novelas.
En ‘Un día de fiebre’, como ya hiciera en ‘Ictus’, centra las acciones en Madrid y todos los acontecimientos se suceden alrededor de un día concreto. Así entran en juego un bombero veterano convaleciente de una fea caída en su último operativo samaritano, una joven universitaria que es víctima de las más despiadadas novatadas, un magistrado maduro y ligón, otro bombero ludópata, que combina su afición por el juego con su deseo de ser padre primerizo, una profesora de filología y el propietario de un restaurante burgalés que perdió a su esposa en los atentados del 11M.
A partir de ahí, y auxiliado por unos diálogos pintiparados y rebosantes de carácter, Rubén teje un entramado en el que se van integrando esos personajes y otros, unas veces hiperactivos y otras eminentemente narrativos, que con frecuencia interactúan o ven cómo sus peripecias salpican otras historias, donde no siempre es todo al final como inicialmente parece. Incluso surge algún secundario que sirve de comodín o de aglutinante, según se mire. Y hasta aquí puedo contar, porque no quiero convertir en fosfatina las piedras que actúan como claves sustentadoras de unas arcadas graníticas. Si acaso, puedo rescatar una reflexión del autor, que considera que la literatura es el medio más bello que ha creado el ser humano para explicarse a sí mismo.
Quizás por eso no se atribuye la labor de juez ni de fiscal, y deja que Paco o Beatriz o Ángel o Víctor o Rocío o Marcos ejerzan su legítima (o no) defensa y que sea el lector quien tome partido y dicte sentencia. Eso sí, sugiere sin cesar; y si detalla al milímetro, sin que resulte pesado o cansino, lo hace para describir con lupa lugares, rostros, cuerpos o piezas de fruta con alguna leve mácula en sus cáscaras o alguna sombra pesarosa en sus miradas.
Pero si algo se va poniendo de manifiesto conforme se van desbrozando las trochas es que Abella no siente piedad ni compasión. Son los propios penitentes los que deben sacarse las castañas de la sartén, los que poco a poco van poniendo las cosas en su lugar. Porque en esta novela, delirante y febril como su título, tras la tempestad no viene la calma. Tras el terremoto geológico y emocional, se impone el orden.