En las comarcas y pueblos que han dado en llamar "aisladas", anteriores al tópico actual de "vaciadas" hay personajes que froman parte de la vida cotidiana de las mismas que, por sus posibilidades, se convierten en imprescindibles en muchos pequeños aspectos de cada día, en la solución de conflictos, en una labor muchas veces tan callada como muy necesaria. Una puerta abierta que muchos saben que se puede llamar y entrar, hablar...
En Cabrera nadie duda que una de esas personas es Jesús Prieto Pernía, sacerdote diocesano cuya vida discurre silenciosamente, lejos de los focos y de los grandes acontecimientos, pero cuya labor cotidiana resulta impagable para mantener unido el tejido humano de una comunidad. En caso con un doble compromiso, ya que es cabreirés, de Truchas, donde vive y ejerce. Allí nació en 1962, cuando la vida en los pueblos seguía marcada por el ritmo de las estaciones, el trabajo en el campo y la estrecha convivencia entre vecinos. Allí pasó infancia, vivió las costumbres y tradiciones cabreiresas que todavía hoy conserva con orgullo, aunque con tan solo diez años ingresó en los Franciscanos Capuchinos, iniciando un camino que marcaría para siempre su vida.
Bachiller en Madrid, novicio en Monteano (Cantabria), con la decisión de ingresar en la orden continuó su formación eclesiástica en Salamanca, donde cursó los estudios necesarios para su preparación religiosa y fue ordenado como hermano de la Orden de los Hermanos Menores Capuchinos.
Después de distintas responsabilidades llegó en 2012 a la diócesis de Astorga, siendo su primer destino en varias parroquias de la provincia de Zamora: Muelas de los Caballeros, Justel, Villaverde de Justel, Quintanilla de Justel y Peque. Allí conoció de primera mano la realidad de los pequeños pueblos afectados ya por la despoblación y el envejecimiento de sus habitantes, pero también por una extraordinaria capacidad de resistencia y apego a sus raíces.
En 2016 llegó a ‘su Cabrera’ como párroco. Para muchos vecinos fue el regreso de un hijo de la tierra que volvía convertido en sacerdote. Desde entonces su nombre ha quedado unido al presente religioso de la comarca, con un breve paréntesis en la provincia de Ourense. Ya en su tierra, donde sigue, atiende su ministerio al frente de 28 parroquias distribuidas entre los municipios de Truchas, Castrillo de Cabrera y Encinedo. Se trata de un territorio extenso, montañoso y de complicada comunicación, donde las distancias se miden tanto en kilómetros como en curvas, puertos y carreteras secundarias. Su jornada suele comenzar temprano. A bordo de su vehículo recorre semanalmente alrededor de 300 kilómetros para llegar a todas las localidades que tiene encomendadas. Son trayectos que atraviesan bosques, montañas y pueblos donde el silencio se ha convertido en una presencia habitual debido a la pérdida constante de población.
A pesar de las dificultades, procura visitar cada parroquia al menos una vez al mes. Y cuando surge una necesidad, una enfermedad, un funeral o cualquier circunstancia que requiera su presencia, siempre está dispuesto a acudir. Esa disponibilidad permanente es una de las cualidades que más valoran quienes le conocen.
La realidad demográfica de algunos pueblos ha obligado a adaptar la actividad pastoral. Localidades como Villarino, Valdavido o Saceda apenas cuentan con habitantes durante buena parte del año, por lo que las celebraciones religiosas se concentran principalmente en las fiestas patronales, cuando regresan quienes mantienen vivo el vínculo con el pueblo de sus mayores.
Uno de los centros de su actividad diaria es La Baña. Allí acude cinco días a la semana y desde esa localidad realiza además una labor que trasciende las fronteras de Cabrera. A través de Radio María retransmite la celebración de la misa en directo, permitiendo que numerosas personas puedan seguirla desde distintos lugares de España.
Pero quienes hablan de ‘don Jesús’ no destacan únicamente su labor religiosa para poner el foco, sobre todo, en su cercanía. En una comarca donde las relaciones humanas siguen teniendo un valor esencial, su figura trasciende la del sacerdote que celebra los oficios religiosos. Es el hombre que escucha, que acompaña, que comparte conversación en una plaza o en un bar, que se interesa por los problemas cotidianos de las familias y que participa de la vida de los pueblos como un vecino más.
Quizá esa cercanía tenga mucho que ver con sus raíces pues nunca ha perdido el vínculo con la tierra donde nació. Reside en Truchas, en la casa familiar, y allí encuentra también tiempo para una de sus aficiones más sencillas y entrañables: el cuidado de la huerta.
Entre tomates, patatas y hortalizas, lejos de los despachos y de las prisas urbanas, mantiene una relación directa con la naturaleza que recuerda a la espiritualidad franciscana que marcó sus primeros pasos religiosos. Una forma de vida sencilla que encaja perfectamente con el paisaje humano y natural de Cabrera.
En tiempos en los que la despoblación amenaza la supervivencia de muchos pueblos y donde los servicios son cada vez más escasos, la presencia de personas comprometidas adquiere una importancia especial. Jesús Prieto Pernía forma parte de esa generación de sacerdotes rurales que no solo mantienen abiertas las iglesias, sino también los lazos de convivencia que durante siglos han dado sentido a la vida comunitaria.
Mientras las campanas siguen sonando en los pequeños pueblos cabreireses, él continúa recorriendo carreteras y caminos, llevando consigo algo más que la celebración de la misa. Lleva compañía, escucha, cercanía y esperanza. Una labor silenciosa que, lejos de los titulares nacionales, constituye una de las historias humanas más valiosas de esta comarca leonesa que resiste, como sus gentes, aferrada a sus raíces.
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