Conocí Pinilla cuando apenas contaba con 10 años. Solía ir las mañanas de verano a la biblioteca donde mi madre acababa de tomar posesión como bibliotecaria. Allí pasaba las horas entre deberes, algo nada divertido, pero también recorriendo las estanterías, algo mucho más ameno según se acercaba uno a la sección de cómics de Asterix, Lucky Luke o Tintín.
Pero también fueron años en los que comencé a interesarme por el fondo leonés que siempre ha tenido esta coqueta biblioteca de barrio periférico. Allí navegué entre páginas por muchas comarcas de León, pueblos y montañas. También conocí historias de antes, leyendas y efemérides leonesas que me han valido años después para desarrollar muchas ideas y proyectos.
Recuerdo también mirar por la ventana cuando el tren de Asturias se acercaba sonoramente a las extensas vegas y sebes donde pastaban apaciblemente algunas vacas. Tengo asociado ese sonido de viejo tren a esta biblioteca.
Por las puertas de la biblioteca han estado estos últimos 30 años entrando y saliendo lectores de toda índole, así como afamados autores de esta tierra prodigiosa en novelistas y periodistas.
Recuerdo a Benito, vecino de Pinilla y de Riaño, que siempre ha sido fiel a los numerosos libros que hablan de su querida y lastimada montaña.
O aquel niño que entraba directo a la sección infantil de ciencia para viajar por los planetas del sistema solar. Recuerdo su mirada llena de emoción y concentración, pasando lentamente cada página. Saboreando cada instante en ese pequeño rincón de la biblioteca.
Cuánto sencillo y profundo placer guarda una pequeña biblioteca de barrio entre sus pasillos. Cuánta ansiedad apacigua, cuánta soledad hace desaparecer. Porque entre las brillantes y anchas mesas de la biblioteca los lectores se sienten protegidos por ese confortable silencio en el que también se cruzan miradas y sonrisas. Más de alguna pareja y matrimonio se ha forjado entre apuntes y pasillos.
Desde futuros proyectos de vida de opositores a los lejanos recuerdos de jubilados. La Biblioteca de Pinilla ha estado allí para que cada alma lectora encuentre su lugar. Allí, a la orilla de la vía del tren. Trenes que se mezclan con cuentos y periódicos para que el lector viaje gratis sin moverse de la silla. Alguien dijo que los libros son el billete de tren que muchos no podrían coger, ¿cierto?.
Este remanso de papel, conocimiento e imaginación donde las pantallas y la IA aún no han conseguido establecer su dictadura, dos personas han estado siempre recibiendo a varias generaciones de lectores y lectoras: Encina y Yolanda.
Una de ellas, María Encina González Silva, se jubila este mes de abril, poniendo fin a una carrera de bibliotecaria que comenzó en el Bierzo y ha continuado en Pinilla desde 1992. Una vida unida a una Biblioteca, que abrió sus puertas con ella y en sus paredes se han grabado años de servicio y atención a los vecinos de San Andrés del Rabanedo.
Gracias a su interés y empeño, por esta biblioteca han pasado autores como Julio Llamazares o Juan Pedro Aparicio. Se ha creado uno de los clubs de lectura más numerosos y activos de la capital leonesa, y el centro ha sido galardonado en muchas ocasiones con el premio nacional de animación a la lectura ‘María Moliner’.
Sirvan pues estas líneas para homenajear a las personas que contribuyen día a día a que estas bibliotecas de sencillos barrios sigan siendo centros de luz, inspiración y conocimiento para un gran abanico de lectores y usuarios. Ojalá que Pinilla y su Biblioteca siempre mantengan ese halo de autenticidad que ya escasea al otro lado del Bernesga.