En español existe una expresión muy conocida: “estar en Babia”. Todos sabemos lo que significa. Se utiliza para describir a alguien distraído, ausente, con la mente en otro lugar. Cuando una persona no escucha, no reacciona o parece ajena a lo que ocurre a su alrededor, decimos sencillamente que está en Babia.
Lo curioso es que la frase no nació en el lenguaje abstracto, sino en la historia. Y esa historia conduce a una comarca de montaña del antiguo reino de León, llamada Babia. Comprender cómo surgió la expresión permite ver cómo un hecho concreto terminó convertido en metáfora universal. Pero también invita a plantear una reflexión más incómoda: quizá hoy la frase no sirva para aludir a Babia, sino a León.
Babia es un nombre muy antiguo. Los lingüistas creen que podría proceder de raíces prerromanas relacionadas con el agua o con los valles húmedos, algo que encaja bien con el paisaje de la zona. Muchos topónimos de la montaña leonesa —como Luna, Omaña o Laciana— conservan también esas capas lingüísticas antiquísimas, anteriores incluso al latín. Babia era, por tanto, simplemente una comarca con una larga historia. Fue la tradición oral la que la transformó en símbolo: el símbolo de quien no entiende o no atiende a lo que ocurre, de quien vive ajeno a la realidad.
En la Edad Media los reyes leoneses no permanecían mucho tiempo en la cabeza del reino. Su verdadero trono era la silla de montar; no en vano se ha dicho de ellos que no sabían descansar. La corte era itinerante y el monarca recorría continuamente su territorio para impartir justicia, resolver conflictos o reafirmar su autoridad.
Se dice —no sé si con fundamento— que ciudades como León, Astorga, Benavente, Compostela, Oviedo o Zamora concentraban buena parte de la actividad política. Pero también concentraban intrigas, presiones de nobles y obispos y un sinfín de disputas. Cuando esas tensiones se volvían excesivas, los reyes buscaban refugio en las montañas del reino, en Babia: un territorio de praderas frescas, agua abundante y abundante caza, en el corazón de la cordillera Cantábrica y relativamente apartado de las presiones de la corte.
En ese contexto nació la frase que acabaría entrando en el lenguaje común. Se cuenta que, cuando alguien preguntaba por el rey y el monarca no estaba disponible, la respuesta era sencilla: “El rey está en Babia”. La expresión era literal, pero sugería algo más: que el rey no estaba atendiendo los asuntos del reino, que los problemas podían esperar, que el monarca se encontraba —al menos por un tiempo— fuera de la realidad inmediata.
Con el tiempo aquella explicación se llenó de una carga irónica. Decir que el rey estaba en Babia equivalía a insinuar que estaba ausente de los problemas políticos. Es fácil imaginar escenas repetidas una y otra vez: mensajeros con asuntos urgentes, nobles esperando decisiones, conflictos sin resolver… y la misma respuesta tranquilizadora: habrá que esperar, porque el rey está en Babia.
La expresión había ido cambiando poco a poco de sentido. Primero significaba simplemente que el rey se encontraba físicamente en Babia. Después insinuaba que estaba desentendido de los asuntos del reino. Finalmente el lenguaje popular la transformó en metáfora. De ese proceso nació el significado que ha llegado hasta hoy: estar en Babia es estar ausente del mundo real, distraído, ensimismado, sin entender —o sin atender— lo que ocurre alrededor.
La difusión del dicho, sin embargo, no se debió solo a los reyes. También lo llevaron por toda la península miles de pastores trashumantes. Cada verano rebaños procedentes de Extremadura o de La Mancha subían hasta las montañas leonesas siguiendo las cañadas reales reguladas por el Honrado Concejo de la Mesta. Babia ofrecía algunos de los mejores pastos de verano de toda la cordillera Cantábrica. Durante meses pastaban allí miles de ovejas merinas. Los pastores decían con naturalidad: “Las ovejas están en Babia”.
Y no deja de tener su lógica: lo natural para las ovejas era, precisamente, estar en Babia. Sea como fuere, de este modo el nombre de la comarca comenzó a escucharse por toda España. Reyes y pastores coincidían en algo esencial: Babia era un lugar apartado del ruido del mundo. El idioma hizo el resto y aquel territorio real terminó convirtiéndose en una metáfora universal de la distracción.
Pero también se cuenta otra explicación, inversa y quizá más verdadera, ligada igualmente a la vida pastoril. Según esta versión, eran los propios pastores leoneses quienes, al bajar con sus ganados a las tierras bajas para invernar, caían a menudo en una especie de ensimismamiento melancólico. Durante esos meses lejos de la montaña pensaban en lo que habían dejado atrás: sus novias, sus familias, sus montes. Al verlos así, abstraídos, se decía que “estaban en Babia”: su pensamiento había regresado a su tierra.
Aquí aparece la verdadera ironía de la expresión. Durante siglos se ha repetido como una simple broma lingüística, pero quizá encierra algo más profundo. Babia nunca ha estado ausente de la realidad. Ha sido una comarca viva, con comunidades fuertes, concejos abiertos y una tradición colectiva profundamente arraigada. Babia no estaba distraída; en todo caso quien estaba distraído era el rey que se refugiaba en ella… o los pastores que la añoraban desde la distancia.
Y entonces surge una pregunta inevitable. Si estar en Babia significa vivir de espaldas a los propios problemas, no reaccionar ante lo que ocurre alrededor o no defender los propios intereses, quizá la cuestión ya no sea dónde está Babia, sino quién está hoy en Babia.
Porque pocas cosas encajan mejor en esa situación que un territorio en el que su ciudadanía vota desentendida de su propio futuro, que acepta indiferente decisiones tomadas lejos de su tierra y que contempla con resignación cómo otros deciden por ella .
En ese caso, la vieja expresión medieval adquiere un significado inesperado. Babia no es el lugar de la distracción y el desinterés. Babia es simplemente una comarca de la montaña leonesa, con praderas, agua y una larga tradición comunitaria.
La distracción y el desinterés están en otra parte: en esa sociedad que se ha acostumbrado a perder población, peso político e influencia sin reaccionar, en esa tierra que ve marcharse a sus jóvenes mientras acepta como inevitables decisiones tomadas lejos de ella y no pocas veces contra ella.
Por eso quizá convendría darle la vuelta a la frase que durante siglos hemos repetido con ligereza.
Babia no está en León.
Es León quien está en Babia.