Bernardo Rodríguez Hidalgo recupera en su publicación ‘Candemuela. Cuando en Babia había molinos’ la memoria de una forma de vida rural que se va desvanenciendo. Testimonios, recuerdos y documentación histórica reconstruyen entre sus páginas el papel de los molinos, los concejos vecinales, las labores del campo y el patsuezu en la vida de la comarca. Todo en una mirada al pasado que reivindica los conocimientos tradicionales y alerta sobre el deterioro del paisaje y sobre el reto de conservar la cultura de la zona.
– ¿Qué le llevó a escribir ‘Candemuela. Cuando en Babia había molinos’ y en qué momento sintió la necesidad de dejar por escrito la memoria del pueblo?
– La idea original era incluir los nombres de los lugares de Candemuela en la colección de Toponimia de Ignacio Prieto Sarro. Por otra parte, Basilio Barriada también tenía la convicción de que si no se dejaban suficientemente referenciados se perderían definitivamente. A partir de ahí y después de mucho tiempo, muchas dudas, de muchas correcciones se llega a la conclusión de que se tiene que publicar, porque, aunque el libro es francamente mejorable, si no se publica iba a ocurrir lo mismo que con los nombres de los lugares, que se perderían definitivamente.
– El libro pretende «levantar acta» de una forma de vida que existió y que está desapareciendo. ¿Qué recuerdos, conocimientos o palabras corrían mayor peligro de perderse?
– La forma de vivir de nuestros antepasados duró muchos siglos y tuvo muchos cambios, pero fue en este último periodo a partir del momento en que la agricultura tradicional no era rentable y dejaron de sembrar y se produce el éxodo rural de la gente a la ciudad, es cuando realmente se produce un cambio total. Y no solo desaparecieron muchas palabras, está casi desaparecido «El Patsuezu», la lengua de Babia y Laciana. Desaparecieron los «concejos vecinales» por los que se ordenaba la vida de los pueblos y de la comarca y se perdió el modo de cuidar los montes, las tierras y el ganado. Incluso se están perdiendo las cañadas y el trazado de caminos históricos. No quiero dar a entender que habría que volver a tiempos pasados, ni mucho menos, porque la vida hoy es más segura y tiene infinitas ventajas y comodidades respecto a los viejos tiempos, sin embargo, creo que los conocimientos de nuestros antepasados referidos a la vida rural tenían que haberse tenido en cuenta, no tenían que haberse menospreciado pensando que su cultura eran ideas trasnochadas.

– Los molinos dan título a la obra, pero sus páginas abarcan la escuela, la lechería, las eras, el río, los montes o los caminos reales. ¿Por qué eran los molinos un símbolo tan importante de aquella sociedad agrícola y ganadera?
– En el Inventario de los molinos de la provincia de León, en el Catastro de la Ensenada y en los diccionarios de Miñano y Madoz en el siglo XVIII se dice que en Babia hay 151 molinos. En Candemuela hubo 5 molinos, dos de ellos derruidos. Si hubo tantos molinos es porque fueron necesarios en la vida de los pueblos, sin ellos la recolección de los cereales no tendría sentido. Gracias al molino cada familia podía disponer de harina para hacer pan, fundamental en su alimentación y del salvado para el pienso de sus animales. Creo que se debería investigar más sobre la Babia agrícola, pues está muy extendida la idea de que la actividad de la comarca era sobre todo ganadera. Hay un estudio realizado en el año 2014 por Ángel Manuel García Álvarez sobre el Donativo de 1705, un impuesto a favor del rey Felipe V que resume las zonas cultivadas de varios pueblos de Babia, por ejemplo, de Candemuela, según el estudio allí en aquella época se cultivaba trigo, centeno, cebada y legumbres en una superficie de 134,7 fanegas teniendo otras tantas de barbecho, en las huertas de las casas cultivaban verduras típicas de la zona como las berzas. Vivian alrededor de 60 personas, entre ellas 2 regidores, un cura que figuraba como Arcipreste de Babia y un pastor que está en la Cañada del Escorial. Los molinos cumplieron su misión de hacer harina y también a partir de una época algunos de ellos fueron «fábricas de luz». La luz de las primeras bombillas que iluminaron Babia procedía de los molinos.
– ¿Cómo realizó el trabajo de documentación? ¿Qué peso han tenido los testimonios de los vecinos y la memoria oral de los últimos babianos que conocieron aquella vida tradicional?
– La época de la niñez y juventud siempre están presentes en la persona, de tal modo que uno se puede olvidar del nombre de su vecino, pero los trabajos y recuerdos antiguos no se olvidan. Por eso las conversaciones, los testimonios y los recuerdos de la gente «antigua» son tan importantes. Las conversaciones con tantas personas que ya no están, y de otras con los que afortunadamente todavía ponemos «charlar» siempre nos traen antiguos recuerdos, y surgen las añoranzas, así que aquellos tiempos los tenemos muy presentes.

– El libro recorre el calendario completo, desde la preparación de las tierras en primavera hasta las largas nevadas del invierno. ¿Hasta qué punto las estaciones ordenaban el trabajo, la convivencia y la propia existencia en Candemuela?
– La gente que nacimos en la comarca entre los años 1930 a 1950 conocimos y vivimos la época de la agricultura tradicional y conocimos la importancia que tenían las fechas para realizar los trabajos de siembra, de recolección o la elaboración y conservación de los alimentos tradicionales como los derivados del sacrificio del cerdo. Además, nadie se planteaba cambiar lo tradicional pues todo el mundo confiaba en lo que estaba establecido.
– Dedica varios capítulos a instituciones y costumbres comunitarias como los concejos vecinales, la vecera, las facenderas, los calechos y los filandones. ¿Qué nos enseñan sobre la manera de organizarse y ayudarse de aquellos pueblos?
– Nos enseñaron que «la unión hace la fuerza» que la colaboración para conseguir el bien común es la única manera de que la sociedad sobreviva. La existencia de los concejos vecinales fue fundamental para que nuestros antepasados pudieran convivir y pudieran salir con éxito en épocas de pocos medios y muchos hijos. Gracias a que los propios vecinos gestionaban sus propios recursos mantuvieron y mejoraron su entorno natural. Un paraíso que cada día está más deteriorado. En cuanto a los calechos y filandones aparte de estar en compañía y pasar un rato agradable fueron la mejor manera de transmitir costumbres y tradiciones.
– Babia alcanzó su máxima población a mediados del siglo XX, pero la mecanización y el abandono de la agricultura aceleraron después su despoblación. ¿Qué se ganó con la llegada de los nuevos tiempos y qué se perdió para siempre?
– Se ganó prosperidad individual. La gente de Babia estaba acostumbrada a trabajar duro y la gente tenía una excelente preparación, por lo que todos los que marchan encuentran trabajo y ocupación a los lugares que van. La contrapartida fue la despoblación y como consecuencia de la despoblación, la pérdida del uso tradicional de los pastos y de los montes, que sumado a las leyes de uso y aprovechamiento que se redactaron desde despachos urbanos, no solo ignorando, sino despreciando la sabiduría de la gente de los pueblos, originó el abandono total de aquel jardín esculpido por la gente y sus ganados y el jardín se está convirtiendo en un erial.
– El libro concluye abordando los desafíos actuales de Babia. ¿Qué futuro imagina para Candemuela y para la comarca, y qué habría que hacer para conservar su paisaje y su cultura sin convertirlos únicamente en un recuerdo?
– Imagino a dos Babias distintas, una, la ganadera que dependerá de los pastos, que dependerán a su vez de las acciones y actuaciones que tomen, sin perder tiempo, los organismos oficiales. Y pienso en un indicador muy preciso que son los ríos. Su estado y conservación son la prueba directa de lo que ocurre en las laderas de los montes y pastizales que vierten a él. El rio de nuestra juventud era de aguas cristalinas, con fondo de piedras y gravas lavadas y arena limpia. Si el territorio no se cuida y se sigue abandonando, si los extensos argomales y matorral siguen colonizando los pastizales y el monte, la hierba no podrá crecer y la tierra sin césped que la sujete la arrastrará la lluvia. Por tanto, si el rio está lleno de fango y lodo, oscuro, sin vida y sin truchas porque estas no puedan desovar ni sobrevivir, es que en los montes se sigue haciendo lo incorrecto. La otra Babia, la turística, sin duda aumentará de un modo considerable. Esta geográficamente bien situada, tenemos en los veranos temperaturas muy adecuadas, nada agobiantes durante el día y precisando de manta para dormir, muy buenos lugares para comer, unas montañas y praderas, los puertos de merinas, de extraordinario valor para montañeros y senderistas y además Babia tiene a sus descendientes, que vuelven siempre que pueden a sus raíces.
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