Los días posteriores al eclipse buscábamos fotografías que reflejasen la maravillosa imagen que habíamos contemplado, pero ninguna fue capaz de reproducir su belleza. Estábamos preparados en muchos aspectos para asistir al acontecimiento, pero nadie nos había hablado de su belleza. Los que habíamos visto eclipses parciales imaginábamos algo parecido, un poco más oscuro, el impacto de una breve noche y, a lo sumo, un aro de luz en el cielo. No esperábamos algo tan extraordinario. Cuando la luna se acopló al disco del sol pareció pararse el tiempo aunque se sabía que duraría menos de dos minutos. La gente venida de muchos países gritó de alegría, algunas personas dicen haber llorado. Bajó la temperatura. Las aves huyeron. No había noche sino una luz nunca vista y una reverberación anaranjada daba la vuelta al horizonte por todos los lados. La luna azul y con un punto rojo incandescente a la izquierda tenía alrededor la corona vibrando mientras el cielo entero irisaba color.
Dónde mejor encajaría el eclipse entre las categorías estéticas de lo bello es en la de lo sublime. Pero lo sublime es lo bello hasta el punto de dar miedo y no se sintió temor. Dice el filósofo Kant que, para experimentar lo sublime, lo contemplado ha de ser inmenso y el observador estar a salvo. Lo vemos representado en el cuadro ‘El caminante sobre el mar de nubes’, pintado por Friedrich en 1818, en el que la naturaleza se muestra imponente y el observador la contempla al borde del abismo. Es posible que, al estar muy informados, despojásemos a lo sublime del terror. Lo cierto es que algunas personas expresaron temor asociando el eclipse a referentes culturales o populares sobre el fin del mundo. También, puede ser que ese componente estuviera representado por el pánico a quedar ciegos que fue extendiéndose los días finales antes del fenómeno. Por otro lado, la historia está llena de ejemplos de ese miedo a los eclipses vinculados a catástrofes o malos presagios.
Por tanto, si el eclipse pertenece a la belleza sublime y no encontramos reproducción que consiga expresar lo que experimentamos, estamos ante algo inefable. Lo inefable es aquello que por su hermosura, intensidad y grandeza no puede ser descrito sino sólo vivido. De ahí que la mejor de las fotografías no nos satisfaga. Es aquí donde aparece inesperadamente un viejo olvidado, el arte de la Historia del Arte, que no quiso sólo copiar la realidad sino parecer vivo. Sorprende la existencia de cuadros e ilustraciones que se parecen más que las fotografías a lo que experimentamos el pasado doce de agosto. Hubo un pintor, Howard Russell Butler, que ideó un sistema para anotar los efectos de color en los pocos segundos en los que dura el fenómeno superando en sus obras a las representaciones de la fotografía, que se había descubierto hacía más de cien años.
Pero el eclipse total tuvo todavía algo más y que también es difícil de explicar: el acoplamiento de la luna en el sol transmitió algo cósmico: el alineamiento de los astros: el centro del sol con el centro de la luna y el centro de la tierra pasando por nosotros, una exacta geométrica en la que el universo mostró su propio sentido expresado en la belleza pura.
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