Leonés de Chozas, caminante nocturno, habitual de los saraos culturales, conversador sin prisa, de los que sueltan una frase ambigua para que sea su interlocutor el que pregunte y pase a parecer el interesado, dibujante, lector voraz, viajero, fiscal de menores «a mayores» dice él, autor de diarios. Entró en el mundo de la literatura como de visita, con cierto síndrome del impostor («no me veo de escritor, sino de plumífero») pero se ha desatado. El lunes presenta junto a Noemí Sabugal en Sierra Pambley (19:30 horas) ‘Vidas de jurista’, editado por Renacimiento y que es ya su noveno libro.
– En ‘Vidas de jurista’ vuelve a fijarse en personajes reales para construir un retrato humano y literario. ¿Qué le atrae tanto de las vidas ajenas y qué encontró en el mundo jurídico que mereciera ser contado?
– Llevo cuarenta años en este oficio, entré un poco por casualidad y aquí sigo. En mis anteriores libros hablo ocasionalmente de la oficina judicial. En este caso dedico la tercera parte del libro al anecdotario del día a día. Todo porque el Decano de la Facultad de Derecho me había enviado un correo en el que se dirigía a mí como jurista, y me invitaba a la festividad anual de la Facultad. Yo nunca me he visto como jurista, sino como un funcionario. Pero muchos amigos lectores me han venido diciendo que por qué no escribo de esas historias, de esas vidas que me cuentan todos los días. Así que me he puesto el traje de novelista-jurista y he escrito unas cien páginas. Antes, hace años, había hecho algo parecido en unos folios que envié a la Revista del Colegio de Abogados –una revista en papel– y que titulé ‘Diario Abreviado de la Oficinal Portátil’.
– El Derecho suele asociarse con la rigidez, los códigos o la burocracia, pero en su libro aparecen también emociones, contradicciones y biografías muy humanas. ¿Hasta qué punto un jurista puede ser también un personaje literario?
– El Derecho es lo que es. Algo rígido y normativo para regular comportamientos, negocios y otros aspectos muy variados. A veces mete demasiado las narices en la vida. Los fiscales decimos –y mira que tenemos fama de acusicas– que hay un principio que tenemos que tener siempre presente, el de la intervención mínima; hay que esperar a que las personas se pongan de acuerdo a pesar de las discrepancias. Pero en lo demás, los personajes que visten toga en determinados momentos de la profesión, por debajo están tan desnudos como los demás, como los comerciantes, los fontaneros, los «strippers» –bueno, estos lo están más–. Y sus comportamientos pueden ser ejemplares o de andar por casa o criticables. Así que un jurista puede ser un personaje literario como cualquier hijo de vecino. Hay que rascar bajo la piel, escudriñar. Hace tiempo leí un libro muy recomendable –que tiene una portada como esta de ‘Vidas…’, de H. Daumier– y que tiene un título muy ilustrativo: ‘Las miserias de la Justicia’. Allí estamos todos, Jueces, Abogados, Fiscales y hasta los políticos. Recuerdo una afirmación esencial: El sistema continental de libertades es estructuralmente corrupto si no tiene el freno de la ética protestante, que tan bien explicitara Max Weber. No es casualidad que los países más corruptos de la CEE sean los países católicos. En Alemania dimitió hace muchos años alguien que era el elegido, el delfín del canciller, porque había copiado unos párrafos para su tesis doctoral sin citar al autor. Aquí la realidad no tiene quien la ponga por escrito, quien la novele, salvo los periodistas. Todo lo que pasa últimamente es tan zafio, tan falto de lírica… que mejor se queda en los folios del atestado o del procedimiento judicial. Un jurista es como todo el mundo. Como lo puede ser un escritor. Te cuento una anécdota. Hace mucho mi amigo Carlos, magistrado, encontró en un hotel de Valladolid a Ernesto Sábato. Como lo había leído y le había gustado mucho, se le acercó y le dijo, «Oiga, ¡pero usted es Ernesto Sábato!». Él contestó –imagínalo con acento argentino– «Sí, qué le vamos a hacer». Si en ese hall de hotel hubiera encontrado a un político, éste habría sacado pecho y habría querido venderle algo. Rulfo también se presentaba siempre como «uno más».
– Usted ha trabajado durante años en el ámbito judicial y eso le permite mirar ese universo desde dentro. ¿Qué cosas cree que la sociedad desconoce del día a día de jueces, fiscales, abogados o funcionarios?
– Digo en la solapa del libro que he escrito esta vez sobre las vidas y horas de mi negociado, sobre los desheredados y excluidos, los actores de la justicia penal. Cito a Gay Talese, ese periodista americano que tú conocerás, que escribía sobre los «don nadies». En la sección de Deportes escribía sobre los cortadores de césped, escribía sobre los recogepelotas, del que le hacía los peluquines al entrenador del boxeador Floyd Patterson… Yo he querido –no sé si lo habré conseguido– hacer algo así. Además, dije en una entrevista de hace años que la literatura del derecho tiene como tiempo verbal el gerundio, y si quieres ser creativo hay que salir de ahí y utilizar el subjuntivo, que expresa deseos, dudas, hipótesis o emociones. La sociedad conoce del mundo de la justicia lo que le cuentan los tertulianos, salvo que uno haya tenido que pasar por un Juzgado. Un amigo abogado leonés residente en Tenerife al que le iba bien como hotelero y en otros negocios, decía. «Trato de no pisar los Juzgados, siempre salgo con piojos». Algo excesivo. Yo trabajo como fiscal de menores «a mayores». Y en la oficina no lo hacemos mal, creo yo. Cuando encuentro a algunos de nuestros chavales por ahí pasado el tiempo, ya mayores, se dirigen a mí con casi camaradería, comprensión y hasta complicidad. «Mira que las lie pardas, la paciencia que tienes, lo que tuviste que aguantar». Pero no hacemos nada distinto –eso creo– de lo que hacen en cualquier lado. Sabemos que somos un poco esquizofrénicos, nos movemos entre el estímulo aversivo del castigo y la frágil evolución de los menores de edad. Ah, una advertencia, porque el título, que no me parece bueno, puede llamar a engaño. Que nadie vaya buscando en él biografías, historias, o las vergüenzas de ningún operador jurídico (¡Dios, qué palabra más horrible!), de nadie con nombres y apellidos.

– En muchas de sus obras hay una mirada muy atenta a la memoria, a los pequeños detalles y a las vidas aparentemente discretas. ¿Cree que la literatura tiene también una función de rescate frente al olvido?
– Un amigo poeta y crítico literario, Jordi Doce, que prologó mi libro Estatuas de sal, aquellas cartas que escribí durante un mes desde que llegó el puto virus –tú eres el destinatario, creo recordar, de alguna de ellas–, dice de Paul Auster que la escritura es ante todo mirada, una forma de mirar y un lugar desde el que seguir el mundo. Y Stendhal decía aquello de que la literatura está en el detalle. Y Pla insiste en lo del detalle, y que todo lo demás es fumosidad. Yo empecé a escribir por encargo de nuestro común amigo Manuel V. González, ‘Manolo Cerebro’, y porque había leído ‘El cuaderno gris’ de Pla. Y hay que leer su ‘Diccionario de literatura’, que recopiló Valentí Puig. Ahí se dice que la literatura no es más que un esfuerzo contra el olvido. Sí, detalles y observar. El otro día, paseando por el Espolón con Mar, mi mujer –que pasa al ordenador todos mis libros– le dije que ella era la mejor correctora y dueña de un sentido innato para la sintaxis. Pero que le pasaban desapercibidas cosas que son necesarias para darse a la escritura. Había un cono de esos de obras en la cabina de la ONCE, encima de ella. Después de una juerga alguien lo lanzó allí. Lo hemos visto yo, y puede que un poeta amigo que vive más arriba. Nadie más, ni vecinos ni empleados municipales de limpieza. Puedes anotar ahí que hago visitas guiadas por el León insólito de los detalles mínimos.
– El libro parece dialogar constantemente entre la realidad y la narración. ¿Dónde pone Avelino Fierro el límite entre el documento, el recuerdo y la creación literaria?
– Modestamente, hay poco de creación literaria en el libro. He escrito algunos cuentos por encargo; todos están muy apegados a la realidad, a mí lo que pasa o veo alrededor se me pega como un chicle en el zapato. Hago esfuerzos, no obstante, en tratar de describir los cambios de luz, los personajes de la noche, la vida que pasa. Leo sobre todo poesía, porque ahí está –no sé quién lo decía– la música anterior al concepto, el runruneo metafísico. Pero soy incapaz de escribir un poema medianamente aceptable. Qué frustración. Al menos, creo que algo de eso se cuela en mi prosa. Pero no tanto como para decir de mí –como dijo de mi libro ‘Calendario mi amigo’ José Enrique Martínez– que soy un místico actual. Baudelaire dijo aquello de «Sé poeta, aun en prosa».
– A lo largo de su trayectoria ha cultivado un estilo muy personal, sereno y reflexivo, alejado del ruido y de las modas. ¿Es más difícil hoy escribir desde la calma en una sociedad tan acelerada?
– Hace un par de años–cómo pasa el tiempo, ¿verdad?– escribí ese librito para mi amigo Héctor Escobar, para su editorial Eolas, ‘La belleza del caminar’. En él hago reflexiones literarias y hasta un pelín filosóficas sobre la importancia de la lentitud para escudriñar el mundo, para intentar atisbar también algo del porvenir, para buscar la niebla como en el poema de Auden, «enemiga implacable de la prisa». Mira, ahora me acuerdo de Robert Walser, paseante lento en todas las estaciones, que escribió ‘Vida de poeta’. Y de Claudio Rodríguez, que rumiaba sus versos mientras caminaba. Julio Llamazares tiene frases hermosas sobre la quietud –que es dulce y azul, dice– y el tiempo pausado. Estamos en el tiempo de la inmediatez y de la superficialidad; recomiendo aquí ese libro de hace años que a mí me dejó muchas cosas claras. Es el de Nicholas Carr, ‘Superficiales’, que tiene un subtítulo «¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?». La respuesta estaría en el título de otro libro de un autor francés –no recuerdo ahora su nombre–, ‘La fábrica de cretinos digitales’. Y no nos pongamos a hablar de eso de la IA, que mete mucho miedo. Pero a la inmensa mayoría parece darle todo igual. Se busca el entretenimiento y poco más. A los organizadores y al personal les parece estupendo que un tal Bob Pop sea el «artista invitado» de esta última Feria del Libro de León. Yo miré en Google para ver quién era ese personaje. Salían unas fotos suyas y, al lado, un enlace a YouTube en lo que parecía ser una entrevista, que principiaba con una frase: «Llevo cinco años sin ponerme calzoncillos». No tengo nada que añadir a esa declaración programática, de fino lirismo y alto contenido intelectual.
– Muchos lectores destacan de sus libros la capacidad para convertir historias locales o cercanas en relatos universales. ¿Hasta qué punto sigue siendo importante escribir desde territorios como León o Zamora sin complejos frente a los grandes centros culturales?
– Aquí me lo pones fácil. Es obligado citar a Miguel Torga, el médico, poeta y diarista portugués: «Lo universal es lo local sin muros», o sin paredes o sin complejos. Para llegar a lo global no es necesario borrar las raíces ni desarraigarse. Sabes que Unamuno y Ortega repetían aquello de que el paisaje urbano y el de los pueblos castellanos eran recordatorio y metáfora de la eternidad. Los personajes de Pavese, los jóvenes de sus cuentos, se pasan las tardes al lado del río Po, no son de muchas idas y venidas. Esos también son los veranos de nuestra infancia leonesa. Azorín es un escritor estático. Luis Mateo Díez coloca a sus personajes en cuatro calles de una ciudad de provincias, una ciudad simbólica, y consigue hacer de ellos personajes legendarios. Yo siempre cuento esa tontería: Está Marcos Parra, el periodista narrador de ‘Las estaciones provinciales’ en la Plaza de las Cortes y ve llegar a dos tipos: «Hombre, ahí vienen Avelino y Llamazares, la Sindical da la cara».
– Después de tantos años escribiendo, leyendo y observando vidas ajenas, ¿qué ha aprendido Avelino Fierro sobre las personas que no hubiera aprendido únicamente ejerciendo el Derecho?
– Fue Christopher Hitchens el que dijo que todos llevamos un libro dentro. Y añadió, con ironía y mala leche, que es ahí donde debía permanecer en la mayoría de los casos. Era amigo de Martin Amis, que vino a León traído por los Leteos. Sí, todos tenemos una novela, el ‘clochard’ y el picapleitos. Yo no escribo novela, lo sabes. Empecé una hace unos meses y no sé dónde metí aquellos quince folios. Escribo a mano. Hemingway decía que había que escribir con lápiz y así podías corregir más veces. Escribo a mano y escribo diarios. Ando últimamente de pareja artística con Tomás Sánchez Santiago. Para un acto literario de hace un par de semanas en Oviedo al que los dos acudimos para hablar de la escritura fragmentaria, Tomás escribió unos folios en los que distinguía bien al público lector de los diarios y al de las novelas. Los primeros intervienen de modo más activo en la entraña del libro, al ser contemporáneos, al vivir la misma actualidad de quien lo escribe. Yo no es que deteste, como Umbral, la «odiosa premeditación» de la novela. Es que el diario va mejor –como decía Baroja– con mi fondo sentimental de escritor. No me veo de escritor, sino de plumífero. No soy metódico, escribo algunos viernes por la tarde y a ratos perdidos. Umbral me daría un palo cuando decía aquello de que nunca había creído en los escritores de domingo y que la obra no puede estar hecha de recortes de tiempo y de tardes de ocio. Ah, permíteme un poco de publicidad, ya que hemos venido a hablar de mi libro. Se ha reeditado esa novelita de Umbral, ‘Días sin escuela’, que había estado perdida. Hay una exposición sobre ella en el ILC. Yo hice las ilustraciones para ese libro.