Aquella vida de las gentes del campo: Viudas de vivos, mujeres que cargaron con todo

Las mujeres leonesas del campo en los años setenta son las protagonistas; viudas de vivos, mujeres que sostenían casas en las que los hombres habían emigrado

09/03/2026
 Actualizado a 09/03/2026
La vida en el campo en los años 70 en León. | FERNANDO RUBIO
La vida en el campo en los años 70 en León. | FERNANDO RUBIO

En la elección de estos temas de los lunes a seis manos, dos para el texto, dos para los recuerdos y dos para las fotografías ocurre un poco de todo: Fernando tiene mucho material y una visión coincidente en los recuerdos compartidos, otras veces discordante o diferente o, como hoy, complementaria... con fotos siempre numerosas y que también hablan, cuentan y sugieren.    

Hoy se suman todos. El tema muy apropiado para estas fechas de celebración de la mujer, de las mujeres: Las gentes del campo, especialmente las mujeres, las que Rubio llama «las viudas de  vivos», dejando clara una reflexión común y compartida: Ellas cargaban con casi todo. «Cuando comencé a trabajar en la prensa y gracias a tener que moverme por toda la provincia, pude valorar el enorme trabajo de la gente del campo, gracias al cual la ciudad estaba abastecida de alimentos. Y a su vez me di cuenta de que en casi todos los pueblos faltaban hombres, que habían tenido que salir del pueblo para buscar el sustento suyo y de su familia».

Fernando había conocido el mundo rural ‘desde afuera’, cada dos años veraneaba con su familia en la montaña de Cármenes y muchas veces ayudaba a aquellas gentes en las faenas del campo. «Pero claro, para mí aquello era casi una diversión, un entretenimiento; para tus paisanos era un trabajo, y duro». 

Era la década de los setenta unos años de emigración, cercana (a León, a Bilbao, a Cataluña...) o lejana (a Europa, ya había pasado el boom de América). Todos se iban con la intención de regresar con su familia y a su patria chica, con dinero para empezar una nueva vida. En contraste con estas migraciones actuales, los españoles en su mayoría eran reclutados a través del Instituto Nacional de Emigración que era el encargado de poner en contacto y vigilar la contratación entre las empresas solicitantes y los trabajadores y ayudarles en el extranjero». 

Una emigración que, además de esperar el regreso, vio el ‘retorno’ de muchísimo dinero pues prácticamente todos los ahorros tenían viaje de regreso. «Unos lo traían al final de su etapa de emigrante, otros lo iban enviando regularmente; pero no podemos olvidar que esta situación tenía con un coste sentimental muy alto tanto para los que emigraban como para los que se quedaban en el pueblo esperando el regreso de los que se iban».

Es por lo que hoy, en las cercanías del Día Internacional de la mujer, es muy buen momento para resaltar el valor y esfuerzo de las mujeres de estos campos de León que tenían que asumir las funciones de los hombres que habían marchado lejos a buscar el pan y la sal. Recuerda Rubio cómo «en el campo español de los años 60 y 70, la vida era un ejercicio diario de resistencia. Las jornadas eran interminables, la mecanización llegaba tarde y mal, y los servicios públicos apenas existían. En ese escenario, hombres y mujeres trabajaban hasta la extenuación, cada uno desde un lugar distinto, pero igualmente duro». Y cree Rubio que es una simplificación simplista entrar en comparaciones, en enfrentamientos de género. «No hubo una “opresión masculina” deliberada que cargara a las mujeres de trabajo: hubo pobreza, atraso y un país que obligó a los hombres a marcharse y a las mujeres a sostenerlo todo. Mis fotografías de aquellos años —tomadas mientras recorría pueblos y caminos, desde La Cabrera al Páramo, pasando por la Maragatería, Tierra de Campos y la Montaña y el resto de Tierras leonesas, como reportero gráfico— son testigos de esa verdad».

Y acude a esa imagen que ha llamado ‘viudas de vivos’, para dibujar esa situación que se vivía en la provincia: «El marido estaba vivo, sí, pero lejos: en una fábrica de Bilbao, en una obra de Madrid, en una mina alemana o en un barracón suizo. Ellas quedaban solas con la tierra, los animales, los hijos, los mayores y la casa. No fue un reparto de tareas decidido por los hombres, sino impuesto por la necesidad. Ellos enviaban giros postales; ellas mantenían en pie la familia».

Y aporta otra forma de dibujar la situación que se vivía, observar detenidamente sus fotografías, fijarse en «sus manos agrietadas, sus cuerpos doblados por el esfuerzo, sus miradas que no pedían nada pero lo decían todo. No había lucha entre géneros: había supervivencia». 

Una situación que miraba con ‘envidia’ a aquella Europa cercana que avanzaba, a la que emigrábamos. En versos que firma A. Quiricollo diría, dice: «En aquellos pueblos donde el viento barría las eras, / las mujeres eran columna y raíz. // Ellos marchaban para traer pan; / ellas se quedaban para sostener la vida. / En sus manos cabía la tierra entera, / en sus espaldas el peso de los días, en sus ojos la espera y la certeza».

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