«Don Máximo Quijano ha dado ya principio a su hermosa Villa (se refiere a El Capricho de Comillas), cuyo plano he tenido el gusto de ver y es una preciosidad en conjunto y un capricho del arte. Rico indiano […] solterón, amante de los buenos libros, de la buena cocina y de los adornos exitosos, elige al entonces inédito arquitecto para su particular folie».
(‘El Cántabro, 25 de abril de 1883).
Quien fuera natural de esta hermosa villa cántabra, Máximo Díaz de Quijano (1818/1885), pudo ver con sus propios ojos como se convertía en destino de veraneo de la familia real de España, gracias a la generosidad del primer marqués de Comillas Antonio López López, durante las “temporadas de baños” de 1881 y 1882. Los regios invitados habían llegado por ferrocarril a la Estación del Norte de Santander. Sus andenes estaban cubiertos por una marquesina metálica salida de los talleres de Gustave Eiffel. La arquitectura del hierro, una bella combinación de genio e ingenio, muy de moda en el siglo XIX con la Primera Revolución Industrial, se había extendido por toda Europa a partir de la Exposición Mundial de Londres (1851). [ver artículo: ‘Antonio Gaudí (y la Exposición Universal de Barcelona, 1888)’].
Un medio de locomoción, el ferrocarril, del que se privaría a Comillas, a pesar de que en su Consistorio y en Sesión ordinaria del 10 de julio de 1881 se acordaba «… a sí mismo buscar acogida en la valiosa protección del Exmo. Sr. Don Antonio López y López preclaro hijo de este pueblo, dirigiéndole atento suplicatorio para que se digne gestionar y favorecer con su eficaz apoyo e influencia la idea del trazado por este término municipal». (Archivo Municipal de Comillas. Libro de Actas 1877/1881).

En ese año (1881), la villa comillense se las prometía muy felices con la presencia del rey Alfonso XII y se adornaba con esplendor para recibir a la Familia Real: arcos del triunfo, cocheras, caballerizas, columpios y trapecios. Todos estos espacios lúdicos formaban parte de una «arquitectura efímera» que no sobreviviría mucho más allá del final del verano. Si bien el arco del triunfo -diseñado por el arquitecto Cristobal Cascante-, iba a durar lo justo en la consideración de los monarcas aquello que tardasen por pasar debajo del mismo, el kiosco de otro joven arquitecto catalán llamado Antoni Gaudí, sirvió para amenizar las fiestas toda la época estival. Desde el instante en que el empresario don Eusebi Güell y Bacigalupi (en 1840 fundó en Sants la fábrica El Vapor Vell, que consiguió la exclusiva de la fabricación de telas de panas en España) se fijo en aquel joven e inexperto arquitecto (ver capítulo: Antoni Gaudí y Mister Güell), compartiría con Gaudí los ideales de la Renaixença y le abriría las puertas del millonario naviero, don Antonio López, quien al mismo tiempo era su suegro (casado con su hija Isabel López Bru).
En Gaudí recaería el diseño del mobiliario a realizar por los talleres barceloneses de Eudald Puntí (dos grandes sitiales, un confesionario, dos relicarios y seis bancos, todos de madera de nogal) de la capilla-panteón neogótica próxima al Palacio de Sobrellano. Así pues, el 28 de agosto de 1881 se inauguró por el rey Alfonso XII la capilla sepulcral. Con ser un hito importante para Comillas, no lo fue menos que un año después, en las segundas jornadas regias (de1882) sucedió un hecho insólito: «...cumple consignar en esta Sesión y Acta de su referencia el acto más solemne e importante que tuvo lugar en los salones de esta casa consistorial en la noche del veinte del que cursa, bajo la dirección del inteligente electricista Sr. Ruiz y Torres que […] ofreció a un numeroso y escogido público la novedad de una conferencia científica sobre las diferentes aplicaciones de la electricidad, iluminando al efecto con diez luces de incandescencia la sala capitular […] La velada se amenizó con otra parte recreativa, terminando con los placement generales que le tributaron al iniciador Sr. Ruiz que ha ofrecido a este pueblo la conmemorativa ocasión de haber sido su casa consistorial la primera de España que ha disfrutado de la instalación de la luz eléctrica…». (Libro de Actas de 1882/1886).

Los brillantes acontecimientos sucedidos en Comillas en esos años, se pueden interpretar como un ensayo de lo que sería la Exposición Universal de Barcelona de 1888 y un avance del Modernisme; época, pues, donde los nuevos ímpetus de la burguesía, enriquecida con el comercio de las colonias americanas, están a punto de coger el testigo de la declinante aristocracia. Tiempos donde los primeros diseñadores y arquitectos luchan todavía por superar los eclecticismos y revivals esteticistas del fin del romanticismo. En ese elenco de jóvenes y prometedores arquitectos, prestos a romper con el pasado, se encuentra Antonio Gaudí y sus compañeros de promoción: Cristóbal Cascante y Camil Oliveras.
En ese entorno social de fastos y prosperidad se desenvuelve el indiano Máximo como pez en el agua. La música era su mayor afición y se le considera el autor de Tonadilleras y cupletistas. Podemos imaginarnos las largas veladas musicales organizadas en los jardines de la señorial casa de Ocejo, residencia de los monarcas españoles, donde don Máximo, de aspecto agradable a la vista y modales atrayentes para las mujeres, fue uno de los focos de atracción en la gran algarabía, tocando el piano. En agradecimiento al trato dispensado por sus paisanos comillenses, Quijano decide construirse una «torre de veraneo» que la prensa del lugar tildó de «capricho del arte». El diario El Cántabro aporta una valiosa información: «La preciosa finca de D. Máximo Díaz Quijano también va tomando vida: sólo falta la torre, pues el bosque y jardines, así como el puente rustico y las cuevas y grutas tocan ya a su conclusión...».

Sin conocer otras aficiones del propietario que la de su afición a la música, Gaudí se adelanta a su época y diseña, en su estudio de arquitectura, en la calle del Call, 11-3 de Barcelona, una maqueta que entregará a su amigo Cascante. Tirando pacientemente del hilo que desentrañaría todo el ovillo del misterio que rodeaba a su cliente, dedujo que los «motivos musicales» deberían estar presentes en los elementos decorativos (ventanas armónicas, vidrieras con motivos musicales, barandillas de forja con la clave de sol, y las cenefas en la fachada que imitan un pentagrama). Mas, no solo se conoce a El Capricho por su metáfora musical, sino, también, por la «doble funcionalidad» de algunos elementos, como los balcones de hierro forjado que se convierten en bancos que miran al interior o los capiteles que se convierten en maceteros. Con ser importante lo dicho hasta ahora, y siguiendo al pie de la letra las palabras de Gaudí, «La arquitectura es el primer arte plástico; la escultura y la pintura necesitan de la primera. Toda su excelencia viene de la luz. La arquitectura es la ordenación de la luz», sabemos que lo que más caracteriza a este chalet neomudejar (uno más dentro de los estilos historicistas del siglo XIX) es el tratamiento que se da a la orientación de las dependencias, en función del movimiento del sol.

Desde el orto hasta el ocaso, las dependencias de la planta noble se suceden alrededor de un invernadero con paredes de vidrio. Según los recuerdos de la infancia que mantenía el arquitecto Josep Lluis Sert -nieto del segundo marqués de Comillas Claudio López y de Benita Díaz de Quijano, hermana de don Máximo-, se sabe que: «El plano de El Capricho era abierto y libre. […] La luz entraba por todas partes. Había grandes aberturas entre una y otra habitación, provistas de puertas plegadizas; el exterior era de ladrillo decorado con azulejos, y en cada azulejo aparecía un único motivo, a saber, un gran girasol en acentuado relieve». A lo cual hay que añadir, dando un salto en el tiempo, la opinión de Antonio Sama, autor de El manifiesto del girasol (Edita Universidad de Cantabria, 2014), que: «Si de la planta (noble) decíamos que era la representación del programa, la distribución es el proceso de la composición arquitectónica que atiende a la satisfacción de las necesidades determinadas por aquel. Programa y distribución son, pues, las dos caras de una misma moneda...».
Como fueron las dos caras de una misma moneda, la del arquitecto Gaudí y la de sus colaboradores. Si Cristóbal Cascante fue el arquitecto que materializó el diseño de la maqueta gaudinista, el encargado de obras José Pardo i Casanovas -como más adelante Claudí Alsina (Casa Botines) o Policarpo Arias (Palacio Episcopal de Astorga)-, será quien incorpore sus conocimientos artesanales para llevar a buen puerto la primera obra de Gaudí lejos de Cataluña. Prueba de la absoluta confianza depositada en él fue que, pasados dieciocho años, en 1902, Antoni Gaudí decide recurrir a José Pardo para edificar la «casa de muestra» que servirá para dinamizar las ventas del proyecto de urbanización del Park Güell.
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