«Yo tengo esta cualidad de ver el espacio porque soy hijo, nieto y bisnieto de caldereros. Mi padre era calderero; mi abuelo, también; mi bisabuelo, también; en casa de mi madre eran caldereros; su abuelo era tonelero (que es lo mismo que calderero); un abuelo materno era marinero, que también son gente de espacio y situación. Todas estas generaciones de gente de espacio dan una preparación».
(‘Aproximación a Gaudí’, Bassegoda i Nonell, Joan (1992), Doce Calles/ Cátedra Gaudí, Barcelona).
El arquitecto había fechado los planos de la casa Fernández y Andrés en Barcelona a diciembre de 1891 y el día 31 del mismo mes eran aprobados por el Ayto. de León, después de un largo y enconado litigio. Nos hallamos de vuelta al año 1892 [ver capítulo: ‘Gaudí y la casa que modernizó León (1ª Parte)’]. El proceso de construcción fue tan rápido que la excavación para sótanos y cimentación quedó terminada el 4 de abril del año en curso, como consecuencia de una más que acertada provisión de materiales en la época invernal.
Según crecía «la casa» desde los cimientos, al unísono la ciudad resplandecía bajo la luz artificial. De todo lo relacionado con la electricidad se había encargado D. Marcelo Armengól, nombrado Secretario de la Sociedad Eléctrica Leonesa que tenía contratado el servicio público de León (Archivo Municipal, 05/07/1888). Más adelante, el Sr. Gobernador Civil instó al Ayto. a instalar «luz eléctrica» en el Teatro Principal, para mayor seguridad de todo el público; y cuatro años después, ya disponía de alumbrado eléctrico. El 28 de julio se da cuenta (Archivo Municipal de León) de que el Excmo. Sr. D. Práxedes Mateo Sagasta se halla en León y la Corporación Municipal «cede el palco del Ayto. para que asista a la función teatral de esta noche en el Teatro de la Capital y luego celebrar un banquete».
Para entonces, con la feliz presencia de Antonio Gaudí, parecía que todos los adelantos, largamente esperados, afloraban a la luz. Seguramente «la casa» ya tenía un aspecto moderno que causaba conmoción en León. César Martinell nos hace una descripción de las utilidades que del inmueble se esperaban: «Se trataba, como sabemos, de un gran inmueble destinado en planta baja y semisótano al negocio de tejidos y a viviendas en cuatro plantas altas, en un solar aparentemente rectangular, con sus caras libres. Atendiendo a la máxima utilidad del edificio el arquitecto aplicó por primera vez lo que después se ha llamado «planta flexible» en las dos destinadas a negocio, que sostienen sus techos mediante 26 pies derechos de fundición». Y añade en su obra ‘Gaudí (su vida, su teoría, su obra)’: «El inmueble está rodeado por fachada principal y una lateral, por un foso de iluminación semejante al que hemos visto en la cripta de la Sagrada Familia y en el Palacio (Episcopal) de Astorga».

El foso está protegido por una verja de forja, que, debido a un primer error de trascripción -repetido sistemáticamente a lo largo de los años y en diferentes publicaciones (libros, artículos, etcétera)-, no hace honor «el nombre» a la verdadera empresa gijonesa; industria que recibió el encargo de realizar el «diseño gaudiniano». Un claro ejemplo lo tenemos en el siguiente texto: «…los talleres de la Nessler Raviada y Cia., de Gijón, (ejecutaron) la verja que protege el foso circundante del edificio, en la que es preciso apreciar el juego de encruzamientos de las pletinas y el remate de pinchos muy semejante al diseñado por Gaudí para la Casa Vicens de Barcelona».
Con ser importante el dar a conocer el verdadero nombre de la fábrica que llevó a cabo el diseño gaudiniano, llevado a Gijón por Claudi Alsina -quien se trasladó por tren en el año 1892-, no lo es menos desvelar los orígenes de la empresa Kessler, Laviada y Cía y su capacidad para llevar a cabo el encargo. Hijo y nieto de caldereros, los diseños del genial arquitecto de Reus se intuían difíciles y complejos en su ejecución, por lo que, ante la imposibilidad de ser realizados en León, el maestro de obras acudió a La Ciudad del Vapor.
Así titulan su libro Paz García Quiros y José Mª Flores Suárez, refiriéndose a la por entonces industriosa Gijón y nos informan que pronto darían un giro radical a su negocio con nuevos productos. El mismo año en que Antonio Gaudí diseña el primer proyecto del Palacio Episcopal de Astorga (1887) la fábrica ha cambiado de nombre y tiene dos socios, Julio Kessler y Juan Laviada, cuya actividad empresarial se decanta hacia las obras de fundición. La intención primera de Julio Kessler fue fabricar artículos de cocina de hierro fundido con baño de porcelana, pero, ante las dificultades técnicas del momento, se inclinó por los productos de fundición y taller de cerrajería. Más adelante, se reanimará la línea de productos esmaltados y se pueden jactar que salga de sus talleres la primera máquina de España para la fabricación de hielo artificial.
Por su carácter difícil y exigente, Gaudí no concebía tener que simplificar sus diseños o aceptar un «no» como respuesta ante las «supuestas» dudas planteadas en los talleres de forja, a lo largo y ancho de la provincia de León, pues cabía la posibilidad de que no estuvieran a la altura de su ingenio o ambición. Y resalto lo de «supuestas», dado que este argumento aún está por demostrar. Lo cierto es que fuera de Cataluña solo había una empresa que pudiera realizar los esbozos o dibujos de una verja modernista salidos del «superior talento» de Gaudí.
En un artículo publicado en 1949 en la revista Templo, titulado 'Aspectos internos de la construcción del Templo (El arte de la forja)' de Federico Ratera, se resaltan varios aspectos relacionados con Gaudí, tales como: «La colaboración de todos los oficios en una empresa magna como es la del Templo de la Sagrada Familia, tenía que manifestarse íntimamente en el bello arte de la forja en hierro –de abolengo y reciedumbre en Cataluña- cuando intentara aplicarlo Gaudí. [...] Este herraje, cuyo principio y fin no ha podido ser reconocido por los maestros herreros, resume una técnica peculiar de los Forjadores Badía repetida en el ventanal heráldico del Palacio Güell de la calle Conde del Asalto. Está elaborada con «hierro belga», producto preferido por Gaudí debido a su elasticidad y resistencia al retorcido y flexionado exigido por la concepción característica de sus obras…». [Ratera, F, 1949: 2 y 3].

Con estos datos, creo haber dejado al menos planteada la «conexión belga» que nació de las altas exigencias de Gaudí y exonera de toda culpa la capacidad creativa de los «talleres de forja» leoneses, al no disponer del hierro. Queda por saber, no obstante, si el laborioso montaje de la verja se realizó a pie de obra –con el consiguiente traslado de maquinaria y personal cualificado– o si esta llegó a la Estación del Norte de León por módulos, que se ensamblaron y remacharon frente a la fachada de la Casa Botines. Las sucesivas obras de mantenimiento y reparación durante el siglo XX, hacen difícil llegar a tomar partido por una u otra propuesta.
El azar rara vez ofrece una segunda oportunidad a quien no alcanza a coger al vuelo las propuestas que sutilmente lanza al aire. Sin duda, Gaudí sabía mejor que nadie cómo aprender de la mejor escuela de la vida, que no es otra que la naturaleza, tras un largo transitar por los caminos de la experiencia personal, sacando «con la superioridad de su talento» lo mejor de sí mismo en cada proyecto. Igualmente sabía, ante el asombro de sus congéneres, donde acudir para superar todos los obstáculos que se interponían ante sus enrevesados diseños: en Gijón.
No sería la última de las dificultades salvadas por el ingenio y buen hacer de Gaudí, con la confianza puesta en su maestro de obras Claudi Alsina (luego de solventarse los litigios que el Ayto. de León había interpuesto a los promotores Simón Fernández y Mariano Andrés, a lo largo del año 1891). Durante las obras se tuvo que apuntalar las ménsulas de los torreones y ello suscitó las críticas de algunos ingenieros leoneses, que dudaban del tipo de cimentación elegida. Inducida por aquellos, la chavalería cantaba por las calles: «¡La casa Botines se cae, se cae!».
Gaudí pidió que aquellas críticas se hicieran por escrito y que él las colocaría a la entrada del edificio. Prueba de una seguridad infinita en sí mismo…, quizá por haber aprendido de sus mayores a ser «gente de espacio y situación», firmeza que se resquebrajaría un año después. Tiempo aquel, de 1893, en el que don Mariano Sanz accedía al cargo de alcalde de León (el 25 de diciembre de 1892) para ver con no disimulada decepción como la obra proyectada por Gaudí tomaba cuerpo y deslucía gran parte de la fachada del Palacio de los Guzmanes, ante la desleal pasividad de la Comisión de Monumentos provincial y la Diputación, que no supieron o pudieron hacer frente a las expropiaciones del «jardinillo público».
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