Antonio B. 'El Rojo', el Papillón leonés: La dura vida del cabreirés que se convirtió en libro

Fernando Rubio no tiene duda de que uno de los reportajes que más le marcó, tal vez el que más, fue la presentación de la novela sobre la durísima vida del cabreirés Antonio B

18/05/2026
 Actualizado a 18/05/2026
Rubio se las ingenia para que los barrotes de la cárcel tapen la cara de Antonio y mantener su anonimato. | FERNANDO RUBIO
Rubio se las ingenia para que los barrotes de la cárcel tapen la cara de Antonio y mantener su anonimato. | FERNANDO RUBIO

En estos días que se celebra la Feria del Libro llegan a las estanterías y presentaciones libros de todo tipo. Muchos, algunos al menos, recrean historias reales, vidas de novela... mirando hacia este género una obra en los años 70 que es el paradigma del género, seguramente una de las vidas más duras que se han contado en un libro, tanto que se habló de ‘El Papillón leonés’ y había poco de exageración, el protagonista era el cabreirés Antonio Bayo, el narrador de su historia el conocido novelista vasco Ramiro Pinilla y el título de la novela ‘Antonio B. El Rojo’. 

Y como la novela es de los setenta, ese archivo vivo que es Fernando Rubio también tiene fotos del citado Antonio, conoció la novela y hasta tenía un pacto de honor con el protagonista para no desvelar su cara... aunque sí una de sus manos, sin dos dedos, que también era una seña de identidad del cabreirés y la protagonista de la portada de aquella primera edición. Lo tiene grabado en su mente Fernando: «Hay momentos en la vida de un fotógrafo en los que el peso de la realidad desborda por completo el encuadre de la cámara; a mí me sucedió en diciembre de 1977 cuando acudí con Camino Gallego  a cubrir la presentación de un libro descomunal de setecientas páginas, escrito por Ramiro Pinilla, sobre este personaje de tintes casi legendarios al que llamaban Antonio B. El Rojo. Pero al llegar, la literatura se desvaneció de golpe. Frente a mí no estaba el protagonista de una epopeya clandestina; estaba el hombre».

La descripción del personaje lo dice casi todo: «Sentí una conmoción profunda al mirar a los ojos a alguien visiblemente tocado por la miseria absoluta, un ser humano a quien la fortuna había abandonado desde la cuna y cuya vida exhalaba un dolor sordo, acumulado durante treinta años de desamparo. Escucharle hablar no era oír un relato de aventuras presidiarias, sino asomarse al abismo de quien había conocido el frío extremo de los manicomios y los rincones más oscuros de las cárceles. Y, sin embargo, en mitad de aquella biografía rota, emergía un destello de sobrecogedora humanidad: aquel hombre, condenado al analfabetismo por el hambre de La Cabrera, había aprendido a leer y a escribir entre rejas gracias a la bondad inesperada de un funcionario de prisiones. Aquel gesto solidario era su mayor tesoro». 

Reconoce Fernando que fue la ocasión que más se alejó de su profesión, que sintió la necesidad de aparcarla. «Mi papel esos días dejó de ser el de un mero cronista gráfico. Mientras recorríamos León, me convertí en el testigo silencioso de una catarsis. A través del objetivo de mi cámara, no solo registré imágenes; percibí, con intensidad, las emociones contenidas y las reacciones de Antonio al volver a pisar los mismos lugares donde tanto había sufrido».

Y firmó con él un pacto que seguramente no aceptaría con otros, el del anonimato: «Antes de la rueda de prensa se nos informó de que  Antonio B. no podía ser fotografiado de cara. Tenía que permanecer en el anonimato. Había rehecho su vida en Bilbao algo que su propia tierra le había negado... Pero, por encima de todo, había una razón sagrada: su madre, de 76 años, aún vivía en La Cabrera y no sabía nada del libro. El anonimato era el único escudo para protegerla».

Ya no vive su madre. Han pasado décadas, hay fotos de Antonio B. pero Fernando no va a mostrar su rostro, el pacto sigue vigente. Además, tenía su famosa mano. «Trabajando con el fogonazo del flash, capturé un instante que resumía toda su existencia. Antonio se refugió detrás de la portada de su propio libro, fundiéndose con el dibujo de esa mano alzada que clamaba justicia. La fotografía contenía su verdadera identidad. De detrás del papel asomaban sus manos. Unas manos marcadas por la fatalidad de un día de nieve en el que se le reventó una escopeta de caza por tener los cañones obstruidos. A esas manos les faltaban varios dedos. No hacía falta ver sus ojos ni sus facciones; aquella amputación parcial, lejos de denotar debilidad, mostraba el agarre firme de quien ha resistido los embates más duros. Esa imperfección física era su huella dactilar existencial, su firma auténtica ante mi cámara».

Esa mano sin sus dos dedos era, asimismo, la portada del libro, como se ve en la composición de Fernando. No mostraba su cara pero hablaba con gran claridad y valentía; recordaba que fue un hambre atroz que le empujó al robo y le llevó a pasar tres y cuatro días sin probar bocado, viéndose obligado a comer raíces de berza cocida, una trucha cruda recién pescada o un gato desollado en mitad de la nada. «Me dieron en llamar ladrón, ladrón, ladrón. Cuando iba a trabajar un día, sabía que al siguiente ya no iba a tener trabajo, y entonces tenía que coger algo para poder comer al día siguiente... por eso no me llamaban otro día».

Defiende Rubio que demostró la grandeza de los humildes cuando respondió sobre los culpables de esa biografía tan espeluznante: «Doy la culpa a toda la sociedad y no doy la culpa a nadie. Pido perdón a todos los que hice daño y que me perdonen a mí. Aquellos años había unas personas que tenían que haberme ayudado, metiéndome en un reformatorio y dándome un oficio».

Decía sentirse vasco porque aquella tierra le dio lo que le negó la suya. Fernando y Camino recorrieron con él la ciudad, los espacios de sus recuerdos, allí donde había dormido al raso...: «Habló con los conductores del coche de línea de La Cabrera, viejos conocidos que recordaban los tiempos de pesca. Pero el verdadero clímax de la jornada llegó cuando nos detuvimos en la plaza de Puerta Castillo, frente a la imponente y lúgubre mole de la Cárcel Vieja, cruzar ese umbral provocó una catarsis. Antonio se convirtió en el cicerone de nuestro grupo por las estancias del horror y nos guío por el patio de las mujeres, nos señaló el punto exacto por donde intentó fugarse junto a un compañero, nos metió en las cocinas y nos mostró el patio de los hombres donde jugaban al frontón, dejando caer una frase que congeló el momento: ‘Aquí jugábamos... y a mí se me escapaba la pelota entre los dedos que me faltan’».

El resto del recorrido, por otras plantas, por la cárcel nueva, es imaginable, parecido, duro. Pinilla explicaba que «una sociedad que es capaz de sacar un ejemplar como Antonio B. es una sociedad que hay que plantearse, porque algo pasa» y el propio Fernando remata los recuerdos de una noticia que no olvidará jamás con otra reflexión sobre su oficio: «Entendí que mis imágenes no estaban allí para revelar un rostro prohibido, sino para dar testimonio de las cicatrices invisibles de un hombre que, a pesar de todo y contra todos, consiguió sobrevivir para contarlo».

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