La realidad, a veces, viaja con las alas muy abiertas ayudada por ese viento que es capaz de mover, sin mojarse, las hojas de los árboles; hace correr más deprisa las corrientes del agua o anula las sombras de las esquinas geométricas. Una realidad pura; tal vez virgen. Y no se esconde jamás cuando la propia vida dispone de un ser vivo para continuar manifestándose. Algo, y siempre, se mueve en ella, aunque tenga raíces por pies o utilice los sueños de un profundo letargo para alargar la frescura que ofrecen los inviernos más severos. La respiración pausada; el paso de la sangre o de la savia; un corazón que ama; unos labios que sonríen o unos ojos que salpican lágrimas de emoción, triste o alegre, en busca de una cálida pasión. Arte.
Amancio González, leonés él de Villahibiera de Rueda, dispone de una garra artística especial. Y aparece ante tus ojos como una persona incansable. Lo mismo lo ves utilizando un cincel, golpeado por un grueso mazo, que extendiendo, con una brocha, el color de una pátina con los movimientos de un huracán mientras te habla:
–Un caballo que corre puede apoyarse en tres patas, en dos, en una o, durante un instante, en ninguna. El tiempo que permanece suspendido depende de la coordinación de sus músculos, de ese complejo acuerdo entre fuerza, equilibrio y movimiento. Entonces ocurre algo extraño: una masa considerable deja de parecer pesada. Por un momento, queda suspendida.

Y al escucharle se detuvo el tiempo. Le miré. Me miró, y hasta su enorme perro mastín y su cachorrillo juguetón parecieron entender los serenos relinchos de sus caballos de bronce. Nada, entonces, allí, en su taller de Lorenzana, está muerto. Y todo parece salpicarte de una belleza extrema. ¡Ay…!
La próxima realidad para él le llegará por un camino de fiesta hacia la ciudad de León: Amancio González, para que se entienda, expondrá su particular ‘Anatomía de un caballo’ en la sala Ármaga (C/ Alfonso V, 6) del 4 de septiembre al 10 de octubre. Son entre doce y catorce piezas de las que yo mismo he podido disfrutar en una relativa primicia para presentar a los lectores de La Nueva Crónica.
Los caballos de Amancio son seres «vivos», sí, con una realidad apabullante, pero, y ahí radica su arte, se apoyan en la geometría para salir a la calle. Los cubos oxidados de acero corten prolongan el espacio o lo detienen; alargan la musculatura del equino o desplazan una parte de la morfología del animal para ser ellos los únicos protagonistas (como aquel de la virtuosa «J» o de la «L», dependiendo de la posición por donde se le mire). Y todo, absolutamente todo, gravita con una relativa quietud que logra agudizar los sentidos, especialmente el de la vista. Una chispa que ilumina para sentir el apoyo milagroso o la utilidad de los «músculos metálicos» en pleno funcionamiento. Caballos que cortan el viento o caballos que se sostienen en las patas traseras; caballos… Caballos «reales» y también algún que otro «animal» mitológico, como un tauro o un pegaso que, creciditos ellos, se balancean entre los espacios que delimitan unas barras de metal, para guardar, firmes, el perfecto equilibrio. Alto y grueso. ¡Uf…!
Me detengo para alabar la obra de Amancio González con una colección de suspiros. Una letanía de interjecciones silenciosas, en realidad, que denotan una enorme admiración, acompañadas por palabras esdrújulas escogidas con pinzas de oro para ponerla al sol que más calienta y airear, así, las pulsaciones que ofrecen los corazones de acero y bronce: ¡magnífica!, ¡espléndida!, ¡fantástica! o ¡bárbara! Tan bárbara como quiera cada cual para definir esta agrupación de bellos «animales artísticos» que, al surgir de las cuadras intelectuales del autor, salieron a «pastar» y a «trotar» por los campos leoneses en busca de nuevos dueños. Pura poesía, en un paraíso bucólico, donde la realidad se detuvo protegida por la piel marrón o verdosa de unos «seres vivos». Caballos que el tiempo logró domar, justo, en el redondel terroso que define, sin pausa, el verdadero reloj del arte.

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