Nadie duda de la calidad de la obra de Amancio González Andrés, aunque la intriga se plantea al enfrentarnos a una nueva exposición sobre hasta que punto llegará su creatividad expresiva. Como es natural en él, nunca defrauda y siempre deleita con nuevas visiones de una realidad natural por muy antigua que sea.
En esta ocasión Amancio aporta dos novedades, por un lado, el tema que da título a la exposición ‘Anatomía de un caballo’, del que ya nos ha hablado y por otro una visión novedosa del Cosmos. Incluye además piezas que ha ido elaborando a lo largo de su carrera en esa búsqueda del equilibrio explorando la ingravidez.
Sobre estas obras, el artista comenta: «En la ‘Anatomía de un caballo’ lo divido en varias piezas y juego con él, lo corto y una vez troceado expongo las propiedades del movimiento del caballo con formas geométricas puras». Además, incluye visiones de los caballos en espejo cuando uno se enfrenta al otro porque para él: «Lo más interesante de estas exposiciones es la composición, es decir la obra es la composición, como se complementa la parte geométrica con la orgánica».
Una vez ha terminado de hablar de la composición, pasa de lleno al planteamiento que ha hecho en sus últimas etapas, porque en general todas estas piezas tienen que ver con la ingravidez. «Si nos fijamos, todos los caballos están fuera de su eje de gravedad, provocamos una situación de alargamiento del caballo, de movimiento, pero siempre una parte se proyecta hacia adelante o detrás», aclara: «No me interesa llevar la escultura a su punto de gravedad, sino que lo desplazo». Y describe su propuesta del siguiente modo: «Normalmente en la escultura buscamos el centro de gravedad y lo llevamos a la base, a tierra, como un árbol. En este caso no, la base está desplazada y con ello provocamos una cierta inquietud en los espectadores, quienes se pueden hacer preguntas».
Realmente este es el movimiento simbólico de este animal, donde el centro de gravedad está desplazado, cuando el caballo salta está desplazado, pero lo que realmente aguanta el desplazamiento es el esfuerzo muscular del caballo. Se mantiene uno o dos segundos en el aire, pero gracias a ese esfuerzo y en esta exposición la mayoría de las piezas tienen esa cualidad. «Un caballo que corre puede apoyarse en tres patas, en dos, en una o, durante un instante, en ninguna. El tiempo que permanece suspendido depende de la coordinación de sus músculos, de ese complejo acuerdo entre fuerza, equilibrio y movimiento. Entonces ocurre algo extraño: una masa considerable deja de parecer pesada. Por un momento, queda suspendida», relata el escultor.

Por otro lado, su trabajo le lleva a las culturas más antiguas de la Humanidad porque cuenta con una serie de personajes que forman parte de la cosmología, como el Ícaro, o Pegaso, o Tauro saliendo del cinturón de estrellas de las Pléyades. Ante estas esculturas relacionadas con las cosmogonías que explicaban las constelaciones Amancio apunta: «Realmente yo no me estoy inventando nada, son dibujos antiguos que vienen ya desde Ptolomeo, el toro, Tauro es un dibujo antiguo, yo lo que he hecho es coger el dibujo y pasarlo a las tres dimensiones, también el caballo alado, Pegaso, así como Capricornio».
De esta forma hace una visión tridimensional de los dibujos que se hicieron en la antigüedad para explicar las constelaciones, reflejadas también en el Zodíaco y esto lo explica así el autor: «Todos ellos los vemos en libros antiguos de Astronomía. Las constelaciones salían del cinturón de estrellas, de las Pléyades y yo lo que hice es prolongar e inventarme alguna parte».
En esta parte también juega con la ingravidez, el animal está en el cielo, no hay nada que lo apoye. Los elementos inventados los hacían así por las estrellas, porque ellos unían las estrellas con rayitas y a partir de lo que ellos imaginaban creaban el personaje y sobre ese personaje preparaban los dibujos. Por eso se pueden ver dibujos de las constelaciones muy antiguos, de hace más de dos mil años.
Relaciona su trabajo –el pasar de los dibujos a las tres dimensiones– con el trabajo de Mercator, quien, para elaborar su mapa pasó de las tres dimensiones a las dos, al plano, y su propuesta sigue funcionando todavía a día de hoy. Tiene gracia este hombre que desarrolló una fantasía que dura hasta hoy y su proceso fue a la inversa de lo que hace hoy Amancio.
Por último, el artista reflexiona sobre su obra: «La escultura nace de un juego, porque nace de algo que no conocía, entiendo que a veces cuando trabajo es como un juego. Es cierto que hay dibujos de constelaciones y zodiacos, pero la escultura es mía y ha salido de mi propia idea». Ese juego que le ha traído hasta esta etapa de su vida se refleja en esta exposición, en la que, aparte de esos dos temas novedosos se pueden contemplar esculturas anteriores que forman parte de esa búsqueda de la ingravidez. «Hace años que intento hacer un caballo que me guste», confiesa el autor: «Cada escultura es, en cierto modo, la continuación de un deseo que todavía no ha encontrado su forma definitiva. Para conseguirlo he tenido que alterar su anatomía, desplazar su centro de gravedad y llevar el cuerpo hasta lugares que quizá un caballo real nunca ocuparía».
La exposición de Amancio se podrá ver en Ármaga hasta el 10 de octubre.
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