Hay personajes, momentos, frases… que se te quedan grabados cuando te ocurren. Pasó, por ejemplo, con Evangelina Guerra, de Los Llanos de Valdeón, a la que después de escuchar el relato de una vida tan dura como ejemplar, en la que fue desde ‘mula de carga’ (en su expresión) hasta emigrante en un país donde no entendía ni una palabra, ante la pregunta de «si ha merecido la pena tanto sacrificio» no respondió, miró a su nieto adolescente y le preguntó «¿tú, qué tal vives?» Y cuando el chaval dijo que «muy bien»; ella miró orgullosa y respondió: «Pues sí, mereció la pena».
Era la alta montaña. Era una mujer.
En un viaje por el Páramo, muy cerca de donde vive la mujer más longeva de España, aparece Abundio, que con 97 años (entonces) acudía a todos los actos que se celebraban en el pueblo, Pobladura de Pelayo García. Te cuenta que ha hecho de todo, agricultor antes y después de la llegada del agua, además panadero de los de levantarse al amanecer durante muchos años, artesano de la madera después de jubilado, con cachas y llaveros que lo atestiguan por todas partes. Otra vida ejemplar pero… cuando te vas a ir te retiene: «No te conté lo más importante».
- ¿Y eso?, no sería lo más importante si no me lo contaste.
- Pues lo fue. Lo más importante es cómo cuidé de mi mujer, que tuvo una mala salud al final de su vida, pero no me separé de su lado ni un segundo. Primero la tuve conmigo y cuando ya no podía atenderla, que yo también era viejo, nos fuimos los dos a una residencia. Hasta renuncié a una ayuda porque era solo para ella y no hay dinero que pague separarme de ella.
Es el Páramo y es un hombre.
Te cuesta trabajo olvidar el momento y cómo te lo contaba. Difícil borrarlo y, además, desde aquel día el llavero es uno que Abundio nos regaló, recién hecho, todavía estaba sobre la mesa la pequeña navaja con la que fue trabajando el trozo de rama que convirtió en artística pieza. «Hago de todo, sobre todo cachas con cabezas de animales y otros adornos, que a base de ponerme con ellos me di cuenta de que no se me daba mal». Y añade, «desde que murió Marucha es lo que más me entretiene, tengo tanto tiempo…».

Abundio Domínguez Casado, de Pobladura de Pelayo García, ha cumplido cien años. Esta misma semana, el viernes, y como habíamos apalabrado regresamos a verlo. Sabíamos que llegaría al siglo, algo ‘ha bajado’ pero llega a la mágica cifra con la cabeza lúcida, con la familia alrededor, con los recuerdos frescos. Una vez más, como por suerte ocurre con cierta frecuencia, celebrar los 100 años no es más que la disculpa, lo importante es la vida, el trabajo, los oficios, las habilidades, los recuerdos.
El centenario, que ahora vive en una residencia en Santa María del Páramo pero con la familia muy cerca, aún dibuja con precisión aquel Páramo que le tocó trabajar; sin agua primero y después con ella, arando el campo ‘a mano’ y después a máquina, con la llegada de los tractores y demás elementos que han hecho del trabajo en el campo otro mundo.
- El agua lo fue todo para el Páramo, no te imaginas lo que costaba arrancarle fruto a la tierra; dice Abundio.
Le bromeo que soy de la Montaña, de donde nos hacen los pantanos para que les llegue el agua, y no duda ni un segundo. «Lo sé, y le pido a Dios que les den lo que les haga falta y más; no les deseo ningún mal que su sacrificio nos han dado a nosotros una nueva vida». Y recuerda que el instituto de Santa María se llama Valles de Luna, «algo querrá decir».
Al viajar camino de su casa en el Páramo, a la salida de León hay un curioso cartel de un establecimiento, cuyo responsables debe apellidarse Paniagua y lo ha separado por sílabas de manera curiosa: “Pan i agua”. Parece la definición de la vida de Abundio. El pan de uno de sus oficios, panadero, y el agua que cambió su trabajo en el otro, agricultor. Ya en la tranquilidad de la residencia sigue Abundio con su repaso, con su mirada a los tiempos pasados, con la velocidad de los tiempos que le ha tocado vivir. ¡«Y después del agua llegaron las máquinas, y los tractores, cada día más modernos. Yo ahora veo a la gente trabajar el campo y no me lo acabo de creer».
- ¿Cuántas hectáreas de campo trabajabas?
- Alrededor de 23 hectáreas; todas con los machos, claro, que te hablo de antes de los tractores.

Sabe Abundio Domínguez muy bien lo que fue la vieja batalla por «tener agua», lo vivió muy de cerca ya que su padre -Herminio Domínguez Bermejo- fue un verdadero pionero e inventor de artilugios para lograr agua y riegos. «Primero fue un nivel, con una goma nivelaba las fincas para que no se perdiera el agua porque era cuando se regaba ‘a manta’ y si estaba mal nivelado se escapaba por la pendiente abajo y se perdía».
- ¿Y el invento para los pozos?
- Ese fue el más importante; era un mecanismo para hacerlos de abajo hacia arriba, lo iba asentando. Un hijo lo tiene hecho a escala, hacía pozos de veinte metros, hasta uno de veinticinco hicimos, que permitía trabajar con dos motores.

Pero hay un punto en el que Abundio se detiene, lo remarca, cuando Maruja (María Felicidad Cazón), su mujer, enfermó, de esclerosis múltiple y Abundio tuvo claro que su trabajo desde ese momento era estar a su lado. «La panadería la dejé en manos de los hijos, las tierras también... Yo ya había trabajado bastante y me necesitaban en otra parte». Tanto que tuvo muy claro que debía renunciar a una ayuda oficial para cuidarla pues no podía permanecer a su lado y renunció.
- Hasta el último día; musita.
Y cuando Maruja falleció Abundio retomó una vieja afición, tallar la madera. «Siempre me gustó, se me daba bien, pero estaba a otras cosas...».
Y ahora la casa de Pobladura está llena de cachas que él ha hecho, muchos amigos llevan cuidados llaveros que les ha ido regalando y él mismo camina por los pasillo de la residencia de Santa María (Los Ángeles del Páramo), con una de sus cachas, rematada con la cabeza de un animal y llena de arabescos y adornos.
Se sienta ante una pizarra en la que están apuntadas las eliminatorias de un campeonato de bolos celebrado en la residencia. Y los finalistas son Pilar y Abundio, en la que entre paréntesis dice al lado de su nombre: «Ganador». Sonríe, dice que en casa «fuimos muy mañosos» y quiere contar que «aquí estoy muy bien».

Y allí sus trabajadores le preparan un homenaje a este centenario en el que los años solo son una anécdota. Lo importante es la vida.
