«Yo siempre he sido un panadero señorito», repite Urbano con mucha guasa una y otra vez. Lo dice quitando importancia a las muchas horas de trabajo que ha hecho en la panadería donde siempre ha tenido la mejor aliada posible que es su mujer, Herminia. Todos la conocen como Minis en el pueblo y la emoción es estos días para ella una carga añadida a las muchas tareas que conlleva el cierre para dejar preparado el negocio para quienes han cogido su traspaso. Urbano ha sido su contrapunto en todos los años que llevan trabajando juntos desde que se casaron. «Yo siempre he sido muy nerviosa pero él muy tranquilo y siempre, siempre me ha dado mucha alegría. Hemos trabajado mucho aunque si al acabar teníamos que ir a una fiesta, pues íbamos, ¿eh?», cuenta Minis que tampoco aguanta las lágrimas hablando del cierre. «Me emociono solo de pensar en todo lo que hemos trabajado», asegura mientras Sonia, la hija pequeña no le quita ojo. Ni ella, ni Juan, ni Rocío, sus hermanos y quienes ponen nombre a la panadería, han querido seguir con el negocio aunque lucen con orgullo el que sean conocidos en todos los sitios como los hijos del panadero. «A mí no me disgusta que no hayan querido la panadería porque no quiero que tengan una vida tan sacrificada como la nuestra», reconoce Minis. Pero a Urbano le costó más asumir que la suya sería la cuarta y última generación de su familia en dedicarse al oficio de panadero. Y de todos los pesares que tienen por la jubilación el que más les duele es la gente. «Hemos creado un vínculo muy especial con todos y ese roce les convierte en familia», dice Minis. «Yo subo a La Cueta y a Andarraso, allá arriba, y salgo con la furgoneta a tope de pan. Algunos pensarán que si tiro el pan por las cunetas, pero claro es que allí solo voy un día por semana y les dejo mucho», cuenta. Pero antes de salir a repartir hay que hacer el pan. Salta de la cama a las cuatro y media de la mañana, prepara la masa y la deja despertar. Después prepara las porciones que corta a mano y pesa con una vieja romana. «Aquí se hacen las cosas como las hacía ya mi abuelo», destaca. Luego toca esperar a que el horno haga su trabajo y ya después, a llenar las jaulas de pan y a la carretera. «Lo que lleva el pan es tiempo y ahora ese tiempo lo cambian por polvos y por eso este pan nuestro está tan bueno, porque le dedicamos tiempo», cuenta la pequeña de Urbano. Pero toda esa inversión de horas y horas que conlleva la vida de panadero no ha quitado a Urbano de disfrutar de una de sus grandes aficiones que es la música. Primero la ejerció tocando la batería por las fiestas de los pueblos, instrumento que aprendió a base de marcar el ritmo de «torta y pan, torta y pan, torta y pan, torta y pan». Y además de la percusión, ahora también le da con soltura a la dulzaina. Todo ello sin perder de vista que es panadero. «¡Mira que un día estaba subido en el escenario para empezar a tocar y vino una mujer a decirme que se había quedado sin pan!», dice saleroso, consciente de que ejerce el oficio las 24 horas del día. «A cualquier hora me llaman que necesitan pan y allá va Urbano a donde sea a llevarlo y eso vale mucho. ¡Cómo les vas a dejar sin él!», insiste. De vacaciones, ni hablar. «En la vida hemos salido de vacaciones», suelta sin un ápice de reproche. «Fíjate que un fin de semana marchamos a Sevilla a una boda y quedaron los chicos aquí en la panadería y no hacían más que llamarnos que casi nos hacen dar la vuelta», recuerda como tampoco olvida el día que marcharon a Jaen a la jura de bandera del hijo que es Guardia Civil. «Y no hemos salido más», asegura.
Además de la música, Urbano tiene otra afición: el Antruejo de Llamas de la Ribera. Lo vive con tanta pasión como el oficio de panadero. Él estaba entre el grupo de jóvenes del pueblo que hace 36 años salieron a pescar unas truchas, «que por cierto nos quitó el guarda», y que después se juntaron como era habitual para cenar. Comentaron que podían recuperar esa vieja tradición de los días de Carnaval y uno recordaba haber hecho una máscara. Al día siguiente, Urbano fue a repartir pan a León y pasó por la Papelería del Esla. «Compré cartones y papeles de colores, llegué a Llamas y les dije: venga, a prepararnos», recuerda. Así prendió la mecha de una tradición «que se había perdido por culpa de la Guerra Civil y de la Iglesia». «No se me olvidará en la vida la cara de la gente mayor cuando salimos de guirrios y madamas a las calles, cómo nos miraban... ¡Algunos lloraban!», dice. Y a Urbano, que nunca se le puso nada por delante, se le ocurrió ir a hablar con Juan Morano, que por entonces era alcalde de León, para decirle que los de Llamas querían desfilar en el Carnaval de la capital vestidos con sus antruejos. «Yo siempre me he apuntado a un bombardeo», reconoce. Y de aquellos bombardeos, el antruejo que ahora viven al máximo y con mucha unión todos los vecinos de Llamas.
Tiene Urbano anécdotas para escribir un libro, y Minis otro. «Una vez fui a dejar pan a una casa y el señor salió y le vi que se ponía malo. El pobre se desvaneció y se murió. No veas que mal lo pasé, pero es que... ¿cómo no iba a pasarlo mal si los clientes se acaban convirtiendo en familia?», dice la panadera. Van desfilando los recuerdos por la panadería como lo hacen los amigos que pasan para despedirse del lugar que han tenido también como casa en las últimas décadas. Llega Paco, que eran amigos desde pequeños y empieza también a contar historias. «Este Urbano es...», dice riéndose y llevándose las manos a la cabeza. Y sigue: «Se quedaba dormido debajo de donde ponían a despertar el pan y cuando le pingaba la masa en la cara era señal de que ya había crecido y se despertaba para cortarla».
– Cuéntales cuando fuiste a cantar al coro, Urbano, le pica Minis.
– Calla, calla. Que me pusieron a cantar allí el Todos somos de León y les saqué el teléfono y les puse la del Polvorete y les dije venga, a cantar todos esta. No volví, resuelve Urbano.
«Yo siempre digo que esta panadería mía ha sido como la fragua, que se juntaba allí antaño la gente, pues esto igual», dice Urbano, orgulloso de haber conseguido hacer de su negocio la casa de todos y de formar una gran familia con quienes le han elegido a diario durante décadas para comer su pan. Le pesa dejar atrás la vida que ha llevado hasta ahora. Lo dicen esos ojos que se ponen a punto de lágrima cada vez que amienta que toca cerrar, que este domingo es el último día que amasa, que la gente... que qué pena perder ese contacto diario con los clientes que son ya familia, que la vida... Qué suerte la de quienes se han topado en ella con los Suárez Pérez, de oficio panaderos pero sobre todo, buena gente. Y de eso Urbano no se jubilará nunca.