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Julio Llamazares en primavera

Julio Llamazares en primavera

EL BIERZO IR

Primavera extremeña, acuarela de Konrad Laudenbacher. Ampliar imagen Primavera extremeña, acuarela de Konrad Laudenbacher.
Valentín Carrera | 11/01/2021 A A
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Julio Llamazares en primavera
Lo pequeño es hermoso La pandemia —esa nueva lluvia amarilla— nos ha relevado de la penosa tarea de parar las agujas del reloj
Ocurrió una nochevieja en París. Yo curioseaba por la plaza de Montmartre —donde la bohemia, con los dedos envueltos en mitones raídos, pinta carboncillos y retratos al minuto—, con la secreta ilusión de toparme con Alejandro Dumas del ganchete de la Dama de las Camelias, cuando de pronto irrumpió en la place du Tertre una comitiva de hombres y mujeres prehistóricos.

Cientos de neandertales y cromañones, ataviados a la manera de los Picapiedra, desfilaban para protestar por el paso del tiempo; lo diré mejor: para impedir la llegada del Año Nuevo: «Parad el tiempo —decían las pancartas—. Detened el reloj». En medio del tumulto, confundido entre los extras de la película Hace un millón de años, me pareció ver a Julio Llamazares conversando con Raquel Welch, pero no podría jurarlo.

Juraría, sin embargo, a poco que me invitéis a un vinín en el Barrio Húmedo —nuestro Montmartre—, que Llamazares pasa por ser el fundador de esa rara secta literaria que cultiva el arte de la quietud. Ateos del tiempo, empoderados por la memoria, capaces de convertir cada mirada suya en un espejo colectivo, un espejo sin bordes al que asomarnos sintiendo en el ombligo el vértigo del propio olvido. «Parad el tiempo» [antes de que la aldea quede desierta, antes de la soledad, antes de que llegue la muerte a las residencias]. «Parad el tiempo», exhala la voz leída, que se ahoga en la garganta, sin alcanzar el grito.

La rueda dentada del mecanismo silencioso ha puesto sobre mi mesa, por azar y sin permiso, dos libros de Julio Llamazares distanciados entre sí 32 años, pero unidos por el cordón umbilical de la memoria.

La lluvia amarilla se publicó en 1988 —con un segundo chato, juraría haberla leído entonces, pero quizás al galope, yo entonces andaba por El Bierzo a caballo, y fue de algún modo olvidada—. Más de treinta años y más de treinta ediciones después, mis ojos recorrieron cautivados el valle de Ainielle.

No es preciso encarecer la prosa poética de Llamazares —críticos prestigiosos lo han hecho, y miles de lectores fieles lo confirman—; quiero compartir la lectura como sensación: La lluvia amarilla me ha devuelto el dolor: «Seco, profundo, asfixiante. Como si una cría de víboras hubiera hecho su nido en mis pulmones». Todos estamos condenados a muerte, sin saber cuándo, salvo Andrés —el último habitante de Ainielle, que cava su propia tumba—: «Cuántas veces, sentado a la ventana, recordé las largas noches de la infancia, cuando la soledad todavía no existía y el miedo era tan sólo el velo que ocultaba los símbolos del sueño que pronto iba a llegar».
Como el troglodita parisino, Andrés no puede detener la marcha del reloj; y tú y yo, tampoco: «No estoy loco ni me siento condenado, salvo que sea estar loco haber permanecido fiel hasta la muerte a mi memoria y a mi casa».

Saberse hiedra y carcoma, tal es la lucidez temprana de Llamazares en La lluvia amarilla, su mirada aterida de soledad, pues «nada produce a un hombre tanto miedo como otro hombre, sobre todo si los dos son uno mismo».

Treinta y dos años después, la primavera. En 2020, el Notario Mayor de la España Vaciada se refugia con su familia en el Lagar de los Almendros, en la sierra extremeña, huyendo de «un enemigo invisible, camuflado en un aire cada vez más denso y gris», que parece llegar desde El desierto de los tártaros.

Sin embargo, quien antes vio caer sobre la soledad una lluvia capaz de teñir la noche entera de amarillo, «y también la maquinaria abandonada del molino y de mi corazón», contempla ahora el despertar radiante de la vida a su alrededor, mientras el mundo se derrumba en cada UCI y en cada telediario. Es el milagro de la Naturaleza prodigiosa, que se reinventa cada primavera, y Julio convierte en apuntes del natural: Primavera extremeña.

Saberse hiedra y carcoma es ser también semilla: dentro de cada casa en ruinas brota un mar de ortigas o una higuera. En la sierra que Julio pasea cada mañana y escribe cada tarde, brota una primavera entera tal «que los adjetivos comenzaron a hacérsenos pobres a la hora de describir el paisaje que nos rodeaba».

Lo que les rodea son encinas y alcornoques, jaras, viñedos y olivos, corzos saltarines, lagartijas, culebras —una se cuela en la casa—, ranas, conejos; fauna salvaje o domesticada, como los hatos de vacas, toros bravos y rebaños de ovejas que pastan felices: una Arcadia de oro en tiempos de pandemia, las risueñas acuarelas de Konrad Laudenbacher que ilustran Primavera extremeña.

«Cuando la sierra se llena de una luz de oro» cesa la lluvia amarilla y oxidante de la soledad. La mirada de Julio es ahora amable y luminosa, «como el reflejo del sol en la hierba seca y en los frutos de los madroños, granadas, membrillos, higos». El viajero desterrado ya no quiere detener el tiempo; la pandemia —esa nueva lluvia amarilla— le ha relevado de la penosa tarea de parar las agujas del reloj. Como sus lectores, también el escritor ha cambiado; y encuentra y transmite la paz entre azahares y naranjos. «Costaba irse a dormir con la paz que desprendía, que quizás tardaríamos mucho tiempo en volver a ver».
Una vez más, la primavera avanza.
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