La sintonía de su móvil es Amelie; puro sabor a París pero por las calles de Santa María del Páramo, donde la música de orquestas ha anidado con fuerza; en chanclas con calcetines y pantalón corto, como cualquier veraneante, Ángel ofrece una imagen al ‘animal’ de escenario en el que se convierte cuando al frente de la Orquesta Cañón revienta la pana hasta la irreverencia; pero cuando le pides que cante una estrofa del repertorio que llevará este verano... aparece Ángel el de Cañón, el que detiene los pasos de los vecinos que caminaban tranquilos por la Plaza de la Madera y escuchan ese chorro de voz, a pesar de la alergia, que también le ataca...
—¿Desde cuándo en un escenario?
—Uff. Desde siempre. Siendo un niño, tendría ocho años, más o menos, anunciaron en Santiago de Compostela, mi tierra, un cásting para el circo de Teresa Rabal y enloquecí. Al día siguiente tenía colegio, claro, pero supliqué tanto, lloré sin consuelo, hasta que mis padres cedieron, me dejaron ir... y allí empezó todo. Una pasión que fue alimentando en otros concursos, de la Televisión Gallega, de lo que se le presentara la ocasión.
—¿Y en orquestas?
—Desde los quince años; ya sin bajarme del escenario. Primero en Galicia, durante la pandemia en Marina D’Or, desde hace tres años en los escenarios con Cañón...
—¿Cómo fue el fichaje?, ¿cómo se mueve el mundillo de las orquestas de romería?
—Pues como el mercado laboral; te enteras dónde necesitan un músico o un cantante, a ti te va bien y te vas con ellos. Yo en Cañón estoy encantado.
Llevan ensayando desde enero, incorporando los temas nuevos que van saliendo, Rosalía incluida, preparando la escaleta y esa traca final en la que Ángel se suelta y disfruta.
—¿Qué es lo que más te gusta cantar?
—En las orquestas no eliges, cantas de todo... claro, personalmente disfruto con el rock.
—¿Y lo que menos?
—El reggaeton, pero se canta.