Cuando se multiplican las broncas, los insultos, las banderas, las patrias... aparece una patria que lo pacifica todo, una realidad que debería borrar todos los trampantojos con trapo que llaman banderas:«La única patria es la infancia».
¿Si solo hay una patria por qué nos matamos por las que no hay, por las que no son? ¿Qué misterio tiene la infancia y su patria real?
Ayer andaban por las páginas del periódico Sara e Isidro, a los que la vida golpeó fuerte, a él en dos golpes que le llevaron un ojo cada uno. En la Once, en León, encontraron la salida, la solución, la vida... y, sin embargo, nunca dejaron de añorar a Lodares, el pueblo del que los expulsaron para que crecieran las aguas del pantano. Sara se recordaba desde niña en el monte, con las ovejas, Isidro se preguntaba cómo pudo ella sacar adelante la familia cuando a él se le fue la luz...
Y, sin embargo, sus miradas nunca dejaron de apuntar hacia Lodares.
Mira la foto, nos lleva a unos tiempos parecidos, unas décadas después, otro pueblo de barro y cigüeñas en los árboles que se llamaba significativamente La Puerta. Otro pantano lo comió, le clavó sus dientes de sacrificar siempre a los mismos y, además, no dejaron piedra sobre piedra, olvidando que las patrias de verdad no se construyen con muros, ni con paredes. Leoncio, Poncho, que se encerró en la iglesia creyendo que de allí no le expulsarían, jamás regresó a La Puerta y, sin embargo, jamás se fue de La Puerta.
Como aquella mujer de Anciles que vivió 105 años porque se había jurado que no se iba a morir hasta que no pudiera enterrarse en el cementerio de su pueblo.
¿Qué tendrá la patria, la que no es trampantojo?