Hay lugares en los que la historia no se guarda detrás de una vitrina. Se trabaja con ella entre las manos. En Jiménez de Jamuz, el barro todavía gira sobre el torno, pasa por el fuego y conserva las huellas de un oficio que durante generaciones formó parte de la vida cotidiana de sus vecinos.
La primera documentación sobre la alfarería jiminiega se remonta a mediados del siglo XVII. Durante siglos fue mucho más que una forma de ganarse la vida: fue una seña de identidad. El sonido de los tornos, el olor del barro húmedo y el calor de los hornos formaron parte del paisaje de un pueblo donde buena parte de sus habitantes se dedicaba a este oficio.
Ese legado es el que conserva el Alfar Museo, creado en 1994 gracias al impulso de la etnógrafa Concha Casado. Hoy es el único centro alfarero tradicional que sobrevive en la provincia de León y mantiene el oficio dentro de sus propias paredes.
Recorrerlo es seguir el camino de una pieza desde la tierra hasta el fuego. La arcilla se extrae de los barreros del pueblo, se prepara y llega a la rueda de pie, donde toma forma. Después vendrán la decoración, el vidriado de algunas piezas y, finalmente, el horno árabe, alimentado con leña de urces.

Pero aquí no solo se conservan cacharros. También un conocimiento y hasta un vocabulario propio, con palabras utilizadas durante generaciones para nombrar herramientas, procesos y productos. Un patrimonio que corre el riesgo de perderse a medida que desaparecen quienes conocen el oficio y las nuevas generaciones dejan de recoger el testigo.
La alfarería jiminiega ha dejado incluso su huella en una de las grandes obras de la provincia. Antonio Gaudí recurrió a los artesanos de la localidad para fabricar los ladrillos destinados a cubrir los nervios de las bóvedas y los arcos del Palacio Episcopal de Astorga.
Ahora el reto es que el barro siga teniendo futuro. El museo ha registrado durante el último año más visitantes que en ejercicios anteriores y mantiene su actividad como espacio vivo. El 19 de septiembre, a las 19:30 horas, recuperará además una escena que llevaba años sin celebrarse: una hornada de cacharros a cargo de Jonathan Molero y Vicente Murciego.
También participará María Teresa, la única mujer alfarera del pueblo, junto a sus tres hijos, que han seguido la tradición familiar. Habrá música y sopas de ajo, pero sobre todo volverá a encenderse el horno para demostrar que una tradición no permanece viva por estar expuesta, sino porque todavía hay manos dispuestas a trabajarla. Será también una oportunidad para volver a reunir a quienes mantienen vivo el oficio y a quienes se acercan a conocerlo. El barro, una vez más, volverá a ser el punto de encuentro entre la memoria de un pueblo y su presente.
El Alfar Museo puede visitarse de jueves a domingo, de 10:00 a 14:00 y de 17:00 a 20:00 horas, desde principios de mayo hasta finales de septiembre. La entrada cuesta 1 euro para los niños y 1,50 euros para adultos. La experiencia del torno tiene un precio de 5 euros.
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