Gordoncillo convierte su pasado harinero en una auténtica fábrica de cultura

El Mihacale conserva intacta la memoria de la antigua ‘Marina Luz’ a través de la fábrica, La Panera y un gran patio de maquinaria, mientras el proyecto ‘Tierras Pobladas’ lleva ahora las historias de sus vecinos hasta las calles

18/09/2026
 Actualizado a 18/09/2026
Vista del Mihacale, que es todo un revulsivo cultural para Gordoncillo. |L.N.C.
Vista del Mihacale, que es todo un revulsivo cultural para Gordoncillo. |L.N.C.

Hay edificios que cuentan la historia de un pueblo incluso después de haber perdido la función para la que fueron construidos. En Gordoncillo, la antigua fábrica de harinas ‘Marina Luz’ dejó hace décadas de transformar el trigo, pero sus máquinas volvieron a ponerse simbólicamente en marcha con otro objetivo: conservar la memoria industrial de la localidad y convertirla en cultura. De esa recuperación nació el Mihacale, Museo de la Industria Harinera de Castilla y León, uno de los espacios culturales más singulares del sur de la provincia.

El complejo abrió sus puertas el 9 de agosto de 2014 después de la rehabilitación de las instalaciones de la antigua industria, adquiridas por el Ayuntamiento de Gordoncillo en 2005 para evitar su deterioro. El resultado permite hoy recorrer un conjunto compuesto principalmente por la fábrica de harinas ‘Marina Luz’, La Panera y el patio, tres espacios diferentes que ayudan a comprender cómo funcionaba aquella industria y que, al mismo tiempo, han encontrado nuevos usos culturales.

La historia industrial que conserva el Mihacale se remonta a la década de los años treinta. La fábrica estuvo en funcionamiento entre 1936 y 1965 y desempeñó durante esos años un importante papel en la economía local. Un incendio destruyó las instalaciones en 1944 y obligó a reconstruirlas con la participación de la firma suiza Bühler, una de las grandes compañías europeas especializadas en maquinaria harinera.

Museo Mihacale en Gordoncillo | L.N.C.
Museo Mihacale en Gordoncillo. | L.N.C.

 

Una fábrica detenida en el tiempo

El corazón del recorrido es precisamente la Fábrica de Harinas ‘Marina Luz’. El edificio actual fue levantado tras aquel incendio y conserva buena parte de las máquinas con las que durante años se realizaban las distintas fases necesarias para convertir el cereal en harina.

La construcción está repartida en tres alturas: una planta inferior en semisótano, una primera dedicada a la molienda y una segunda destinada al cernido. Recorrerlas permite seguir prácticamente paso a paso el camino que realizaba el trigo por el interior de la fábrica, desde su limpieza hasta la obtención final de la harina.

El protagonismo no recae únicamente en los engranajes. La musealización busca explicar también quiénes estaban detrás de ellos. La historia de los propietarios, los trabajadores y la propia actividad empresarial ayuda a reconstruir una época en la que pequeñas industrias como esta constituían una importante fuente de empleo y actividad económica para las localidades rurales.

Entre la maquinaria original sobresale el conjunto de equipos fabricados por Bühler, instalado durante la reconstrucción de la factoría. A este se han incorporado máquinas de la también suiza Daverio, procedentes de antiguas harineras de Zamora y Salamanca, además de piezas de otras firmas como Robinson y EMSA. De esta forma, el Mihacale ha ampliado el relato de ‘Marina Luz’ hasta ofrecer una mirada más extensa sobre la evolución de la industria harinera.

La Panera, del trigo al arte

A pocos metros de la fábrica se encuentra otro de los grandes tesoros del conjunto: La Panera. Construida entre 1937 y 1938, servía originalmente como almacén de trigo y harina y constituye por sí misma una muestra de la arquitectura tradicional de la zona.

Sus paredes fueron levantadas con tierra apisonada mediante la técnica del tapial, mientras que para su estructura se utilizó madera de chopo procedente de las riberas del Cea. El edificio alcanza los nueve metros de altura y está distribuido en dos plantas. Durante el periodo de intervención estatal del mercado del cereal llegó además a funcionar como panera comarcal del Servicio Nacional del Trigo.

Su recuperación cambió por completo su utilidad sin borrar las huellas de su pasado. La planta baja alberga actualmente el centro de recepción de visitantes, el Aula del Trigo y un auditorio con capacidad para 300 personas, dotado de escenario y camerinos.

Arriba, donde antiguamente se almacenaba buena parte de la harina producida en la factoría, se abre ahora una amplia sala de exposiciones temporales. Los muros de tierra y la cubierta de madera permanecen visibles, haciendo que el propio continente forme parte de la exposición y estableciendo un diálogo entre la arquitectura tradicional y las propuestas artísticas contemporáneas que pasan por el museo.

Un patio lleno de maquinaria

Entre ambos edificios se encuentra el patio interior, el tercer gran espacio del Mihacale. Una parte se encuentra cubierta y funciona como una exposición de maquinaria vinculada a la molinería y a la industria harinera.

Allí se conserva alrededor de una veintena de máquinas y accesorios, algunos procedentes de antiguas fábricas de diferentes puntos de Castilla y León. Su presencia permite ampliar la visita más allá de la historia concreta de ‘Marina Luz’ y observar cómo funcionaban otras instalaciones dedicadas a transformar el cereal durante el siglo XX.

Así, el Mihacale no es únicamente un museo de objetos. Fábrica, almacén, máquinas, arquitectura y memoria laboral permanecen unidos en el mismo lugar. El visitante entra en los espacios donde realmente se almacenaba el grano, se molía el trigo y se guardaba la harina, convirtiendo el propio complejo industrial en la principal pieza de la colección.

‘Tierras Pobladas’: cuando el museo sale a la calle

Ese interés por conservar la memoria de Gordoncillo ha encontrado ahora continuidad fuera de los muros del museo. El Mihacale impulsa ‘Tierras Pobladas’, un proyecto comunitario que pretende situar a los habitantes del municipio en el centro de la construcción del relato sobre su propio medio rural.

La iniciativa está promovida por el Ayuntamiento de Gordoncillo a través del Mihacale, con la colaboración del Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico y financiación de la Unión Europea-NextGenerationEU, dentro del Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia.

Su punto de partida llegó en septiembre de 2025, cuando una pregunta se lanzó a los propios vecinos: qué querían contar de ellos mismos y de su pueblo a través de una intervención artística. De ahí nació el Concejo Vecinal Cultural de Gordoncillo, un grupo abierto que se ha reunido periódicamente para recuperar recuerdos, compartir experiencias y decidir qué historias forman parte de la identidad colectiva de la localidad.

El primer gran resultado visible son seis murales repartidos por Gordoncillo, realizados por los artistas María del Roxo y Daniel Livas. Las imágenes nacen de las historias aportadas por los propios habitantes y reflejan escenas vinculadas a la vida cotidiana y a la memoria del pueblo: desde niños jugando hasta una pareja bailando o una mujer mayor tejiendo acompañada por su cuidador.

Antes de que los pinceles llegaran a las paredes hubo meses de conversaciones y escucha. El músico e investigador Rodrigo Martínez, junto a la vecina Ana Belén Bolaños ‘Galana’, se encargó de recoger pequeños relatos y testimonios de la vida de Gordoncillo que después sirvieron de materia prima para las intervenciones. El proyecto incorpora igualmente una pieza audiovisual realizada por Ismael Aveleira y Rodrigo Martínez, mientras Laura Santos, creadora escénica y fundadora de Almealera, ejerce como comisaria de una iniciativa concebida desde diferentes disciplinas artísticas.

Daniel Livas realizando uno de los murales que este domingo serán presentados en la localidad.PASCUAL MARÍN
Daniel Livas realizando uno de los murales. PASCUAL MARÍN

 

La particularidad está en que los artistas ejecutan las obras, pero son los vecinos quienes deciden qué quieren contar. Las decisiones del Concejo Vecinal Cultural se han ido tomando por consenso con la intención de preservar tradiciones, recuerdos y pequeñas historias que corrían el riesgo de desaparecer. Los murales convierten así las propias calles en una prolongación del museo.

Más de una década después de su apertura, el Mihacale sigue ampliando de esta manera la idea con la que nació. Primero salvó una antigua fábrica y las historias de quienes trabajaron en ella. Ahora, a través de ‘Tierras Pobladas’, extiende esa tarea al conjunto de Gordoncillo y convierte a sus habitantes en protagonistas de una memoria que ya no permanece únicamente dentro de las vitrinas: también se escribe y se pinta sobre las paredes del pueblo.

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