Rural Laxe, entre el cine y la realidad

La Marca ‘Rural Laxe’ se perfila como algo más que una etiqueta cultural, es una manera de pensar el campo español desde el cine y la experiencia vivida

13/04/2026
 Actualizado a 13/04/2026
Oliver Laxe en Casa Quindós de Vilela, en Os Ancares lucenses (Dibujo Alfonso Fernández-Manso).
Oliver Laxe en Casa Quindós de Vilela, en Os Ancares lucenses (Dibujo Alfonso Fernández-Manso).

Hay cineastas que filman paisajes y otros que se dejan filmar por ellos. Oliver Laxe pertenece a esta segunda especie, rara y silenciosa, de directores que no miran el territorio como decorado sino como destino. Su cine no parece rodado en Galicia, Marruecos o los Ancares, sino destilado de ellos, como si cada plano fuera una condensación de niebla, de humo, de tierra húmeda y de memoria. En su caso, la biografía y la cinematografía no se explican por separado, forman un mismo cuerpo. De ahí que hablar del ‘Rural Laxe’ no sea una etiqueta crítica sino una forma de entender una nueva imaginación del rural español, entre el cine y la realidad.

Laxe evoca muchas veces sus viajes de infancia a Galicia, cuando tras cruzar Francia en coche, llegaba a una aldea casi inaccesible y el reencuentro con su abuelo quedaba grabado como una imagen fundacional. Esa escena infantil contiene ya el germen de su cine. Habla del viaje, la dificultad, el silencio, el encuentro y, sobre todo, la irrupción de una presencia humana en medio de la naturaleza.

Aquella aldea era Vilela, en Os Ancares lucenses, un territorio que hoy funciona como centro gravitatorio de su obra y de su vida.
Antes de volver definitivamente a ese lugar, Oliver Laxe construyó una filmografía que parecía un itinerario espiritual. En ‘Todos vós sodes Capitán’ filmó la tensión entre pedagogía y libertad en Tánger; en ‘Mimosas’ convirtió el viaje de una caravana en una travesía interior; y en ‘O que arde’, quizá su película más decisiva, regresó al rural gallego para contar algo más que un incendio: narró la combustión lenta de un territorio abandonado. El fuego, en Laxe, no es espectáculo sino revelación. Arde el monte, pero también arde la memoria, la soledad, el silencio de las aldeas que se vacían.

‘O que Arde’ sitúa a Amador, un hombre que vuelve a su aldea tras cumplir condena por provocar incendios. Vive con su madre, Benedicta, en una casa de piedra rodeada de vacas y niebla. La película avanza con la lentitud del mundo rural, sin argumento aparente, hasta que el fuego aparece como un destino inevitable. Lo que Laxe muestra no es una tragedia natural, sino un paisaje social, un territorio sin manos, sin cuidado, sin diversidad. El incendio se convierte así en la consecuencia de la simplificación del rural. Allí donde desaparecen los usos tradicionales, el bosque se vuelve continuo, uniforme y vulnerable.

Ese mismo diagnóstico atraviesa su vida actual. Hace unos años, el director decidió volver a instalarse en la antigua casa familiar de Vilela. Lo hizo con dos objetivos: recuperar el vínculo con un territorio que, según ha dicho, lo «penetró radicalmente», y revitalizar la zona a través de un proyecto comunitario. La casa de sus abuelos, Casa Quindós, construida a finales de los sesenta sobre los restos de una palloza y siguiendo la arquitectura tradicional gallega, se ha convertido en un lugar de acogida, conversación y ensayo de nuevas formas de vida. Desde allí impulsa la Asociación Ser, una iniciativa que busca repoblar el rural y reconstruir comunidad en los Ancares. 
El ‘Rural Laxe’, si se puede llamar así, no es una utopía nostálgica, sino una práctica concreta.  «Vivir en el campo es vivir en el futuro», ha afirmado el director. La frase parece paradójica en un país que asocia lo rural con el pasado. Sin embargo, en su cine y en su vida esa afirmación adquiere sentido. El futuro, sugiere Laxe, no está en la aceleración urbana, sino en la reconstrucción de vínculos con el territorio. El campo ofrece tiempo, silencio, relación con los ciclos naturales y posibilidad de comunidad. No como ideal romántico, sino como necesidad ecológica y cultural.

En su filmografía hay una constante, los personajes caminan. Caminan por montañas marroquíes, por senderos gallegos, por paisajes casi vacíos. Ese caminar lento es también una forma de pensamiento. Frente a la velocidad contemporánea, Laxe propone una mirada que necesita duración. El rural, en ese sentido, no es solo un espacio, sino un ritmo. Y ese ritmo permite escuchar lo que la ciudad silencia. Escuchar el viento, el rumor del bosque, el sonido del ganado, la respiración del tiempo.

El caso de Vilela funciona como una metáfora del rural español. Una aldea casi deshabitada, una casa familiar que resiste, un cineasta que vuelve y decide convertir la memoria en proyecto. No se trata de replicar el modelo, sino de entender su impulso. Laxe no propone políticas públicas ni discursos programáticos. Propone algo más elemental. Nos propone habitar. Volver, quedarse, cuidar, reconstruir. Su cine prepara esa mirada; su vida la ejecuta.

El rural español necesita precisamente nuevas narrativas que sustituyan el relato del abandono por el de la posibilidad. Durante décadas, el campo fue descrito como un espacio condenado. Laxe invierte esa perspectiva. El rural no es lo que queda, sino lo que puede venir. En un mundo marcado por la crisis climática, la despoblación urbana y la búsqueda de comunidades más sostenibles, el campo deja de ser periferia para convertirse en laboratorio. El cine de Laxe no embellece el rural; lo revela. Y al revelarlo, lo vuelve visible como espacio de futuro.

Quizá por eso su figura resulta tan sugestiva. No es solo un director que filma el campo, sino alguien que decide vivir en él. No se limita a representar la aldea, sino que intenta reconstruirla. Entre el cine y la realidad aparece así una nueva marca ilusionante que podríamos definir como  «el rural como lugar de creación, de comunidad y de porvenir».

Ojalá Oliver Laxe regrese de sus largas travesías entre la vibración cosmopolita de Nueva York y Los Ángeles, culminadas incluso en el escaparate máximo del glamour urbano de los Oscar, con un compromiso rural todavía más hondo, más encarnado, más irreversible. Porque en un tiempo de incendios, despoblación y paisajes cada vez más uniformes, su vuelta a Vilela no puede leerse como una retirada, sino como un gesto de afirmación y de vanguardia. 

La participación de Oliver Laxe en La Térmica Cultural de Ponferrada, el 16 de abril de 2026, dentro del III Encuentro Nacional de la Red CIT, será una oportunidad para descubrir no solo al cineasta, sino también a la persona que ha decidido convertir su vida en una prolongación de su obra. Allí, entre la conversación y el territorio, podrá comprenderse mejor cómo su mirada cinematográfica se traduce en una práctica real de repoblación, comunidad y futuro. Porque el Rural Laxe no es una teoría. Es una casa abierta, una aldea que respira, un cine que escucha y una idea que arde sin destruir. Y esa idea no es otra que esta: vivir en el campo, hoy, quizá sea la forma más contemporánea de imaginar el futuro.
 

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